jueves, 3 de noviembre de 2016

ETIOPÍA. Tierra de origen.



Viajaremos, cazaremos en los desiertos,
dormiremos sobre el empedrado de ciudades desconocidas,
sin cuidados, sin penas.
Arthur Rimbaud

Hay culturas donde el ser algo
todavía es más importante que el tener algo
JL Sampedro.

A mis compañeros de viaje, nómadas del mundo:
Gonzalo, Anabel, Viky, Mariví, Carmen y Javier,
Carlos y Mayte, José y Alicia, Eduardo, Antonio, Carlos.
Gracias por compartir buenos y malos momentos, por ayudarme a soñar.
Y gracias Gerardo Alfaro, por llevarnos a un mundo donde no es fácil llegar,
por guiarnos de la mejor forma que se puede hacer, con el corazón.

Tengo pegada la frente al cristal de la ventanilla. La noche no ha sido fácil e intento dejar la mente en blanco, disfrutar del paisaje, de viajar con las manos vacías. De repente aparece, en medio del camino, un niño. Un niño como he visto a decenas desde hace días, de los que guardan los tesoros del deseo, del hambre de vivir. Un niño que atrae mi atención por sus ojos enormes, ojos que a diferencia de tantos otros no miran para pedir, ni siquiera para curiosear. Una mirada en la que veo sueños, alegría, ganas de vivir. Siento que no es cualquier niño, que éste, en su mirada, encierra todo lo que he sentido en Etiopía, todo lo que voy a sentir. Y sonrío, con la frente pegada al cristal. Siento que ahora no necesito nada más, que empieza mi viaje.

Etiopía. Decía Kapúscinski que, en la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe. Y es verdad, descubrir África, abrir una ventana al continente desde la tierra etíope, como yo pretendía, es un imposible. Porque sí, es África, y como parte del continente respira de su fauna, de sus contrastes climáticos, de sus acacias y grandes ríos; pero su geografía y su larga historia han marcado las diferencias con el resto de países africanos. Solo es una pequeña parte de ese gran océano heterogéneo y de riqueza extraordinaria que es África para Kapúcinski. Una pequeña parte, pero a la vez una tierra inabarcable, de montañas y depresiones; una tierra de miradas, de dolor y sonrisas, de incertidumbre y orgullo, de pasado y futuro. Una tierra de origen, Etiopía.

Su nombre deriva del griego Aithiopia, que significa “tierra de los rostros quemados” para referirse al territorio al sur de Egipto. Y desde la antigüedad ha despertado fascinación: para los antiguos griegos como Homero Etiopía era la lejana morada de Zeus; para los judíos, el Reino de Saba; para Mahoma, la tierra justa que dio refugio a los árabes perseguidos; para Europa, la tierra del Preste Juan; para los países africanos colonizados, el símbolo de la libertad y la resistencia al poder europeo. El reino más antiguo de África, una de las primeras monarquías del mundo, un alfabeto único y milenario; y el único estado africano autóctono que plantó cara y resistió al reparto europeo de África en los s. XIX y XX, con la monarquía de Haile Selassie. Una pequeña parte del continente, pero qué parte. Cuánto más leía más grande me parecía: la tierra que alumbro el origen del hombre, donde la masa de tierra, según los geólogos, es una de las primeras que se formaron; origen del Nilo Azul, el cual, no lejos de su nacimiento, se convierte en una de las cataratas más magníficas del mundo, y continúa su largo viaje hasta el Mediterráneo, sustentando a lo largo de su curso la vida y civilización de Etiopía, Sudán y Egipto.
Un país de contrastes desde la geografía, atravesada de norte a sur por el gran valle del Rift, que hace convivir uno de los techos de África (Ras Dashen, con casi 5000 mts de altitud) junto a la Depresión del Danakil, a 125 metros por debajo del mar, y el punto más bajo del continente. Un país forjado en la diversidad étnica, religiosa, lingüística, cultural, orográfica y climática, tanto en el pasado como en el presente, pero con un marcado carácter que le ha configurado como uno de los estados soberanos independientes más antiguos del mundo, resistiendo a invasiones coloniales y misioneras del extranjero. Un ejemplo de unidad en la diversidad.
Pero también comparte los episodios más tristes y duros del continente: la extrema pobreza, las hambrunas, la Revolución Socialista Militar de Menghistu en 1974, que depuso al emperador Haile Selassie (Ras Tafari, Rey de Reyes, León de Judá), el 225 gobernante de una dinastía autocrática; y una guerra civil que acabó en 1991 con la dictadura militar comunista que reprimió duramente el país (Terror Rojo del Derg). Hoy emerge de esos días oscuros como una república democrática federal con unos 65 millones de habitantes. Es esta nueva Etiopía, pobre sí pero con deseos de desarrollarse, la que ha abierto sus puertas a los viajeros. Y es esta nueva Etiopía la que me abre la puerta hacia sus caminos, su gente, su historia, su origen, nuestro origen.
            Jamás imaginé todo lo que este país me podía dar. Jamás imaginé que África podía ser así. Tres zonas iba a conocer, en verdad tres viajes distintos: el norte histórico con sus antiguas comunidades cristianas; el centro presidido por Addis Abeba; y el crisol de culturas y etnias del bajo Omo al sur del país. Y, como epílogo Harar y Djibouti, un cuarto y último viaje, casi lunático, que cerraría uno de los viajes más intensos de mi vida, en una tierra donde los seres humanos llevan millones de años caminando.


ADDIS ABEBA
            La primera visión de Addis Abeba es desde el avión. Una meseta verde empañada por nubes grises, encerrada en parte por las montañas de Entoto. En amárico (o amariña, la lengua del país) Addis Abeba significa nueva flor, y me parece curioso, una flor de asfalto y madera, de crecimiento descontrolado sobre un verde puro de bosques de eucaliptos. Un nombre que quizás le viene grande a la joven capital de la antigua Etiopía, que se encuentra a una altura de 2400 metros, lo que la hace la tercera capital más alta del mundo. Uno de los techos de África. Y respiro en la puerta del aeropuerto su aire fresco, su mezcla de tierra y madera mojada, de hierba y gasolina, de humo y estiércol, de vida y naturaleza. Y pienso que, por fin, estoy en África.
Pronto aparece Gerardo. Bajo su pelo revuelto y su aire de eterno adolescente, desprende confianza, entusiasmo. Apenas necesita presentarse como guía, habla con naturalidad y ese brillo en los ojos, casi infantil, de quien adora lo que esta haciendo. De quien ama este país, de quien nos va hacer amarlo. Nos ponemos en sus manos sin recelo, es obvio que de las geografías de Etiopía, de sus gentes, es el mejor cartógrafo.
La ciudad te recibe fresca, caótica, moderna, y a medio construir, plagada de frágiles andamios de madera. Porque sí, parece una ciudad que se ha quedado a medio camino, que intenta modernizarse, pero cuando te alejas de las arterias principales (Avenida Bole, Plaza Meskel, Avenida Churchill, Avenida Menelik II con la sede de Unión Africana), solo ves caminos de piedra y barro, descampados, pequeñas chabolas hechas con cualquier material. Dos realidades que conviven sin fisuras. Eso no le parece importar al etíope de a pie. Les observo, no andan cabizbajos sino cabeza alta, mirada orgullosa y amable. Alguno se detiene un segundo para mirarte de reojo, o darte la bienvenida, pero no distraigo su atención. Piel negra u oscura, en varias tonalidades, perfecta en cualquier caso. Esbeltos, altos, ojos expresivos y enormes sonrisas. De repente, me siento pequeño, pero me relajo, siempre me ocurre en todos los viajes.
El centro es una plaza principal, con nombre italiano, Piazza, seguramente recuerdo de la breve invasión colonial en la década de los 30. Circular, con edificios coloniales y la estación de autobuses, allí desembocan la mayoría de calles comerciales de la capital, y allí germinan futuros atletas, porque es donde van a correr centenares de etíopes entre sueños de un futuro mejor.
          Ascendemos hacia las colinas de Entoto por una empinada carretera ribeteada por bosques de pinos y eucaliptos, al compás de hombres y mujeres que cargan leña absortos en sus pensamientos. Los troncos amarillentos a sus espaldas contrastan con la tez oscura de sus porteadores. Queremos observar la ciudad, pero es complicado saber dónde empieza lo nuevo y dónde acaba lo viejo, y me reafirmo en mi idea de una ciudad a medio hacer, como tantos viajeros antes que yo la definieron. Entre tanta fertilidad el hambre acecha, más después de un día de viaje, y tras merodear por el mercado de ropa tradicional a los pies de las colinas, nos dirigimos al Hotel Taytu, el más antiguo de la ciudad (1898). De arquitectura colonial con porticado y madera de teka y jardín interior, tiene ese encanto de los edificios que parece que se van a caer de un momento a otro pero que milagrosamente siguen en pie (ayudados por inyecciones de feo cemento). Allí es difícil no dejar de comer inyera (plato tradicional hecho con teff, el cereal endémico del país), y hacer un breve paseo para probar el famoso café etíope en una de las cafeterías más concurridas por los locales (Tomoca). En este paseo es cuando oigo por primera vez una palabra que me acompañará como una etiqueta durante todo el viaje, faranji. Significa extranjero blanco, y al parecer es una degeneración de la palabra francés, en referencia a los primeros occidentales blancos que llegaron al país. El café, bastante fuerte, nos anima a continuar, la ciudad sigue esperando.


El día continúa nublado y con intermitentes lluvias y cortes de luz que casi nos impiden ver el Museo Nacional de Historia (donde descansa Lucy, el homínido más antiguo y completo encontrado hasta ahora, clave en el origen de nuestra especie) o el corazón de Addis, el Merkato, el mercado más grande al aire libre de África, un lugar en ebullición permanente: ir y venir de carros y carretas, motos, camiones, limpiabotas (listro), vendedores callejeros, abarrotadas calles de verduras, especias, olores, telas, metales, mendigos, enfermos de polio y porteadores (todo un espectáculo su equilibrio y resistencia, da igual sean una decena de colchones o 50 bidones de plástico sobre la cabeza). Todo aquello que puede ser utilizado tiene valor para los etíopes, por lo que bidones de plástico, latas, botellas, metales, basura, se recogen y revenden en barrios dedicados en exclusiva a eso, y que dan una imagen más cercana a un vertedero que a un área comercial. Un escenario al que ayuda el barro por la lluvia, la ausencia de una gestión de residuos y la contaminación. Una de las caras de Addis, quizá de las más crudas, pero necesaria si quieres conocer de verdad la ciudad.


A pesar de la lluvia, la ciudad sigue: la Universidad (antiguo palacio real de Selassie), niños saliendo de los colegios, niños limpiabotas o con pesos portátiles; nuevas líneas de tranvía en el mismo espacio que jóvenes con rebaños de cabras y burros; vendedoras de mazorcas de maíz, decenas de cúpulas de iglesias y minaretes de mezquitas. Impresiona la devoción religiosa de los etíopes, presente en mil detalles, por eso nos llama la atención una iglesia en la que se desarrolla una ceremonia: fieles rezando con la cabeza apoyada en las paredes exteriores del templo, multitud de enfermos y mendigos, cánticos, casi un centenar de mujeres cubiertas con la túnica blanca (nethela  o gabbi), y ribetes de vivos colores, con unos rostros que expresan una profunda religiosidad. Alrededor, coloridas sombrillas, venta de velas, y rezo, mucho rezo. Addis es una ciudad de contrastes, pero una ciudad auténtica, acaba enganchándote.


           
      Antes del abandono al sueño, varias rondas de cerveza Saint George sirven para unir al grupo. Todo viaje, todo sueño, necesita de sus cómplices y yo acabo de encontrar los míos: Gonzalo, Carmen y Javier, Mariví, Anabel, Viky, Carlos y Maite, Eduardo, Antonio, Alicia y José, Carlos… Alrededor de una vieja mesa, sin más adornos que nuestras cervezas y conversaciones, se empieza a forjar una complicidad que irá creciendo a cada paso en el camino etíope.



Lalibela. La capital medieval.
            Un modesto avión de hélices nos deja ante un edificio que hace de terminal, aeropuerto y puerta de entrada. Una oxidada cinta transportadora, enmarcada por viejas fotografías de la zona, hace de pasillo de acceso a nuestro destino: una pequeña población situada en el altiplano etíope, cerca de la frontera con Eritrea, rodeada de verdes montañas y grandes pastos, y que nos recibe con lluvia. Hasta hace apenas unas décadas, esta era una región aislada; encerrada tras un cerco de montañas; y con unas rutas de comunicación que con las frecuentes lluvias se volvían inaccesibles. Un olvido que la hizo desconocida hasta principios del s. XX. Es Lalibela, la ciudad santa de los ortodoxos etíopes.
En un país donde la belleza de la tierra no puede describirse sin emplear la palabra cielo, como escribe Verghese, aquí es precisamente la tierra la que ofrece uno de los conjuntos arquitectónicos más impresionantes del mundo, donde la fe se mira en la roca. Pero tendremos que esperar unas horas antes de contemplarlo, porque el camino a la población nos depara alguna sorpresa.
Cerca de Lalibela, a unos 15 kilómetros, hay una pequeña y pobre aldea al pie de la montaña. Un breve ascenso andando, siguiendo una antigua pista, te deja inmerso en un manto verde y un impresionante acantilado. Allí, escondida en su frente, se encuentra la iglesia de Naakuta Laab, del s. XII; dentro de una cueva natural. Tiene el nombre de un monarca anterior a Lalibela, santificado. Es una iglesia gruta con una rica decoración interior, que custodia una gran cantidad de coronas, iconos, tambores, bastones, cruces procesionales y manuscritos de gran valor artístico. En su interior hay piletas naturales que recogen el agua que se filtra de la cueva, que según la leyenda viene desde el monasterio de Asheton Maryam, a unos dos kilómetros y 600 metros de alto, con el que también estaría comunicado a través de un túnel de que aparentemente se conserva la entrada. La prueba de que están comunicados es el incienso que se enciende aquí, y que al parecer asciende hasta el otro templo, impregnándolo de su aroma. El sacerdote que lo custodia, de nombre Aba Abebe (una auténtica celebridad para los viajeros que llegan hasta aquí), mientras nos cuenta estas creencias muestra los tesoros de la iglesia: coronas, códices, cruces. No puedo dejar de pensar, al volvernos locos con las cámaras, en la profunda religiosidad que se respira en este sitio, en el agua que gotea sobre la piedra, en cada gesto de Aba, en las cruces e iconos. En Etiopía, descubro, las montañas no son solo montañas.




Al regresar hacia la carretera, tenemos un inesperado y festivo encuentro con un grupo de niños cantando. Es imposible no retomar el camino sin una sonrisa en la cara y alegría en el cuerpo. La cara menos religiosa de Lalibela, la más rural, lejos de sus impresionantes iglesias excavadas en la roca, pero, en su sencillez, ese baile infantil me parece tanto o más auténtico que la religiosidad en penumbra que me espera a tan solo unos kilómetros.

Nos encontramos en el Techo de África, un relieve difícil marcado por la montaña y grandes valles. Pero la dificultad geográfica trajo a esta tierra mucha historia. El origen como estado de Etiopía se encuentra aquí cerca, en el antiguo reino de Axum, como descubriremos en unos días. Un reino comercial que unió tradiciones africanas y arábigas, y cuya riqueza atrajo tempranamente al Cristianismo (tras Armenia, fue el segundo reino en cristianizarse). Tras la caída de Axum, en el s. VIII, y el cerco al que sometió a los territorios etíopes el poder musulmán, la dinastía de los Zagwe se hizo con el poder en torno al siglo XII. Según una leyenda, cuando nació un príncipe de esta nueva dinastía, su madre vio como un enjambre de abejas cubría su cuna y exclamó ¡Lalibela! (que significa “las abejas reconocen su soberanía”), bautizando al pequeño príncipe así. La misma leyenda dice que, siendo un adolescente, su hermano lo envenenó, temiendo que le usurpara el trono, y estando agonizando unos ángeles lo transportaron al cielo donde Dios le dijo que sería Rey pero a cambio de construir diez iglesias de una grandeza nunca vista. Cuando Lalibela llegó al poder, a inicios del s. XIII, trasladó la capital del reino a las montañas de Roha, y durante 20 años excavó en la roca volcánica de la zona para erigir las iglesias, la Jerusalén Africana.
El sobrenombre, Jerusalén Africana, tiene su sentido. Más allá de leyendas, lo cierto es que la construcción del conjunto de iglesias monolíticas de Lalibela tuvo que relacionarse con las dificultades en la peregrinación a Jerusalén, en manos musulmanas desde finales del s. XII. La iglesia etíope tenía presencia en la ciudad santa desde el s. IV (cuando el reino de Axum se cristianizó), participando del culto en la Basílica del Santo Sepulcro. Seguramente, y con la ayuda de la Orden Templaria, al erigir estas iglesias ofrecía al poder religioso y al pueblo un nuevo lugar de peregrinaje más seguro, estrechamente relacionado con la Jerusalén judeocristiana (cada Iglesia o Beta, “casa”, se identificaba con la Jerusalén terrestre y los Santos Lugares: Santo Sepulcro, etc.: o la Jerusalén celestial, infierno, cielo, purgatorio), lo que reforzaría la autoridad de la nueva dinastía reinante tras años de guerras civiles y destrucción de iglesias.
Pero por mucha historia que nos explicaran, por mucho que hubiera leído antes del viaje, nadie puede estar preparado para contemplar cómo la fe se transforma en roca. Es impresionante como las iglesias aparecen de la nada, ocultas al ojo del desconocido y del infiel, excavadas en una rosácea ladera de lava (toba volcánica) y con una pátina amarillenta derivada del musgo acumulado durante siglos, construidas de una sola pieza, sin argamasa ni madera, “construidas por Dios”. Y lo parece, el origen divino, porque es imposible concebir cómo en el s. XII-XIII se desarrolló una técnica tan perfecta para construir de forma monolítica hacia abajo, no sobre la tierra.
Encontramos dos grupos de iglesias separadas por un torrente de nombre Jordán, y ya crees que estás en Tierra Santa. Un primer grupo de seis iglesias se sitúa al norte (Jerusalén terrestre), y al sur el otro grupo de cuatro (Jerusalén Celestial). La undécima, y más espectacular, la de San Jorge, está más separada. Todas están completamente excavadas en la roca, y una red de galerías, desfiladeros y oscuros túneles las comunican entre sí, además de dedicarse a procesiones rituales. Una ciudad santa subterránea que te emociona a cada paso y en la que descubres que todo tiene un significado. Como dijo el jesuita portugués Francisco Alvarés en 1520, uno de los primeros europeos en verlas, “renuncio a describir lo que he visto aquí porque nadie lo creería”.


Visitamos primero el grupo de la Jerusalén terrestre:
-Beta Medani Alem (“la casa del Salvador”). El templo monolítico más grande del mundo, que simboliza la tienda de la Alianza. A partir de un único bloque de piedra rosáceo en un foso de 12 metros, es la más grande de todas, con una columnata exterior perfectamente alineada con grandes columnas interiores, que conforman cinco frías naves entre coloridas alfombras y puertas de madera de acebuche. En el patio que la rodea, se observan numerosos nichos o cuevas excavadas en la pared que debieron ser tumbas, pero donde ahora se alojan monjes eremitas que se dedican a la oración. Precisamente, son estos monjes y los fieles devotos quienes, de una forma callada, desarrollando sus ritos y besando las paredes o arrodillándose, más contribuyen a dotar de magnificiencia y espiritualidad a esta iglesia y las siguientes.
-Beta Maryam (“la casa de María”). La más antigua y la que más devoción despierta. Se asocia al huerto de Getsemaní, y está decorada con oscuros frescos y una gran variedad de ventanas que reproducen todo tipo de cruces de influencia templaria, y que deja el interior en penumbra, solo iluminado por pequeños haces de luz cruciformes. Sin embargo, lo que más destaca en ella es la presencia de un pilar central aislado, conocido como el Amd (Pilar de la Unidad de la Fe), cubierto con una tela que jamás debe levantarse para proteger los mandamientos de Dios.
-A través de un camino ritual visitamos Beta Meskal (casa de la Cruz) y Beta Denaghel (Casa de las Vírgenes Mártires), dos iglesias gruta; y Beta Debre Sina (Casa del Monte Sinaí) y Beta Gólgota (casa del Gólgota), semimonolíticas, la segunda tiene la particularidad de presentar santos esculpidos en las paredes porosas, algo extraordinario porque la tradición etíope sólo autoriza imágenes pintadas. En todas ellas, se representan los dogmas del bautismo, pasión, muerte y resurrección de Jesús.

  

            
      Al este nos esperaba el grupo de la Jerusalén celestial. Beta Emmanuel: de tradición aksumita en su construcción por niveles, representa los 7 cielos, quizás la más refinada, de planta basilical. Beta Mercurios y Beta Gabriel y Rafael: ambas parecieron tener en origen un uso no solo religioso, como palacio real. Beta Abba Libanos (casa del Padre Libanos), que según la tradición se construyó en una sola noche con la ayuda de los ángeles por la esposa de Lalibela, Meskal Kebra. Es bastante original, porque el techo aparece unido a la roca, pero los otros tres lados están separados por un foso.

            Y separada de ambos grupos, asomada al valle en una plataforma inclinada, muy por debajo del resto, Beta Ghiorgis (Casa de San Jorge). La última en construirse, la más espectacular y hermosa, a pesar de su sencillez. De planta de cruz griega, tiene doce metros de profundidad y su techo a ras del suelo presenta tres cruces griegas concéntricas. La perfección convertida en oratorio. Descubrirla al atardecer, desde un montículo cercano por el que se accede a ella, es uno de esos momentos que marcan un viaje y una vida. Si cierro los ojos aún siento nítida la iglesia rosácea hecha cruz, como naciendo de la tierra y siendo protegida por ella. El musgo verde y la pátina amarillenta que la cubren respetuosamente como un velo. Y lo pequeño que me siento ante la unión del hombre y la naturaleza, de lo espiritual y lo terrenal, de la fe y la vida.

            Pequeño y descalzo. Delante del acceso a las iglesias, éstas y cualquiera de Etiopía, encuentras agrupados zapatos de cualquier tipo, ya que no está permitido acceder a ellas con calzado. Hay alfombras para disimular el frío y las irregularidades del suelo, pero el temor a las pulgas se acentúa cuando alguna compañera (pobres Mariví y Anabel) se convierte en su nuevo hábitat preferido. Es gracioso vernos poniéndonos calcetines de protección o fundas de papel y plástico en los píes, y el cuidado con el que andas en los primeros momentos. Pero pronto se olvida, porque te olvidas de ti, el impacto que nos producen las iglesias lo logra, no somos más que descalzos pasos en alfombras transitadas por pies desnudos durante siglos.
La penumbra en el interior de las iglesias, entre antiguas pinturas y columnas de piedra, la oración a la luz de las velas y la presencia de monjes y sacerdotes, recuerda el cristianismo primitivo. No obstante, mantienen el rito ortodoxo desde el s. IV en geéz (la lengua litúrgica oficial, antiquísima). Y esa autenticidad conmueve. Las túnicas y turbantes de algodón blanco de los religiosos de rostros oscuros contrastan con la roca de las construcciones, que protegen del sol y el enemigo. Blancas figuras que dibujan un lugar de fe. Un lugar que pervive tal y como se construyó para proteger lo sagrado. Todo parece estar más allá del tiempo, más allá de nosotros.

Saliendo del complejo por la Tumba de Adán, una puerta tallada en un monolito de cinco metros con una escalera de siete peldaños, nos parece oír una especie de canto en un conjunto de chozas cercano. Al acercarnos, descubres que lo que pensabas que es un canto en verdad es el recitar rítmico de la lección religiosa por parte de un grupo de alumnos bajo la dirección atenta de un profesor. Nuestra presencia no les alteró lo más mínimo. Si algún alumno se fija en nosotros más tiempo del necesario, basta una mirada rápida pero intensa del profesor para que vuelva a la lectura. No hay pizarra, solo unos pequeños libros religiosos. No hay paredes, solo árboles y aire puro. No hay pupitres o asientos, solo la tierra rojiza en la que descansan algunos. Y, sin embargo, como profesor que soy, sentí más docencia en esta aula abierta al mundo que en muchas de mis clases.




Pero Lalibela no empieza y acaba aquí. En las montañas al noreste de la ciudad, en un ascenso escalonado entre cultivos y cascadas que de vez en cuando te deja sin aire, aparece casi en la cima una iglesia: Yemrehana Kristos (Cristo te mostrará el camino). Poco visitada por viajeros, es un centro de peregrinación de los etíopes. Está construida en el interior de una enorme cueva, protegida por un murete de ladrillos e iluminada apenas por los rayos de luz que consiguen llegar hasta dentro. Sorprende por la oscuridad total que hay al fondo de la gruta. Un suelo recubierto de paja te conduce al fondo para descubrir, una vez tus ojos se han acostumbrado a la oscuridad, un enorme osario. Se trata de los cuerpos momificados de cientos de peregrinos que llegaban aquí para descansar por siempre junto a los restos de rey santo de la dinastía Zagwe, que da nombre a la Iglesia, predecesor de Lalibela; y que yace junto a la iglesia en un sarcófago envuelto en paños multicolores. Su condición de panteón real explica la delicadeza de sus artesonados pintados, el trabajo en mármol traído del Próximo Oriente o las hermosas cruces, vestiduras y códices que el sacerdote nos muestra.


Tienes la impresión de que puedes conocer Lalibela no solo a través de sus iglesias, sino de sus manuscritos miniados medievales, sus cruces, coronas, cetros de los s. XV y XVI. La cruz de largo mango (mekuania, bastón religioso que sirve para apoyarse en las cerermonias), kebero (tambor) o el sistro. Cada región de Etiopía tiene una cruz propia: Axum, Gondar, Lalibela, Gebriel. Donados por monarcas, son la muestra de la estrecha alianza entre Monarquía y Religión que dieron fuerza y autoridad a ambos poderes. Lo que para nosotros parecen ser bellas antigüedades, que casi puedes tocar, sentir y oler, para ellos es su historia, la albacea de su memoria, de ahí el orgullo con que los muestran.

Orgullo y hospitalidad. Gerardo lleva años pasando por aquí, hasta compartiendo casa durante breves temporadas. Mucha gente lo conoce, lo saluda, lo abraza. En la sonrisa de esos encuentros intuyes que hay confianza, respeto, cariño. Una prueba fue la invitación a café que nos ofreció uno de los protegidos (adoptados) a quien ayuda Gerardo. Su hogar está en la misma ciudad, en una zona humilde, en la que traspasando un acceso en una especie de cercado de piedra llegas a una zona común, un patio, al que dan una serie de pequeñas viviendas, de una o dos habitaciones. Hay pobreza, sí, pero emociona ver cómo arreglan su ropa, se limpian o ofrecen todo lo que tienen al verte llegar. La ceremonia del café se convierte entonces en un gesto de amistad, hospitalidad y respeto. Oficiado por la mujer de la casa, se quema un poco de incienso, sobre un suelo esparcido de hierbas y ramas aromáticas. Sobre un brasero se tuesta el café, mientras hierve el agua en una jarra de cerámica negra (yebená). Tostados los granos de café, se muelen y se vierte sobre el agua hirviendo. Una vez hecho, se le perfuma con clavo, cardamomo, jengibre o canela. Y es el momento de compartirlo en pequeñas tazas, acompañado de palomitas. De sabor intenso y fuerte, se convierte en uno de los mejores cafés que disfrutamos en el mes que recorrí Etiopía, no tanto por su sabor como por el cariño, alegría, la sonrisa de oreja a oreja de Gerardo, las bromas, que se respiraba en esa tarde de una humilde casa de Lalibela.



No es fácil de olvidar la joven vida de la población. Grupos y grupos de jóvenes riendo, hablando, paseando. Los jóvenes que se acercan, te eligen y se ofrecen a acompañarte: wellcome, how are you?. Sólo quieren practicar inglés, dicen. Te regalan una pequeña cruz de madera que insisten en colgarte ellos mismos en tu cuello. Crear un pequeño vínculo que te una con él, a través de su fe. Todos llevan una historia detrás, que habla de pobreza, de necesidad de estudiar, de ayudar a su familia a través de una profesión digna. Buscan que te conviertas en su protector, que compartas mails, que le sufragues los gastos de sus estudios. Es difícil saber dónde acaba la verdad, donde empieza la necesidad. Write me, please. Una pequeña cruz de madera marca la distancia con su sueño, con su necesidad, con su futuro. Una pequeña cruz que aún llevo colgada en mi cuello.
            Descansamos dos noches en la ciudad, más bien un pueblo grande. La primera nos rendimos al sueño, pero la segunda no pudimos evitar dejarnos llevar por la vida nocturna. Gerardo, que es una enciclopedia andante pero también un profundo conocedor de los locales autóctonos en todas nuestras paradas, nos conduce al lugar perfecto, el Torpido: música, ambiente autóctono, cervezas y baile. Asientos, mesas compartidas y escasa luz, es el primer contacto con los azmari, una especie de narradores de historias, que al ritmo de instrumentos tradicionales (krar, lira tradicional, tambores), amenizan entre historias y canciones. El baile tradicional del norte consiste en mover los hombros como si fueran a dislocarse, al tiempo que la cadera gira y los movimientos de cabeza se hacen cada vez más exagerados. No hace falta decir que me lanzo al baile a la mínima oportunidad. Ante las risas generales del público etíope y mis compañeros, me contoneo intentando seguir el ritmo del bailarín y la música. Debe ser tradición sacar a bailar al faranji de turno, pero mentiría si no dijera que es un buen momento y que me siento feliz. Me releva Antonio, que por cierto tiene más gracia en sus movimientos que un servidor, y me sorprende la voz de una chica del grupo de al lado, también viajeros españoles: ¿quieres un tej?. Descubro que es un licor de cierta graduación, a modo de aguamiel, bastante popular. Eso, las cervezas Saint George y el fresquito al salir hacen el resto. Esta noche dormimos como ángeles de Lalibela. Teníamos por delante un nuevo destino.


Su carta de presentación es el gran mercado agrícola, y, como siempre ocurre en los mercados, es donde mejor puedes conocer a la población local. Pese al barro provocado por la lluvia es toda una experiencia: dejamos la tierra de los amara para entrar en la zona de Tigray como muestra la pequeña cruz de Axum tatuada o pintada en la frente, el tradicional peinado trenzado de los tigrinya, túnicas y pañuelos de colores, cientos de personas vendiendo lo poco que tienen: gallinas, huevos, teff, manteca de cabra en pequeños recipientes de cerámica cubiertas con hojas; personas que ríen, negocian, venden, compran; miradas, sonrisas, personas que temen las fotos, que les hace gracia, que posan, que se enfadan, que ignoran. Gente, vida.
Axum. El origen histórico.
Su carta de presentación es el gran mercado agrícola, y, como siempre ocurre en los mercados, es donde mejor puedes conocer a la población local. Pese al barro provocado por la lluvia es toda una experiencia: dejamos la tierra de los amara para entrar en la zona de Tigray como muestra la pequeña cruz de Axum tatuada o pintada en la frente, el tradicional peinado trenzado de los tigrinya, túnicas y pañuelos de colores, cientos de personas vendiendo lo poco que tienen: gallinas, huevos, teff, manteca de cabra en pequeños recipientes de cerámica cubiertas con hojas; personas que ríen, negocian, venden, compran; miradas, sonrisas, personas que temen las fotos, que les hace gracia, que posan, que se enfadan, que ignoran. Gente, vida.
Su carta de presentación es el gran mercado agrícola, y, como siempre ocurre en los mercados, es donde mejor puedes conocer a la población local. Pese al barro provocado por la lluvia es toda una experiencia: dejamos la tierra de los amara para entrar en la zona de Tigray como muestra la pequeña cruz de Axum tatuada o pintada en la frente, el tradicional peinado trenzado de los tigrinya, túnicas y pañuelos de colores, cientos de personas vendiendo lo poco que tienen: gallinas, huevos, teff, manteca de cabra en pequeños recipientes de cerámica cubiertas con hojas; personas que ríen, negocian, venden, compran; miradas, sonrisas, personas que temen las fotos, que les hace gracia, que posan, que se enfadan, que ignoran. Gente, vida.

Al norte  del país se encuentra la ciudad más antigua de Etiopía. Llegar allí no es fácil, el país marca sus tiempos: carretera dañada por las lluvias, la población local que acude al mercado ayudando a remolcar camiones, retrasos continuos en el pequeño aeropuerto. Por fin, otro avión de hélices lleva nuestros pasos a Axum. La lluvia nos sigue acompañando y nos presenta una ciudad algo anodina, estructurada en base a una gran avenida bajo la sombra de pequeñas palmeras, comercios y grises edificios. Es díficil imaginar que esta aislada ciudad, casi una mancha de asfalto en el fértil altiplano etíope, esconde en su seno la memoria del origen de Etiopía, el corazón de un poderoso imperio que sentó las bases históricas y legendarias del Cuerno de África.

      Su carta de presentación es el gran mercado agrícola, y, como siempre ocurre en los mercados, es donde mejor puedes conocer a la población local. Pese al barro provocado por la lluvia es toda una experiencia: dejamos la tierra de los amara para entrar en la zona de Tigray como muestra la pequeña cruz de Axum tatuada o pintada en la frente, el tradicional peinado de los tigrinya, túnicas y pañuelos de colores, cientos de personas vendiendo lo poco que tienen: gallinas, huevos, teff, manteca de cabra en pequeños recipientes de cerámica cubiertas con hojas; personas que ríen, negocian, venden, compran; miradas, sonrisas, personas que temen las fotos, que les hace gracia, que posan, que se enfadan, que ignoran. Gente, vida. 



Etiopía vive sobre las leyendas, sobre los mitos. Para los etíopes, su origen como nación está muy vinculado con la historia del encuentro entre la Reina de Saba (Makeda) y el Rey Salomón de Israel. Fruto de ese encuentro nació Menelik, quien tras una visita a su padre, regresaría a Axum (Saba) con el Arca de la Alianza, depositándolo para siempre en tierras etíopes. Así lo refleja el Kebra Nagast (la gloria de los reyes), la crónica oficial y legendaria de la historia etíope elaborada en el s. XIV. Esto explica el poder autoritario de los monarcas etíopes, quienes fundamentaban su autoridad en ser descendientes de Salomón, del linaje al que pertenece María y Jesucristo. Un autoritarismo dictatorial del que fue gran ejemplo el último monarca, ya en el s. XX, Haile Selassie. Más allá de tradiciones y leyendas, la historia escrita de Etiopía se remonta a más de 3000 años, cuando Axum floreció en el norte, formando el núcleo del imperio etíope, regido por el Atse (Rey de Reyes). De los contactos con Egipto es prueba los bajorrelieves y textos que se conservan, haciendo referencia a las expediciones egipcias al País de Punt (situado alrededor del Cuerno de África y el sur de la Península Arábiga). Y es aquí, en el contexto de los lazos culturales y geográficos entre el Cuerno de África y el sur de Arabia (Yemen), en el que se ha de situar el reino de Axum, con el Mar Rojo como escenario, a finales del primer milenio aC.
Axum controlaba las rutas comerciales hacia el mar y la explotación agraria de las tierras del interior, y, gracias al puerto de Adulis (la actual Zula en Eritrea), logró dotar al estado de la cultura y el comercio greco-helenístico. Con la conversión de Egipto en provincia romana y el impulso de Roma a la ruta marítima con Oriente, para evitar el bloqueo de la Ruta de la Seda terrestre al que sometían los Sasánidas, Axum logró florecer como un fuerte estado comercial, influenciado por las grandes civilizaciones mediterráneas. A partir de ese momento, sus monarcas se denominarán Neguse Nagaste (Rey de Reyes) y reflejarán su historia en las grandiosas estelas y obeliscos de Axum (solo un 8% de lo que queda por descubrir).
La leyenda sitúa la residencia de la reina de Saba cerca de la ciudad, y allí nos dirigimos. En las afueras hay un palacio, del que se conservan la mayor parte de sus muros y porticados, que se ha asociado a la reina. En realidad lo que vemos data del s. VII, muy posterior por tanto, pero una reciente excavación alemana ha encontrado bajo éste los restos de otro palacio mucho más antiguo, del s. X aC, pero poco más se sabe.

Pero si hay algo que recuerda el esplendor axumita, que guarda la memoria del poder y desarrollo del gran imperio africano, es el Parque de las Estelas, en el centro de la ciudad. Repartidas por el núcleo urbano y los alrededores hay más de trescientas estelas pero son los impresionantes obeliscos de granito datados en el s. IV que encuentras en el Parque lo que más llama la atención, tanto por su altura (el más alto supera los 30 metros de altura) como por su perfección técnica. Esculpidos en un solo bloque de piedra, monolíticos, presentan una decoración en varios niveles delimitados por ventanas que parece asociarse a símbolos religiosos y narraciones históricas. Para algunos, su significado era acercar a las almas hacia el cielo. El único que siempre ha permanecido en píe, de 21 metros, tiene como remate final un semicírculo que pudo presentar elementos metálicos para reflejar los rayos solares. El más grande (no solo de Axum sino del mundo), de 33 metros, hoy yace en el suelo, seguramente caído tras erigirse al tener una base demasiado pequeña para aguantar un peso tan grande (casi 600 toneladas). Junto al que siempre ha permanecido en pie, hoy se puede disfrutar de un tercer gran obelisco que durante la ocupación fascista de Mussolini fue expoliado e instalado en la plaza de Porta Capena en Roma. Hace diez años, con el patrocinio de la Unesco, logró volver a su lugar de origen.
Bajo los obeliscos, y entre decenas de pequeñas estelas, te encuentras tumbas a las que se puede acceder, de grandes piedras ensambladas sin argamasa, aunque el miedo a que el techo ceda y las pesadas losas te conviertan en un nuevo inquilino per sempre de las cámaras funerarias, hace que no curioseemos demasiado. Son, sin embargo, tumbas mudas (“tumba de la puerta falsa” la más conocida), porque las excavaciones que las sacaron a la luz llegaron mucho después que los saqueadores. Es este vacío en la historia lo que da lugar a las múltiples leyendas que han enraizado en la zona. Solo hay un paso de la historia al mito.
La riqueza del reino explica porqué llegó tan pronto el cristianismo primitivo a estas tierras, de la mano de monjes sirios, pero la irrupción del Islam en el s. VII marcaría la decadencia de Axum, tomando el Mar Rojo y aislando Etiopía desde el punto de vista comercial pero también religioso y político. A partir de ahí, se centrará en la expansión y cohesión interior en un proceso que culminará en el s. XIII-XIV con la dinastía Zagwe en otro escenario: Lalibela.
         La ciudad moderna, no muy grande, ofrece poco atractivo: una avenida asfaltada salpicada de pequeñas palmeras y tiendas de souvenirs y productos locales que, partiendo en un extremo del Parque de los Obeliscos, te lleva a la Catedral de Nuestra Señora de Sión, donde según la tradición aún se conserva el Arca de la Alianza con las Tablas de la Ley de Dios. Fue la primera iglesia de Etiopía, y lugar de coronación de los emperadores etíopes, pero ha sido destruida en varias ocasiones, Frente a la construcción moderna (con enormes frescos en su interior y con una placeta donde jóvenes licenciados se fotografían), hay un templo antiguo con un pequeño edificio donde descansa el Arca. Está prohibido que alguien pueda ver el Arca, ni siquiera pueden los monarcas o los patriarcas ortodoxos. Tan solo un sacerdote guardián lo tiene permitido, encargado de custodiarlo de por vida. Tuvimos la suerte de poder ver, eso sí de lejos, al sacerdote, a quien la gente local respeta y tiene devoción por estar en contacto con algo en lo que creen de forma fervorosa.

Fervor que compartimos en otro tipo de experiencias en la ciudad, menos religiosas pero igual de festivas: cena con bailes tradicionales, donde tenemos ocasión de demostrar el ritmo de hombros aprendido en Lalibela, y pasear en los rickshaws o bajajs en busca de pubs nocturnos en los que bailar y reír con los jóvenes locales al son de las Saint Georges. No todo es historia en Axum.

SIMIEN
Al día siguiente una furgoneta retoma el camino, a través de la carretera que une con Gondar. Nos dirigimos al Parque Nacional de las Montañas Simien, el primero de los patrimonios de la Humanidad que tiene el país. La carretera, polvorienta y a menudo con baches, cruza el cañón del río Tekeze, que durante un tramo es la frontera occidental con Eritrea. A ratos, una exuberante naturaleza nos atrapa, y hacemos breves paradas en las que abrazamos enormes baobabs. Las noticias de revueltas populares que están cortando las carreteras cerca de Gondar, nos obliga a hacer una parada en Haida para un rápido picnic y cambiar la vieja furgoneta por un bus local. Y en él continuamos hasta Debark, al pie de las montañas, base para el inicio de las expediciones a las Simien. Allí recogemos a nuestro ranger particular, Alí, que con su kaláshnikov nos escoltará en el parque. Parece día de mercado, y casi una docena de personas hacen traslado de nuestros petates y sacos del bus a los 4x4. La escena es casi cómica, una orgía de colores entre los macutos y la ropa de la gente arriba y debajo de los vehículos, mientras el equipaje vuela sobre nuestras cabezas hasta atarse en el techo de los 4x4.


Quince kilómetros nos separan de la entrada al parque, y los recorremos bajo la lluvia. Estamos en la cima de Etiopía y el techo de África, con dos picos por encima de los 4mil metros (Ras Dashen, 4620), las montañas Simien, que en amárico significa Norte. Una vez dentro, una pequeña pista de tierra nos dirige a nuestro camping, en Sankaber, donde se inician las rutas a pie. Los árboles desaparecen para dejar paso a la bruma, las piedras y los arbustos característicos de la altura. Pronto aparecen los primeros grupos de babuinos Gelada, entre la neblina, y me da por pensar que algo así debió ver Dian Fossey con sus gorilas. Prácticamente están presentes en cada tramo de nuestro camino en las montañas, siempre en zonas abiertas y escarpadas, cerca de barrancos y precipicios por si hay peligro, ya sea comiendo o despiojándose y emitiendo fuertes gruñidos guturales. Gelada significa corazón sangrante, refiriéndose a la parte de piel roja y pelada que tiene en el pecho y la garganta. Los machos son más grandes que las hembras, y presentan una copiosa melena que hace que también se les denomine como mono león.



La lluvia y los monos son la compañía ineludible hacia Sankaber, donde fijamos nuestras tiendas de campaña por encima de los 3200 metros de altura. Al anochecer, el frío entumece el cuerpo. Nada mejor que una buena cena, un fuego, los chistes de Gonzalo y Javier, un cartón de vino y chupitos de licor local. El cansancio hace el resto. Cuando llegas al saco, unos con más facilidad que otros, no hay nada mejor en el mundo que dormir oyendo la lluvia al calor de tu tienda. Agradeces tu saco polar y tus mallas térmicas. Cierras los ojos, cansado pero feliz.

            Un cielo nublado, que a ratos deja ver un azul intenso, nos despierta a primera hora para animarnos a iniciar un trekking. En fila india caminamos por una senda estrecha, a ratos húmeda y encharcada, para serpentear o casi crestear por los riscos y la cima de las montañas. La marcha es lenta, la altura, la falta de oxigeno y el cansancio influye. Sobre una alfombra de hierba verde caminamos como huérfanos detrás de nuestro guía Alí y su fusil, atento a sus pasos, a las huellas de los íbex o los felinos (chacales), a las orquídeas, lobelias y rosas de Abisinia, a las espectaculares vistas cerca del abismo de Geech, abruptas paredes de roca que se pierden en un infinito por la niebla. Desde la bruma, una nueva manada de babuinos nos ve partir. No hemos sido más que una distracción en sus tierras. Ellos seguirán allí, en sus desfiladeros y cortados, testigos de una húmeda naturaleza salvaje.


GONDAR.
A 200 kms se encuentra Gondar. El trayecto es hermoso y fértil, campos verdes, niños pastores descalzos con originales gorros de plástico que en verdad son chubasqueros enrollados, aves de colores, grandes planicies de cultivos de arroz y teff. En su comarca, sobre todo en Wolleka, aún siguen viviendo los últimos falashas, los antiquísimos judíos etíopes con los que entronca parte de la tradición salomónica. Es la zona más visitada del país junto Lalibela, y eso se nota en el desarrollo de la ciudad (olvidándonos de los parámetros occidentales) a pesar de su falta de recursos.
Gondar es la capital medieval del país, y, como ocurre en todo el norte, sus muros encierran mucha historia. Tras la caída de la dinastia Zagwe de Lalibela, llegó al poder una nueva dinastía procedente de las mesetas centrales de los amara, que entroncó de nuevo con la tradición legitimadora de Saba. Esta nueva dinastía, salomónica amara, será la que protagonice la historia de Etiopía hasta el siglo XVIII.
En el siglo XVI el avance musulmán a través de sultanatos dividió el territorio en una mitad cristiana y otra musulmana, lo que explica la llegada de portugueses por la necesidad de auxilio militar por parte de la dinastía cristiana en su enfrentamiento con el mundo islámico. Desde la Edad Media, en torno al s. XII, se había difundido por Europa la creencia en el Preste Juan, un monarca sacerdote cristiano, de origen oriental, que estaba enfrentándose y venciendo a los reinos musulmanes. Pronto los diferentes reinos europeos, también en lucha con el Islam, se lanzaron en su búsqueda pero sin éxito. En el s. XV, los portugueses que estaban circunnavegando África, creyeron identificarlo en tierras etíopes y así entraron en contacto dos culturas que se necesitaban mutuamente: una, la portuguesa, por su expansión comercial en la ruta asiática, y que vio en el dominio del Mar Rojo una oportunidad única para consolidar su poderío comercial; y la otra, la etíope, por su necesidad de unificar el territorio y controlar el envite musulmán. La presencia de los jesuitas, volcados en la evangelización de África y Asía, sería el medio por el que ambos estados intentaron conseguir sus objetivos. La huella portuguesa y jesuita sería lo siguiente que descubriría en este viaje apasionante.
            Y así conozco Gondar, la capital imperial en los siglos XVII y XVIII, fundada por Fasilidas en 1636. El cambio en la localización de la capital, desde Lalibela a este lugar, no fue un capricho de la nueva dinastía. Se dice que el emplazamiento lo eligió el jesuita español Pedro Páez para el emperador Susinios (padre de Fasilidas), a quien pretendía convertir al catolicismo bajo la promesa de la ayuda militar portuguesa. Protegida por una alta cadena montañosa, su situación estratégica entre las rutas comerciales del valle del Nilo, las explotaciones sureñas de café y la salida al Mar Rojo, convertían el enclave en un centro político y económico de primer orden, justo al norte del lago Tana.



En plena llanura boscosa, el recuerdo de la capital imperial y de la influencia portuguesa y de la India Mogol queda reflejado en la arquitectura de una serie de castillos y una biblioteca, que conforman lo que se conoce como el Recinto Real. El primero que marcó el camino de esta particular arquitectura gondariana, que ha hecho llamar a este conjunto la Camelot Africana, es el Castillo-Palacio del rey Fasilidas. Sobre piedra basáltica local, se erigen edificaciones de fuertes y gruesos muros, en varios pisos y rematados por torres de cúpula circular de influencia mogol, rodeados por una alta muralla. Los palacios de Iyassu, Bakaffa, la biblioteca de Yohannes, el Archivo o los Baños de Fasilidas completan un conjunto donde las tradiciones culturales europea, africana y asiática confluyeron en la creación de un arte único y espectacular. Las luchas dinásticas, las revueltas de los oromo y Tigray y el acecho musulmán acabarían por hundir la dinastía y el abandono de la capital en el s. XIX.



Pasear por sus ruinas en una tarde lluviosa, prácticamente solos, le da un carácter casi fantasmal. Las explicaciones del guía, rápidamente se pierden en el aire húmedo. Preferimos separarnos un poco, entre rincones de piedra y una vegetación que le gana terreno a la mano del hombre. Lo cierto es que desconcierta, la estampa es más de escenario escocés que etíope, y las piedras envejecidas traen a tu mente las luchas dinásticas y revueltas que el guía intenta explicar. Alguien me comentó que Tolkien visitó este lugar y vio en él el escenario para construir en su imaginación los castillos de la Tierra Media. Pero las risas ante las fotografías de mis compañeros me sacan de mi ensimismamiento, y entre bromas y la amenaza de lluvia llegamos a los Baños de Fasilidas, extramuros del Recinto Real, un palacete de dos plantas rodeado por un estanque o piscina rectangular donde la humedad y la vegetación han desarrollado raíces de árboles que devoran el muro de piedra que lo rodea. Acoge la fiesta del Timkat o Epifanía, donde miles de etíopes se bañan en las aguas de la piscina o estanque para purificarse en la renovación del Bautismo y las mujeres estériles buscan la fertilidad.


Junto al Recinto Real y los Baños de Fasilidas, en una zona solitaria a un kilómetro de la ciudad, es obligatoria la visita a la Iglesia de Debre Birhan Selassie (Monte de la luz de la Trinidad), de finales del s. XVII. En un jardín de enebros y olivos, arrullada por el sonido de los pájaros, se erige un edificio sencillo en el exterior, de planta rectangular y rodeado por soportales. Tiene en su interior cierto aire bizantino entre los impactantes frescos que narran la vida de Jesús, la Trinidad o el Infierno, y el hermoso artesonado de madera que cubre el techo plagado de casi un centenar de rostros de ángeles cuyos ojos te observan desde cualquier rincón y que prácticamente se ha convertido en uno de los símbolos de Etiopía.



            Regresando a nuestro alojamiento, el silencio en las calles y la presencia del ejército nos indica que algo pasa. En Gondar y Bahar Dar, los amara han salido a la calle para pedir reformas políticas y judiciales después de años de marginación por parte del Gobierno. El detonante parece haber sido unos impuestos y la aprobación de un plan urbanístico que pone en peligro las tierras de los campesinos. La policía para dispersarlos ha utilizado munición real y la consecuencia ha sido más de cien muertos. Aislados en el hotel, estamos pendientes de las noticias. Poco podemos hacer e impotentes dejamos la ciudad, desapareciendo como lo hacen las nubes tras la lluvia.

BAHAR DAR. Noroeste.
La naturaleza y la vida etíope va difuminando nuestra impotencia, llevando ante nuestros ojos hermosas estampas de la vida del norte: los niños pastores con sus familiares gorros-chubasqueros que con su mirada altiva asemejan ser pequeños emperadores, buitres carroñeros al acecho de cualquier resto animal, campesinos encorvados recogiendo la cosecha, salpicando de alegres motas de color los enormes y verdes arrozales. Y, a medio camino, el “Dedo de Dios”, una formación rocosa (quizás la chimenea de un antiguo cráter) de casi cien metros sobre una ladera, que nos tiene hipnotizados un buen rato esperando que la nubosidad variable defina el dedo divino con nitidez. Así, entre breves paradas para respirar el aire fresco del norte y fotografiar, logramos llegar a Bahar Dar.



Se trata de la capital de la etnia amara, una atractiva ciudad con amplias avenidas de palmeras, ficus y buganvillas, moderna y limpia, que disfruta de hermosos atardeceres. Se asienta en las orillas del Lago Tana, y desde mi habitación, que da a un espacioso jardín que mira a sus aguas, puedo sentir como la suave brisa que arranca a media tarde refresca el ambiente, aunque el miedo a los mosquitos nos obligue a cerrar ventanas y puertas. Gonzalo y yo, como un buen número de mis compañeros, aprovechamos para lavar a mano y tender camisetas y pantalones que necesitaremos para el camino del sur. Y aprovechamos el descanso para coger fuerzas, y engordar, con su excelente cocina (¡¡esa tilapia!!) y las rondas sin fin de cervezas.
Bahar Dar nos sirve como punto de partida para navegar el Lago Tana, el más grande del país, y que hace de mar para un país sin mar. De origen volcánico, el lago se encuentra a 1380 metros de altitud y es el segundo lago más grande de África, con 3600km cuadrados de superficie Tenemos como propósito recorrer las numerosas islas que, cubiertas de vegetación, esconden pequeños poblados y antiguas iglesias y monasterios medievales de planta circular, donde monjes ortodoxos se aislaron en retiro espiritual. La tradición dice que en una de estas islas, entonces aisladas y en la periferia del reino etíope, se custodió el Arca de la Alianza ante el avance musulmán. Sus aguas infectadas de cocodrilos e hipopótamos ayudaban a su defensa. En sus aguas parece reflejarse su espiritualidad.



En una pequeña embarcación a motor navegamos por el lago, bajo gaviotas y cormoranes, contemplando sobre el azul del Tana las pequeñas islas, que como verdes salpicaduras, permiten adivinar entre su follaje los tejados de las iglesias acariciados por el sol. Así relucen las iglesias de Kebran Gabriel o Kebra Maryam, entre árboles salvajes de mango y papaya. Es hermoso observar a los pescadores con sus frágiles barcas de papiro, tankwas, prácticamente sumergidas en el agua en busca de la perca del Nilo o la apetitosa tilapia, lanzando y recogiendo sus redes; mientras planean diferentes aves en busca de comida.
Al noroeste, en la península de Zaghe, podemos visitar si acaso la más bella de estas iglesias, Ura Kidane Mehrat (Iglesia de Santa María). Acceder a ella es pasear desde el embarcadero por un pequeño camino de tierra rodeado de una vegetación frondosa ladera arriba. La humedad, el bosque de manglar, las plantas de café salvaje, los pájaros y la población local que te ofrece recuerdos y artesanía de mimbre son tus compañeros en un sendero que, al ascender, parece que te lleva a algo oculto, protegido. Datada en el s. XIV, su planta circular con paredes de ladrillo recubiertas de adobe, esconden unas hermosas pinturas bíblicas de los s. XVIII-XIX de estilo etíope e influencia bizantina: barrocas, coloridas, casi infantiles en el trazo. Deambular por sus muros es leer la Biblia, y quizás esa fue la intención de monjes silenciosos que desde su retiro quisieron enseñar la Fe a través de los ojos y el corazón.


Al sur del lago Tana nace el Gish Abbay (pequeño Nilo), vertiendo sus aguas en el lago y dando lugar al Nilo Azul (el Ghion etíope), que se nutre de ellas. A escasos kilómetros del lago, el Nilo Azul inicia su descenso hacia Sudán, entre una espesa vegetación y verdes montañas, campos de cultivo y papiros, en un espectáculo de la naturaleza: las cataratas de Tis Isat (agua que echa humo, en amárico). En el camino hasta llegar al parque de las cataratas se cruzan pequeñas poblaciones rurales con una vida bulliciosa, poblados que crecen junto a la carretera donde observas negocios de todo tipo con las puertas abiertas y las mercancías lanzadas al camino, mesas de billar, juegos de niños, ropa tendida, porteadores, animales, pastores con largas mantas sobre los hombros para protegerse del frío, pequeñas estampas de vida local que quedan grabadas en mi retina y mi diario.


Seguimos la estela del padre Pedro Páez, jesuita hispano y el primer europeo en contemplarlas en 1613, y es imposible olvidarlo mientras atravesamos el Nilo Azul por el Agam Dildi, un hermoso y sencillo puente de sillares de piedra construido en un desfiladero por los portugueses en el s. XVII. Al pasar el puente y ascender la montaña, se empieza a oír el sonido de las cataratas. Un ruido de agua que es mi guía ahora. Y al girar la otra cara de ladera, las descubres desde lejos. Me tiembla todo el cuerpo. Conforme te acercas se abre el paisaje, el camino, y allí están. No hay palabras, sigo temblando. Debido a las lluvias, las cataratas están teñidas de marrón por la tierra y sedimentos que arrastran sus aguas, pero si bien eso le roba el azul luminoso, el gran caudal que lleva nos regala el humo de agua: al salvar un acantilado de 45 metros de alto dibuja un impresionante salto que el ruido y la fuerza del agua transforman en un vapor denso, una hermosa bruma blanca. Pienso que no es agua lo que nos regala el Nilo, sino belleza pura.


            Acompañados por la lluvia, nubes de niebla, el barro, los niños amara que te venden hasta sus pulseras y adornos del pelo, los burros con su carga y unas rocas resbaladizas que no daban tregua conseguimos llegar a un cerro próximo donde podemos contemplar una panorámica espectacular del frente de las cataratas. Incluso intentamos, tras pasar el impresionante puente colgante no apto para los que padecemos de vértigo, llegar hasta la piscina casi al pie de la cascada, pero el barro, la humedad y el constante vapor de agua que genera la caída de la cascada impide tomar fotografías y acaba mojándote de píes a cabeza. Pocas veces se ha seguido su curso desde este punto hacia Sudán, la gran mayoría culminando en fracaso, por lo que soy consciente de que estoy ante un milagro de la naturaleza, que aún esconde secretos para aquel que se lance a explorarlo. En este momento, creo que mi rostro y mi pensamiento deben ser muy parecidos a los de Pedro Páez cuatrocientos años antes: “y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César”. El tiempo no ha acabado con la fuerza de la naturaleza salvaje, ni con la belleza de sus aguas. Y eso no hay cámara que lo aprese. Tan solo respirar hondo y sentir en tu piel el humo de agua.


           
 Un avión nos lleva de vuelta a la capital, a Addis. Terminado el noroeste, iniciamos un nuevo viaje, los misterios del sur y del valle del Rift nos esperan.



CAMINO AL SUR
Por la mañana, temprano, salimos hacia el sur en varios 4x4, dirección Nazret y Sodo. Tras superar el caos frenético de la circulación de la capital, nos incorporamos a la carretera principal que nos llevará a nuestro destino. Como la mayor parte de las grandes obras de infraestructura, está en manos de los chinos, los únicos que ofrecen bajo coste pero a costa de una calidad que en ocasiones deja que desear. Y, poco a poco, en un largo descenso, la Etiopía rural va ganando terreno: la vegetación verde de invernaderos de fresas y flores da paso a un escenario más árido, de arbustos secos y tierra oscura; del amarillo tostado de los campos de maíz y teff, el cereal endémico de Etiopía. De mujeres y niños cargando en sus espaldas fardos de leña o los bidones amarillos de agua durante kilómetros y kilómetros. Siempre, aisladas, chozas con techo de acacia, paja o zinc, hombres caminando, pastores que más que guiar parecen seguir a sus animales; mujeres vendiendo frutas (fresas, moras, plátanos, papayas) y niños pidiendo botellas o regalos. Todos saludan, todos sonríen. Y respondes agitando la mano, sonriendo tu también. La carretera atrae la vida etíope. Paisajes y escenarios imposibles de retratar con la cámara.

El problema en la circulación cuando abandonas la capital no es el tráfico, sino, como descubriremos pronto, el estado de las carreteras (en muchos casos pistas de tierra), los baches, barrizales o los obstáculos, normalmente personas, animales, burros remolcando carros y carretas, que literalmente viven o trabajan en la carretera y que te obligan a salir del camino. Por eso la distancia empiezas a medirla en tiempo, no en kilómetros. El cansancio del coche, de horas y horas y semanas de trayecto, se suple con la amistad que hacemos con los conductores, las conversaciones entre nosotros que ayuda a conocernos y forjar buenos lazos de amistad, y, sobre todo, con la visión que te da de la vida en el sur de Etiopía. Al principio Yusuf, Werkeneh, Gebre y Tasew, los conductores, se muestran serios y callados. Aún no hay confianza. Poco a poco, vamos obteniendo sonrisas, y gracias a ellos aprendo la forma en la que la gente se saluda: tres ligeros choques entre hombros contrarios; la música tradicional, las aves que hay en el camino o pequeñas historias que te ayudan a conocer un poco más el país.

            Nos acompaña Teshale, un guía que Turismo recomienda llevar para hacer de enlace con las diferentes poblaciones del sur. Espigado y de ojos inquietos, habla perfectamente el castellano, con un acento cubano mezclado con amárico, fruto de la generación de etíopes que bajo la dictadura se benefició de la solidaridad comunista para estudiar en Cuba. En realidad es ingeniero, pero la situación económica e industrial del país le ha obligado a reciclarse por su dominio del castellano en guía, profesión que, según podemos comprobar en algunos momentos, es más un medio de sobrevivir que una pasión que le interese. Él mismo me confesaba que Gerardo conocía mejor el sur.

            En dirección a Sodo y Arba Minch, mientras el valle parece estrecharse vamos dejando atrás numerosos lagos como el Ziway, donde hacemos una breve parada. Es un lago, bastante grande, de una pequeña cadena de lagos del valle del Rift, formada por el lago Langano, Abyatta, Awasa y el propio Ziway. Es famoso por su variada riqueza ornitológica y su industria pesquera. En las afueras de la ciudad hay un pequeño embarcadero, en la orilla occidental, que se convierte en uno de los mejores puntos para la observación de aves, pues un gran número de éstas acuden en búsqueda de restos de pescado: marabúes, pelícanos, ibis, garzas, águilas pescadoras, los pico martillo. Impresiona llegar y encontrártelos a cientos, a muy pocos metros de tus dedos, entre manglares y acacias. Los aficionados a fotografiar aves, como José, Eduardo y Javier, están en su paraíso. Los feos marabúes recuerdan a personajes de Tim Burton, mientras que los pelícanos, reunidos en la orilla, se posan gráciles sobre las aguas azules del lago, y si hacemos algún movimientos brusco, echan a volar en un espectáculo tan hermoso que no puedes más que quedarte parado, mirando y sin caer en la cuenta de haberlo fotografiado.


            A mediodía la luz es perfecta, reflejándose sobre el agua y tiñendo de un suave anaranjado barcas, pescadores y niños. Los pequeños se sienten atraídos por las cámaras, y rápidamente acuden y posan, si bien tienes que tener cuidado para que no te birlen tan solo fotos, como comprobó Mariví. Sus ojos divertidos, su sonrisa y picardía, sus juegos parecen competir con el vuelo de los pájaros, y te abandonas, sin prestar atención al paso del tiempo.



            Una polvorienta pista que atraviesa varios poblados, te lleva al próximo destino, las orillas del Lago Langano. A una altitud de casi 1600 metros, se trata de un lago muy popular entre los etíopes, que por la calidad de sus aguas dulces acuden con frecuencia desde Addis y poblaciones cercanas. Las montañas de Arsi, que con sus cuatro mil metros lo ocultan, parecen abrazarlo y aislarlo de la llegada de la civilización y sus carreteras. En los alrededores del lago es común encontrar monos, jabalíes, duikers, y gran variedad de aves. Caes en la cuenta que visitar los lagos del Valle del Rift, como ocurre en los caminos del Valle del Omo, permite ver aves, muchas aves, para regocijo de nuestros ornitólogos particulares. Pero aparte de su fauna y flora, nos interesa, y mucho, sus cobrizas y frescas aguas. Vamos a dormir en un eco-lodge, cabañas de troncos de madera a la orilla del lago, y es mucha tentación como para obviar un reconfortante baño en su playa natural. Tras el baño, qué mejor que un breve paseo a lo largo de sus orillas, en los pequeños acantilados cercanos, por las acacias en las que revolotean los francolines. Una pequeña niña se acerca a la orilla con su burro cargado de bidones amarillos para recoger agua. No deja de mirarnos mientras va llenando poco a poco de agua los contenedores. La luz de la tarde resbala sobre su pelo, que cae desordenado por el movimiento. Parece el escenario de un sueño. Me sorprende ver que es una realidad, y que formo parte de ella.


A primera hora, tras asomar el sol por las montañas Arsi, retomamos el camino hacia el Sur, dirección Sodo y Arba Minch, dirección Valle del Omo.

VALLE DEL OMO
El curso del Omo es un viaje en sí mismo. Desde el altiplano alpino al sur de Addis Abeba, culmina en una zona desértica, de las más duras del país y de toda África. Omo, un río rojo tierra, en contraste con el Abbay (Nilo Azul), cuyas orillas están bordeadas por un bosque de acacias que colorean de verde la tierra roja por donde corre. Una sabana extensa que se extiende más allá del horizonte, una de las visiones de África con la que soñaba desde aquellas tardes de verano leyendo libros de aventuras.
El Omo, como gran río africano al igual que el Nilo, fue objeto de sucesivas exploraciones a lo largo del s. XIX para averiguar no tanto su origen sino dónde finalizaba su curso. Fue en 1896 cuando se descubrió que sus aguas son el principal caudal del lago Turkana; y también esa fecha marcó la integración en Etiopía de toda la región del Omo, aunque como un apéndice independiente de la conflictiva evolución del país en el siglo siguiente. El hecho de que esta región, el curso bajo del río, sea una de las zonas más aisladas del continente ha permitido que se conserve una gran diversidad de culturas y etnias. Las culturas y tradiciones tribales se han mantenido intactas durante siglos, ya que la falta de caminos acondicionados y las dificultades orográficas no hacen fácil la llegada de viajeros. Por ello, visitar estos grupos es ya no un privilegio sino toda una aventura.
            Mentiría si no dijera que esperaba este momento con ansiedad. No había querido leer mucho, para mantener el efecto sorpresa, pero los días anteriores y las charlas con Gerardo me estaban preparando. De esas charlas descubro que a pesar de sus diferencias estos grupos indígenas presentan alguna característica común, como una religión animista y una organización patriarcal en la que el anciano tiene autoridad por la experiencia y ser conocedor de los valores propios del clan o la tribu. La ganadería de cabras, ovejas y cebúes, es su principal actividad económica, su fuente de riqueza y patrón monetario, completada con la agricultura del sorgo y otros cereales. Es el cuidado de los rebaños, y el acceso al agua, vital para su supervivencia, lo que a veces lleva a enfrentamientos violentos entre tribus. Y la importancia de la estética del cuerpo, tanto por atractivo como por expresión de una ideología propia (peinados, escarificaciones, pinturas, etc.), que señala el estado social o la presencia de un rito. Tradiciones que corren el riesgo de desaparecer para siempre con un proyecto de modernización del Omo que incluye una presa y factorías industriales de trigo, algodón y azúcar. La contradicción entre el progreso económico de un país y la destrucción de un patrimonio cultural inmemorial en el lugar más hermoso del este de África: el valle del Omo.
            Al llegar uno se cuestiona si tu presencia allí es buena o no para las tribus, si vas a crear costumbres o hábitos que no forman parte de su cultura relacionados con el beneficio económico, o fomentar montajes de cara al turismo para conseguir la ansiada fotografía. Si vas a participar de un safari humano. Uno lee y oye demasiadas cosas, pero no quiero que esas reflexiones condicionen mi experiencia. Quiero tener claro que desde el respeto y las ganas de conocer, la experiencia será positiva, solo el tiempo me dará o quitará la razón.

            Hemos cruzado medio país hasta llegar aquí. Desde el primer momento, recorrer este valle se convierte en lo que esperas de una experiencia africana. Pese a las pistas polvorientas y el fuerte calor, la visión de la sabana al amanecer o el atardecer da sentido por sí solo al viaje. Empiezan a ser frecuentes las acacias, grandes, hermosas, y necesarias, al donar su preciada sombra en paisajes donde el sol es enemigo. Y el resto del mundo va cambiando, poco a poco, casi sin darte cuenta: formas de vida, hábitat, religión, vestimentas.
            Y así lo comprobamos al visitar, cerca del inicio del valle, un conjunto de chozas que pertenecen a los Alaba, una etnia islamizada. Son cabañas de adobe, de gran tamaño, decoradas con vistosos colores y dibujos geométricos. En su interior, también decorado con la misma estética, conviven ganado y familia, un fogón, utensilios de barro y plástico, esterillas, bancos corridos y pieles. Lo más curioso es la forma en que los hombres se protegen del sol, con unos sombreros troncocónicos de paja trenzada que más de uno no duda en probarse.


            Tras comer en Sodo (el centro urbano de la zona) y antes de llegar a Arba Minch, siguiendo la estela de la falla del Rift por un camino de tierras de labranza, cactus y pájaros tejedores, hacemos una parada para visitar a los Dorze.
En lo alto de los Montes Chencha, en la montaña Guge (2900 metros altitud), los Dorze tienen una bella panorámica de los Lagos Chamo y Abaya. Ascendemos por una pista de tierra bastante complicada y sinuosa, dejando atrás árboles de mango y los curiosos árboles salchicha. El camino es duro si no vas en algún medio de locomoción. Al desnivel se unen los continuos aterrazamientos, pero eso no impide que veamos a niños pastores, de coloridos vestidos, bailando el dorzing (un atlético movimiento de caderas o volteretas al ritmo de música imaginaria para que les des una propina); tenderetes de coloridos sombreros y foulards de algodón (shammas); o mujeres acarreando leña o agua y doblando su espalda en límites imposibles. Un joven de la etnia hace de guía local y nos acompaña a visitar su poblado.


Entre una frondosa y húmeda vegetación verde del endémico ensete (falso banano), construyen sus altas chozas tradicionales con mástiles de madera, entramados de bambú y cubierta de hojas de banano, en las que se extiende una especia de trompa bajo dos respiraderos en lo alto que parecen ojos. De ahí el nombre de casas elefante, en recuerdo de los preciados animales que no sobrevivieron a la montaña. La protuberancia que asemeja una trompa sirve de puerta de acceso y única entrada de luz, por lo que en su interior, casi siempre oscuro, es necesario tener velas o candiles. A la espalda, una huerta donde cultivan frutas, verduras y el falso banano. Estas cabañas se utilizan unas dos generaciones, y luego se trasladan, cabaña incluida por su ligera estructura.



En la entrada de una de sus casas nos sentamos en corro para que nos transmitan su forma de vida y ver la elaboración del kocho, que se extrae del tronco del ensete o falso banano y se suele conservar en las huertas anexas. El kocho es una especie de torta cuadrada, como un pan ácimo a modo de injera, que puede conservarse durante mucho tiempo en buen estado envuelta en hojas del banano. Mientras nos hablan de sus tradiciones y de su tierra, lo probamos con miel y mantequilla, acompañado del fuerte licor local, arake. Es el sabor de los dorze. Al abandonar el poblado, los niños bailan y cantan con nosotros. Difícil resistirse a sus enormes ojos abiertos, su gracia en el baile, sus voces infantiles entonando canciones tradicionales mientras te cogen de la mano para que bailes con ellos. No sé si lo preparan para cuando llegan los turistas, pero respira autenticidad, y no dudo en escribir en mi diario nada más subir al 4x4 que llevo impregnada en la piel y en el ánimo la alegría de los dorze. ¿Qué se puede ofrecer mejor que la alegría de un pueblo?


Al descender no podemos evitar detenernos para contemplar las vistas espectaculares de los lagos Chamo y Abaya. La lengua de tierra que los separa se denomina “puente del paraíso o “puente de Dios”, porque allí, según la tradición, transitaban las almas hacia el otro lado del lago, donde se encuentra el Paraíso. Soy incapaz de hacer una fotografía que refleje una panorámica de ambos lagos, uno más blanco y el otro azulado, enmarcados en un juego de montañas que se confunden con las nubes. Así que abandono la idea de fotografiar e intento fijarlo en mi mente respirando profundamente. Todo viajero siente allí que está a punto de entrar en un territorio geográfico y espiritual desacostumbrado y lleno de retos.

            Y la puerta de entrada al mundo tribal del sur, y el fin del mundo más desarrollado del norte, es Arba Minch, la “ciudad de los cuarenta manantiales”, la más grande del sur de Etiopía. Casi una frontera en el tiempo. Un lugar privilegiado donde dormir, a los pies de los lagos y la llanura del Nechisar, acompañados por facóceros y los sonidos de la selva húmeda. Sé que al día siguiente atravieso esa frontera, que estoy en el umbral del Valle del Omo. No puedo cerrar los ojos y dormir sin sentirme como ese niño que se pasaba los veranos leyendo a Allan Quatermain en busca de las minas del Rey Salomón, ese niño en busca de la aventura, del sueño.
           


Al amanecer nos dirigimos a las orillas del lago Chamo. Conocemos el lago a través de una pequeña embarcación a motor, nerviosos y expectantes porque en estas aguas es frecuente ver grupos de cocodrilos gigantes que descansan al sol e hipopótamos solitarios con sus cabezas saliendo del agua. Lo más fácil es acercarse, lo más en silencio posible, a la zona de los cocodrilos (Cocodrilo Market): son enormes, los más grandes del continente africano, y muchos permanecen con las fauces abiertas y los ojos fijos, unos ojos que parecen observarte, vigilantes. A diferencia de los hipopótamos, más peligrosos y a los que solo divisamos desde la distancia, la barca se acerca tanto a los cocodrilos que no solo puedes fotografiar primeros planos sino que casi puedes tocarlos, hasta que se introducen en el agua y ves sus lomos de escamas acercarse. Entonces te das cuenta de lo frágil de tu posición, te tiembla la mano y rezas por no volcar o que a un hipopótamo le de por pasar por debajo. Junto a nosotros multitud de aves: ibis, pelícanos, garzas, martines pescadores, cormoranes…para los amantes de los pájaros es un lugar para soñar. Los pescadores de la zona, de las etnias ganjule y guji, en sus pequeñas y frágiles embarcaciones (ambatch) lanzan sus redes en busca de alguna captura, alguna perca del Nilo. Cerca, aves que nunca había visto levantan el vuelo en el horizonte. Al regresar, descargamos toda la emoción cantando viejas canciones de campamento: “estaba el cocodrilo y el orangután…” ante las risas atónitas de aquellos que nos encontramos navegando en dirección contraria.




Seguimos nuestra ruta, abandonando la carretera y continuando por pistas de tierra, entre acacias y árboles con panales de miel. En las montañas del valle del Rift, al sur del lago Chamo y de Arba Minch, y paso obligado si vienes del norte hacia el valle del Omo, encuentras un paisaje de terrazas agrícolas entre pequeñas colinas. Se trata del territorio de los Konso, donde sus habitantes han sabido leer la naturaleza y desarrollado una gran adaptación ante un medio frágil y poco fértil, originando de forma autóctona grandes terrazas de piedra que minimizan la erosión y retienen el agua. Un trabajo de la tierra, mediante cultivos de cereales (sorgo y maíz), que llevan desarrollando durante cientos de años. Campos que se superponen hasta alcanzar el cielo. Varios poblados concentran a la población campesina en la parte alta de las colinas y en las laderas de las montañas, así que nos dirigimos a uno, el principal, para conocer su modo de vida.
El poblado aparece amurallado con grandes piedras en muros concéntricos, rematados por estacas, con las que también crean los aterrazados de sus cultivos. Es tradicional colocar wagas, estelas funerarias trabajadas en madera curvada de acacia que representan sus antepasados, localizados en los bordes de los caminos, en los poblados y delimitando los cultivos, como elemento de protección y respeto. En el interior del poblado, hay todo un laberinto de calles estrechas de tierra que ascienden y descienden entre grandes chozas con techos cónicos de paja, rematados en su cúspide por una vasija cerámica. Cada choza tiene un pequeño terreno delimitado por piedras y vallas, hechas de ramas de acacia y pequeños troncos, donde se encuentran los animales (vacas, gallinas, cabras). Reacios a hacer fotografías, llegan a ser agresivos lanzando piedras.

Visitamos el poblado rodeados por decenas de niños al grito de faranji, que nos guiaron hasta las plazas abiertas. En una encontramos una gran choza comunal donde duermen niños y adolescentes juntos en un pequeño altillo, para asegurar en caso de peligro la protección de las nuevas generaciones. Durante el día es un espacio común donde realizar asambleas. En otra, un espacio presidido por una piedra de considerable tamaño. Un joven konso que tengo al lado me indica que se trata de la piedra de la justicia; quien posa la mano en ella no puede mentir, sino una amenaza de muerte segura cae sobre él. Pero el guía del poblado nos dice que es el elemento fundamental de un ritual: para que un adolescente pase a la condición de adulto y pueda desposarse debe levantar la piedra y pasarla sobre su cabeza ante los ojos de la comunidad. Nos animaron a levantarla, y allí que se lanzan Gonzalo, Antonio y Eduardo para dejar el pabellón español bien alto.


En otras plazas, la visión no es tan agradable. Hombres tumbados, dormitando, algunos bajo la resaca de algún licor local, con una delgadez extrema, descansando de su propio hambre. Sin embargo, sigues avanzando, y el escenario cambia, ahora son decenas de mujeres con vistosas faldas plegadas y niños pelando maíz, a voz en grito, con enormes sonrisas bajo ojos vivaces y curiosos ante nuestra presencia. Ambas caras de un mismo mundo. La vida, y nada más. Y vida es la mejor palabra para definir el mercado que encontramos cerca del poblado, frontera con el valle del Omo, y lugar de encuentro de los Konso con etnias cercanas: casi un centenar de personas pasean, se agrupan entre las mercancías colocadas sobre pequeñas telas sobre el suelo, sorgo, miel, cereales, calabazas; entre el vuelo de las coloridas faldas plegadas de las mujeres.


            Entramos en el Valle del Omo propiamente dicho, dirección Turmi. La población local, los gamo, pastorean su ganado, cultivan sorgo, pero la falta de agua ha echado a perder la cosecha. El cartel de una ONG nos da la bienvenida al valle mientras nos recuerda que ninguna mujer africana debe perder la vida al dar a luz, un grave problema entre las etnias del sur. Desde un puente contemplamos una bella escena cotidiana: bajo la luz del atardecer decenas de hombres, mujeres y niños se bañan en un río, lavan la ropa, llenan bidones de plástico de agua…Pronto los niños suben a la carrera para pedirnos cualquier cosa, y entre las risas y el acoso, continuamos nuestro camino hacia Turmi, que será nuestro campamento base los próximos días. Montamos nuestras tiendas y conocemos a Meskerem y Taytu, dos excelentes cocineras, y mejores personas, de Addis, que nos acompañarán por el Omo como una presencia discreta, callada, sonriente y necesaria. Compartir los alimentos de las diferentes tribus del Omo encierra posibles peligros para nuestros estómagos. Se hace de noche y las luces de las tiendas encierran conversaciones. Tumbado sobre mi saco, rociado de antimosquitos, repaso mis apuntes en el diario de viaje, estoy en África y me tiembla la mano al escribir.



KARO
Avanzamos hacia el sur. A unas dos horas desde Turmi, por una pista de tierra condicionada por baches, cauces donde el agua es solo un recuerdo lejano, vegetación seca, pequeñas gacelas, tortugas leopardo y enormes termiteros, localizamos un joven Hamer solitario. Gerardo se emociona, identifica su situación por el corte de pelo (media cabeza rapada y la otra trenzada, separada por una especia de diadema cardada con su propio pelo) y nos explica que se trata de un cherkali, un adolescente que acaba de pasar un rito de iniciación (el salto del toro), y ahora debe demostrar que es capaz de vivir solo durante semanas, alimentándose tan sólo de una vaca y así poder optar al matrimonio. De este primer contacto con los Hamer me sorprende su mirada, dura y orgullosa, y tomo conciencia de que ya he atravesado la frontera, que ante mí hay un camino inimaginable.




Muy cerca, al margen izquierdo del Omo, donde las riberas del río son semiboscosas, habitan los Karo. El poblado más conocido está cerca de Korcho, asentado entre acacias sobre una terraza aluvial, en un fotogénico meandro del río. Sus casas están formadas por estructuras de madera cubiertas con paja y gramíneas. Y en las vasijas de cerámica es fácil reconocer la leche mezclada con sangre de vaca.


Tengo grabado en la mente el momento en que bajo del coche, cámara y libreta en mano, y veo el hermoso meandro del río Omo, rodeado de acacias y las primeras mujeres Karo. Una sensación extraña, mezcla de incredulidad, fascinación, nerviosismo. Parece que es algo escondido del tiempo. Apenas oigo a Gerardo o mis compañeros, solo agarro fuertemente la cámara y observo, de un lado a otro, de arriba abajo. Tengo la sensación de que mis ojos tienen vida propia y no responden a mí. Poco a poco tomo consciencia, pero sin dejar de mirar: cuerpos esbeltos con pinturas corporales hechas con las palmas y dedos de las manos, en cara y pecho (con yeso, carbón y minerales), creando complejos dibujos con líneas blancas (que parecen imitar a cebras); clavos o palitos en los labios, arandelas de mil formas en las orejas, collares y colgantes de cuento. Junto a ello, cualquier elemento es válido, plumas de avestruz, placas de metal, cintas, cuentas de vidrio y plástico de decenas de colores. Las mujeres cubren su cuerpo con vestidos de piel de cabra, dejando al aire brazos y pecho en los que realizan escarificaciones. El fusil Kalashnikov ya forma parte del atuendo de los hombres, de su propio cuerpo (tanto por estética como por necesidad ante la rivalidad con algunas tribus por cuestiones de territorio), junto a las escarificaciones mostradas con orgullo, signo de valor ante otro hombre o animal. Teniendo en cuenta su enemistad con otras etnias como los Mursi, no extraña. Alguno sostiene la urcuna de madera, ya sea como taburete o almohada.



En principio, me dicen, adornan su cuerpo para reflejar su posición social dentro del clan o el poblado. Pero la llegada del turismo, como podremos comprobar con los Mursi, ha alterado en parte esta costumbre. Y una inquietud corre por tu cuerpo pensando si te han visto llegar, o simplemente esperan al faranji, preparados para la ocasión. Prefiero no creerlo, aún se respira en ellos cierta autenticidad, aunque posan porque en ello encuentran un beneficio económico. Es por ello que me cuesta fotografiar, siempre me ha gustado más robar la foto, captar el momento, no la pose. Se me hace incómodo tener que elegir para poder retratarlos. Les observo, no sonríen. Además, la mirada, una mirada que no me invita a fotografiar, aunque lo pida. Huidiza, cansada, hastiada o arrogante. Una mirada orgullosa, sí, pero que me tensa, y me impide mirar a través del objetivo con naturalidad. Pienso que prefiero interactuar, compartir su vida cotidiana, o contemplarla desde el silencio, en un segundo plano. Ver cómo almacenan el sorgo, las alubias y el maíz que cultivan para subsistir, cómo cocinan combinando con la pesca y la recolección de la miel, cómo construyen sus cónicas chozas y pequeños graneros, cómo curten las pieles, cómo convierten las calabazas en recipientes. Pienso y actúo. Así que, con algunos compañeros, me encamino a dar una breve vuelta al poblado, a observar desde la distancia. Intentar entender, poder escribir. Y cambia la perspectiva, lo que antes es pose ahora es naturalidad. Sin la cámara todo cobra vida: manos separando el cereal, encendiendo fuego, adornándose el pelo, dedos que acarician el yeso de un recipiente para maquillar el cuerpo con delicadeza, brazos en tensión acarreando agua, alimentando el ganado. Es la imagen que transmito a mi cuaderno, más nítida que la de la cámara.


Sin embargo, no todo es atractivo. Esta tribu, y otras vecinas, mantiene una tradición antigua atroz: los mingi, niños que según la tradición traen mala suerte a la familia por tener alguna enfermedad, alguna tara fruto de la endogamia, nacer fuera del matrimonio….; han de desaparecer, y se los suele envolver en una piel y arrojarlos al río o abandonarlos en la sabana a merced del calor y los animales. La lucha contra estos comportamientos es complicada, ya sea desde el gobierno o desde las ONG cercanas, porque para ellos es su tradición y su forma de pensar, lo único importante en la vida, lo que les define como tribu.

            Con esas reflexiones en la cabeza, regresamos al camino. Aislados aparecen algunos de los pocos árboles que quedan de las rosas del desierto, como baobabs pequeños con hermosas y efímeras flores de color fucsia. Recojo una para mi diario, frágil, temiendo que no sobreviva al viaje, quizás como muchas de las emociones que esta tierra inmemorial va cargando sobre mis hombros.

HAMER
Comemos en Turmi, en pleno valle y centro de la zona de los Hamer. Turmi, donde hemos colocado nuestras tiendas de campaña, es el campo base para visitar a las tribus del sur del Omo. El pueblo en sí no es muy atractivo, pero es frecuente encontrar algunas mujeres Hamer por aquí, cerca del campamento, donde colocan pequeños puestos de mercadillo, o por las pistas de tierra roja. Algunas te sonríen, otras parecen indicarte con la mirada que lleves a cabo la ley del photo-birr, las más permanecen ajenas a ti concentradas en sus tareas.
Hay algo en ellas que te atrae, que destila cierto misterio. No sé si es la indiferencia a mi presencia cuando nos cruzamos o las imágenes que retengo en mi mente de las lecturas previas al viaje. Esbeltas, coloridas, destacan por escarificaciones y abundante decoración en el pelo y vestimenta. Las mujeres se peinan con pequeñas trenzas, rasurando zonas y formando bolitas untadas con mantequilla o colorantes marrones derivados del barro, que también usan para embadurnar su cuerpo. En su cuello las casadas llevan dos gargantillas metálicas, a las que la primera esposa añade una tercera de cuero con una protuberancia para indicar su papel principal dentro de la poligamia. Otras, las más jóvenes, usan collares de cuentas de colores y conchas, con los pechos al aire y brazaletes en los brazos. Visten con faldas de piel de cabra adornadas con bolitas de colores de plástico, conchas de caurí y ribetes de piezas metálicas, con un corte triangular alargado en punta en la parte trasera asemejando la cola de las gacelas. Es imposible dejar de mirarlas. Junto con el joven cherkali que encontramos antes de visitar los Karo, es nuestro primer contacto con esta etnia que vive al norte del lago Turkana, muy cerca de aquí. Una etnia mítica que, según la tradición oral, fueron los que encendieron el primer fuego. Uno de los iconos de las tribus omóticas. Por eso, cuando nos proponen asistir a una experiencia única con los Hamer, ni lo dudamos.


Es primera hora de la tarde y el sol ciega mi mirada más allá de la ventanilla del 4x4. El camino, si es que se le puede llamar así, no tiene una dirección definida. Lo mismo atraviesa un cauce seco que se interna en pedregales y llanuras secas. Tengo la sensación de que no sabemos donde vamos, o que, quizás, aquello que vamos buscando se entretiene en alejarse, en esconderse, en jugar con nosotros hasta que decida presentarse. Y así parece hacerlo hasta que llegamos a un punto, tras decenas de kilómetros en medio de la nada, en el que se muestra. Voces, tambores, sonidos de cascabeles, y centenares de personas que salen no se sabe de dónde, anuncian que hemos llegado, que aquí es. Pero mi mirada no está preparada para lo que voy a ver, lo que voy a sentir. Uno no puede prepararse ante la devoción y la entrega absoluta a una tradición, a una forma de vida, a una forma de entender el mundo tan ancestral como arraigada en la tierra. Solo puedes intentar no temblar y observar.
Tenemos la suerte de asistir a un acontecimiento fundamental en la vida de los hamer: el ukuli bula, o salto del toro, que marca el paso de la adolescencia a la vida adulta de los hombres. Gracias a él podrá contraer matrimonio. El ukuli es el aspirante, que una vez finalizada la ceremonia se convertirá en cherkali y al pasar unos días en mazha. La ceremonia se realiza en grandes extensiones llanas, apenas cercadas por simples vallas de acacia, para que pueda acudir la familia y poblados cercanos, además de los mazha, chicos que ya han realizado el ritual pero no han formado familia. Estos últimos, vestidos tan solo con una pequeña falda liada en la cintura, se adornan profusamente con brazaletes, collares, plumas, pinturas de colores vivos en el rostro, y portan largas ramas que funcionan de látigos. Pequeñas chozas de madera y hierba seca, y un enorme chamizo de ramas de acacia completan el escenario. Las mujeres de la familia del ukuli, el que va hacer el salto, se engalanan con muchos adornos (pelo impregnado de barro, ocre y manteca, en forma de trenzas o bolitas) y untando su cuerpo de grasa, para que les brille la piel, crean grandes corros para danzar y cantar bajo el sonido de cornetas africanas y pitos. Beben una especie de licor de granos de café y sorgo, muy fuerte, que les enaltece aún más el ánimo. Avanzan en grupo hacia delante, orgullosas, altivas, cantando, y, siguiendo la cadencia de sus voces, en momentos puntuales paran y saltan al unísono, frenéticamente, haciendo sonar una especie de cascabeles que cuelgan de sus tobillos, levantando pequeñas nubes de polvo en cada salto. Un sonido metálico, profundo. Es hipnótico, no puedes dejar de mirar, y algo en ti sigue el sonido, el salto, te atrapa, te lleva.




De vez en cuando divisas al ukuli. Es un chico joven, adolescente, bastante espigado, pero esbelto. Apenas cubre su desnudez con una túnica, y muestra un rostro serio, abstraído, quizás nervioso. Suele desplazarse de un sitio a otro, buscando su sitio o, simplemente, pequeños momentos de tranquilidad ante el acoso de la gente. En un momento dado, mujeres del corro se acercan a un mazha, que espera en la sombra con los hombres, y cantando le piden que les marque con el látigo en su piel como señal de respeto y vinculación con el ukuli y mazha, que en un futuro tendrán que encargarse de ellas en caso de necesidad si las marcan con una escarificación. Aquellos latigazos los unirán para siempre. Por ese motivo, insisten y hasta se lamentan, para que acceda a darles con el látigo. Tiene que dar fe de su resistencia, de su fortaleza ante otras. Es su ofrenda. Si es así, el mazha se levanta y frente a él la mujer da pequeños saltos con la mano derecha levantada, hasta que con el látigo, en un movimiento rápido y limpio, golpea la espalda provocando una herida que al secarse a la intemperie, y por efecto de la grasa y el polvo, creará una escarificación de por vida. El chasquido del latigazo queda grabado en tus oídos. Las espaldas ensangrentadas, las cicatrices abiertas, me impactan de un modo que es difícil explicar. Aturdido, mi cuerpo suda, y no es sólo por efecto del intenso calor. Miro la sangre desconcertado, porque no parecen sentir dolor, sino orgullo, fuerza. Hay algo primario, primitivo, en ello, que entronca con las raíces de esta tierra polvorienta, y que está por encima de mi entendimiento.



Ya al atardecer, cuando el sol empieza a ocultarse, todas las tribus se trasladan a un cerro cercano, es como si se trasladara un poblado entero: los jóvenes corriendo, las mujeres con sus bebés a la espalda, los hombres con sus armas. Allí, los hombres se reúnen mientras las mujeres cantan y danzan alrededor, y desnudan al ukuli que suele llevar el pelo escarpado para la ocasión. Las reses se agrupan, no sin cierta dificultad, una junto a otra formando una fila sobre la que el aspirante tiene que saltar, o mejor dicho correr sobre sus lomos. Esa fila es lo único que le separa de ser adulto. Animado por su pueblo, lo realiza varias veces hasta que lo recorre de forma estable. Así el ukuli pasa a ser un cherkali, como el joven que vimos el día anterior, y durante días su cuerpo se pintará de carbón y mantequilla alimentándose de sangre, leche y miel solo en el bosque; hasta llegar a ser un mazha y tener la opción a casarse.



            La luz del atardecer, anunciando la noche, guía nuestro camino hacia los 4x4. Poco a poco, desaparecen los Hamer, distribuyéndose en las colinas que nos rodean, y quedamos solos. Apenas hablamos, cansados, desbordados, alegres en cierto modo. Difícilmente olvidaremos esta experiencia. Nos espera la cena, el saco, la tienda, y cientos de imágenes en la retina que inundan la noche como estrellas que vigilan nuestro sueño.

Aún con la resaca de los Hamer, recogemos las tiendas y retomamos el camino hacia Jinka. El trayecto es largo así que hacemos una parada en Key Afer, en el mercado de Gako. Siempre me ha gustado visitar los mercados. Como bien dice Gerardo, allí no se está pendiente de la fotografía, ni ellos ni, poco a poco, nosotros. Es un ambiente relajado, cotidiano, así que bajamos de los 4x4 un poco antes de llegar, para entrar andando entre ficus y retazos de sabana, como hace la población local, y no llamar tanto la atención.

La gente camina largas distancias para acceder al mercado, cargando sus mercancías y llevando burros o cabras. Gerardo nos anima a identificar las diferentes etnias que acuden por sus atuendos: Hamer, Banna, Ari.... Ni siquiera todo son puestos, sino más bien pobres mercancías extendidas por el suelo sobre viejos y sucios trozos de tela. Cualquier cosa sirve: cuatro cebollas, un montón de pimientos picantes, verduras mustias, dos calabazas, varios huevos, miel en una lata, mantequilla en vasijas de barro u hojas de banano, sorgo, café, abalorios y utensilios de plástico, cerámica. En un lugar más apartado se encuentra el mercado de ganado, donde agrupan cabras y vacas. A pesar de que es numeroso, y que los puestos se agolpan unos a otros, no se respira la tensión del mercado oriental, del regate, de la discusión del intercambio y la compra-venta. No se busca tanto el beneficio económico como intercambiar o conseguir lo que se necesita para la supervivencia diaria y reforzar los lazos sociales, como han hecho durante cientos de años. Es maravilloso perderse entre el ajetreo, el colorido de los adornos hamer o las faldas y pañuelos Ari, los brazaletes y collares de bisutería, las cuentas de colores, las camisetas con que se cubren las jóvenes hamer, las cabezas medio rasuradas de los Banna...

MALE
Entramos en un valle verde salpicado de suaves colinas, donde habitan los Male agrupados en pequeños poblados en lo alto de las laderas Los que viven en las tierras altas se dedican a la agricultura, a veces en terrazas; mientras que en las tierras bajas la ganadería ocupa la mayor parte de su tiempo. Al hacer un descanso en el trayecto para comer, nos cruzamos con algunas mujeres que aún siguen la costumbre de tatuarse el rostro. Al parecer se dirigen al funeral de una mujer Male, la más anciana de un poblado cercano (103 años) y un joven local nos propone conducirnos hasta allí.
Cuando iniciamos el trekking no somos conscientes de lo que nos vamos a encontrar. La curiosidad y el respeto van alternándose mientras ascendemos por un complicado camino a través de la colina. Nos guía el sonido de unos lejanos tambores, atravesando chozas y terrazas de cultivo. Pronto llegamos a sentir lo que supone la muerte en esta pequeña comunidad. Los tambores no son más que el acompañamiento de algo que en un primer momento no llego a entender bien, casi un centenar de hombres moviéndose al ritmo de la percusión. ¿Cómo celebrar con bailes el dolor?



Cinco tambores, varias formas de expresar el dolor y el respeto. Un grupo de mujeres lloran, casi de forma teatral, como plañideras, casi como arrancaran con su gestualidad el dolor de los familiares para aliviarlo. Pronto se unen a sus aspavientos el baile de los hombres. Se miran en silencio, y con gestos marcan el baile que van a iniciar: manos arriba, saltos, voces profundas y la percusión con sus palmas y los propios cuerpos, marcando el ritmo. El silencio señala las pausas, solo orto por el llanto casi continuo de las mujeres que andan por el camino o custodian la casa donde descansa el cuerpo de la anciana. Se echan tierra sobre la cabeza en su baile frenético. A un lado y a otro, los caminos del dolor. Impresiona y conmueve.
Cerca de la choza fúnebre, el marido de la anciana, con un rostro ajado por el dolor de toda una vida, se lamenta junto a la puerta. Un grupo de mujeres, que antes recorrían llorando el espacio de los hombres, se acercan a él, y empiezan a cantar acompañadas por el toque de calabazas. Al fondo, a poca distancia, se deja secar carne de cabra para el convite ritual, porque viene gente de pueblos cercanos a participar del ceremonial. Y, de nuevo, el grupo de hombres inicia su baile frenético, con un sonido que emana de sus propios cuerpos, más allá de los tambores.


Morir en los Male. Descubres que su mundo espiritual es sincero y complejo. Que necesitan expresar con su cuerpo, y no con las palabras, el dolor y el respeto hacia la muerte de un miembro de la comunidad. Los cantos y las danzas forman parte de ritos ancestrales, que contrastan con las lágrimas silenciosas de la familia. No hay nada de folclórico en lo que contemplamos, ni nada que te haga pensar en que es algo construido para los ojos del extranjero. Se respira autenticidad, vida, curiosamente vida, para celebrar la muerte.
Quizás estas palabras de una canción tradicional etíope den sentido a lo que vivimos “La muerte llega a nosotros de muchas formas. Con nuestros pies andamos por la tierra del chivo, con nuestras manos tocamos el cielo de Dios. Algún día futuro, en el calor del mediodía, seré llevado en hombros a través del pueblo de los muertos. Cuando muera, no me entierren bajo los árboles del bosque, le temo a sus espinas. Cuando muera, no me entierren bajo los árboles del bosque, le temo al agua que gotea. Entiérrenme bajo los grandes árboles umbrosos del mercado. Quiero escuchar los tambores tocando, quiero sentir los pies de los que bailan”.
Al descender por el camino nos cruzamos con aquellos que lentamente acuden al funeral. Emociona que te tomen la mano en un símbolo de respeto. Manos que transmiten la dureza de toda una vida, ásperas; otras suaves, inocentes; sudorosas, tímidas, indiferentes. Compartimos sendero y pésames, compartimos el dolor de una aldea, de un pueblo.

MURSI
Fijamos nuestro nuevo campamento en Jinka, la capital del Omo, entre el río des mismo nombre y el Mago, afluente del anterior. La tierra, entre cauces secos y torrenteras, es capaz de cambiar de color varias veces al día: del rojo, al ocre o amarillo, hasta el verde en las cercanías de Jinka. Es el Parque natural del río Mago. Y entre la sucesión de colores aparecen enormes termiteros, torres de arena apretada ante los que no te puedes resistir sin parar y fotografiarte haciendo el tonto. Todo el mundo que se dirige aquí lo hace principalmente para conocer la tribu de los nómadas Mursi, quizás la más conocida de todas las que habitan en el valle. Documentales, fotografías, películas, han dado fama a una tribu que tiene sin embargo un cierto carácter violento y poco amistoso, sobre todo si andan bebidos. Para reafirmarlo, un control del ejército, poco antes de acceder a sus poblados, te obliga previo pago a subir a un soldado armado a bordo. Tuvimos un problema al final de la visita y constatamos su verdadera función.
Un viejo árbol es nuestra puerta de entrada al poblado. A su sombra dejamos nuestros vehículos, mientras un grupo de hombres de la tribu nos observan con seriedad y cierto hastío. Tras negociar la visita no hace falta ni echar a andar. Un grupo de mujeres nos asaltan. Hemos llegado a primera hora, para evitar el fuerte sol de mediodía y sobre todo la posibilidad de que el alcohol agrave la visita. Pero tan temprana hora les ha pillado sin ataviarse, desayunan tranquilamente. El período de la negociación les da el tiempo necesario. Y ante nuestros ojos desfila lo inimaginable: el plato labial de las mujeres, los aros lobulares, brazaletes metálicos y adornos del cabello con tocados muy originales, en el que prácticamente cualquier objeto, hoja o fruto es susceptible de colocarse en la cabeza. Siglos de rituales prehistóricos de decoración corporal desfilan ante nuestros ojos, y reclaman la fotografía.


Y lo intento, impactado por lo que veo. Lo intento y fotografío. Pero, objetivo en mano, me doy cuento de que no soy Stanley ni Burton, que no es un territorio virgen del mercantilismo y de que la visión de los Mursi, la mía y la suya, no es natural. Me encuentro una mirada seria, torva y fija. Mirada pagada, pose forzada, aunque salga automática. Me doy cuenta que fotografío un estereotipo, que ambos estamos creando. Las capuchas de bolígrafo sustituyen al hueso y la madera en sus orejas y collares. Y los billetes de birr a la escena cotidiana. No hay forma de interactuar más allá de negociar el precio de una foto. Solo acoso, pellizcos, el ofrecimiento para que les elija, y pierdo la seguridad en mí mismo. Nervioso intento apartarme de ese pensamiento y, en ocasiones, prefiero, como Gerardo y algunos compañeros, guardar la cámara y observar su comportamiento ante los objetivos, su acicalamiento, sus vestidos y pinturas, cómo cuidan el ganado, la vida cotidiana dentro de las chozas, o detrás del escenario que han montado para nosotros. Cómo conservan y preparan el sorgo, el maíz, cómo decoran las calabazas y las transforman en recipientes, los sempiternos bidones amarillos en la puerta de los hogares. Es entonces cuando soy consciente del ritual, de la tradición, de su identidad. Y, en esos escasos momentos, no me siento rechazado, no pienso que solo soy dinero, porque intento captar para mí, no para mi cámara, algo de su vida.


Y pregunto, vaya si pregunto, a Gerardo, al guía…Busco saber lo que hay detrás del escenario. Descubro que en los ritos de iniciación a la edad adulta las mujeres sufren una pequeña incisión en el labio inferior y en los lóbulos de las orejas, para insertar pequeños discos de cerámica o madera que irán cambiándose por otros más grandes conforme vaya dilatándose. Lo que impresiona no es tanto verlas con el plato de barro (en principio es un ornamento para celebraciones), sino cuando no lo llevan: el labio colgando de forma antinatural deja a la vista la dentadura, la falta de incisivos y la encía inferior. Hay muchas teorías sobre el por qué de esta costumbre. Se ha argumentado que proviene de un intento por afearlas, para evitar que las secuestraran para venderlas como esclavas en las razzias árabes, aunque hoy en día se cree que es más un símbolo de estatus social e incluso de atractivo. Sea cual sea la razón, forma parte de su identidad. Lo único que importa es lo que se recuerda, lo demás no tiene importancia, no existe. Es la memoria lo que les da sentido.

Los hombres, bastante corpulentos, por el contrario suelen llevar como única vestimenta una manta, y presentan escarificaciones como prueba de valor o pinturas de color blanco de tipo geométrico. De mirada fija, y expresión de pocos amigos, tienen cerca el donga, el bastón tradicional que usan para defenderse o pelearse. En relación al valor es fundamental para ellos una ceremonia en la que se baten en duelo jóvenes solteros con estos bastones de madera, donga, como un paso vital en el ascenso social y de prestigio entre ellos y las jóvenes casaderas.


Después de recorrer el poblado, cansado, te refugias en el coche. Es una sensación extraña. Sientes tristeza por el espectáculo del dinero, pero a la vez respeto, por ser capaces de mantener y defender un modo de vida, una estética y unas tradiciones, por encima de nosotros, de las leyes, del extranjero. Pero los Mursi no acaban aquí, dos jóvenes que regresan al poblado tras sus tareas diarias, cargando dos piezas de carne, se cruzan en nuestro camino. Son altos, fuertes, y con cara de pocos amigos. Paramos, negociamos foto, no es común encontrarlos así, pero al final quisieron más y viene el problema. Sale a relucir su agresividad y amenazan a nuestro guía con piedras. Intentas no asustarte, para eso llevamos un soldado te dices a ti mismo. Pero este pensamiento no me tranquiliza, el soldado asiste sonriendo a la escena. Hasta que crece la tensión y no le queda más remedio que intervenir. Solo el dinero acaba zanjando la cuestión. Partimos deprisa y piensas, mientras fotografías a un grupo de niños desnudos cubiertos únicamente por pintura blanca, que todavía es posible la aventura.



BANNA
Cerca de Key Afar y Jinka se encuentran los Banna. Los Banna se dedican a la ganadería de cabras y ovejas y en origen seguramente formaban parte de los Hamer, con quien comparten muchas tradiciones. De nuevo los azares del camino, del viajero, nos dieron la posibilidad de convivir con ellos, montando las tiendas junto a sus chozas. Estamos entusiasmados, es compartir la vida cotidiana como si estuviéramos casi en la prehistoria, en un tiempo en el que muchas de nuestras preocupaciones y necesidades no existen.


La vida de nómada obliga a que sus chozas no sean muy complejas, sencillas en su construcción, con ramas de acacia y hierbas, y cerca de los pastos. La bondad de esta familia supera cualquier expectativa, partiendo de Dobi, nuestra anfitriona. Están pendientes de ti, te ofrecen sus pieles para sentarte, o te invitan a maíz asado y beber una infusión hecha con cáscaras, parecida al té, en recipientes de calabaza. Eres testigo de cómo limpian las semillas de girasol, cómo encienden el fuego, cuidan de los animales, rodeados de árboles de mango y plantaciones de pimientos. Juegas con el pequeño de la casa, y paseas respirando el aire puro del maizal, de los senderos perdidos de los cultivos al caer el sol. Por la noche, cánticos y bailes en torno al fuego, al que acuden hombres y mujeres de chozas cercanas. Te dejas llevar, y hay momentos en que te sientes uno más, a pesar de la barrera del lenguaje, de la cultura. La canción miso nagaya, que aprendimos esa noche, unió nuestras voces en una misma música. Dice un dicho amárico que se conoce la tierra por el barro, el cielo, por la luna y la gente por sus cantos. El baile, las risas, compartir su bebida tradicional (tella, alcohólica y parecida a la cerveza, a base de sorgo fermentado), fue nuestro lenguaje común, por un momento no hubo diferencias, sin más protección que el cielo. Uno de esos momentos inolvidables que solo se puede vivir en África, en uno de esos lugares auténticos que todavía quedan en el mundo. Un lugar en el que el tiempo parece haberse detenido. Allí, alrededor de una hoguera, en una tierra perdida, sentí y comprendí lo que significa disfrutar de la vida, y cuando esa noche cerré los ojos en mi tienda de campaña, supe que Etiopía me había atrapado, que había sentido el latir de África.
En el mundo Banna, el día comienza cuando los gallos cantan a las cinco de la mañana. Por mucho que te quieras aferrar a tu saco, la vida en las chozas y los compañeros que se van levantando entre intentos de asesinato a los gallos, que huyen despavoridos, te arrastran a salir y saludar al nuevo día. Hay que retomar el camino, y lo hacemos con las pilas cargadas. Nos espera Yabelo.



BORENA
Vamos dejando atrás el Omo en dirección al valle del Rift. Es casi un día de viaje por una pista dura plagada de baches, por lo que nos vemos obligados a hacer frecuentes paradas, entre ellas Konso, donde aprovechamos para comer. El trayecto nos ofrece un paisaje conocido, acacias, termiteros, y los primeros camellos. Es una región seca y calurosa, pero si hay algo que nos llama la atención es la aparición de los Borena. Habitan las tierras del sureste de Etiopía, principalmente pastores de reses y camellos y de carácter seminómada. De tradición musulmana, habitan en chozas que parecen un armazón de ramas entretejidas y techadas con paja y tierra, y sus mujeres se visten con túnicas de vistosos colores que recuerdan a las de Senegal, mientras los hombres llevan pareos anudados en la cintura. En cierto modo se parecen a los Afar, por la dureza del clima y la sequedad de la tierra, pero son menos extremos. No les gusta ser fotografiados y mantenemos las cámaras a cierta distancia. Me impresionan las mujeres, que bajo sus hermosos pañuelos desprenden un aroma a incienso cautivador, extraído de la tierra, de raíces, un aroma que parece llevarte a Yemen, a los puertos árabes del Mar Rojo. Quizás es lo único que les queda de aquellos que les introdujeron la religión hace cientos de años.



Llegamos a Yabelo, una población seca y triste en cierto modo, que ha crecido al ser un cruce de caminos, entre la carretera que lleva al Omo y la que baja desde Addis Abeba hacia la frontera con Kenia. Allí descansamos un par de noches con el objetivo de conocer el hábitat de los Borena.
Seguir sus huellas es transitar por el parque natural de Yabelo, conocido como santuario, lo que te permite observar orix (antílopes endémicos), buitres, camellos. A unos 50 kms al sur, junto a un pequeño y solitario pueblo con una población de marcado carácter musulmán, encuentras el Cráter del Sod, también conocido como Chew Bet o la “Casa de la sal”. Se trata de un lago salino en el fondo de un antiguo cráter volcánico. Apenas hay vegetación, y la oscuridad del lago contrasta con los colores ocres de la ladera que precede al cráter. De sus aguas oscuras se extrae sal desde tiempos inmemoriales. Una vez logras deshacerte del pequeño acoso de la población local por venderte algo, descendemos al interior para llegar al lago por un estrecho camino con un gran desnivel, que serpentea entre piedras, tierra, polvo y burros de carga.

Descender nos regala la oportunidad de observar como un joven Borena extrae la sal del fondo del lago. Entra en el agua con determinación, con un pequeño bañador y un palo largo. Se introduce por sus aguas semienfangadas hasta que considera que hay la suficiente profundidad, y con el palo remueve el fondo para ablandar la tierra, el fango. Entonces, se zambulle para coger todo el barro mezclado con fragmentos de sal cristalizado que quepa entre sus brazos, y sale a la orilla. El sol ilumina el agua, que produce destellos dando a la escena un tinte irreal, onírico, que nos deja sin habla. La recompensa económica contrarresta la dureza del trabajo. Su rostro, cansado pero decidido; el cuerpo fibrado, nos sirve de acicate para introducirnos en el lago. Gerardo, Antonio, Gonzalo y yo nos deshacemos de la ropa y con paso menos decidido tomamos contacto con el agua oscura, aceitosa. Procurando no mojarnos la cara, flotamos como si estuviéramos en el Mar Muerto. Las vistas son increíbles, encerrados en el cráter y acariciados por el sol. Un momento irrepetible, que disfrutamos al máximo, pero no podemos quedarnos mucho rato, el alto nivel de salinidad empieza a mostrar sus efectos y nuestra piel queda blanca por la sal conforme pasan los segundos. Cerca hay una pequeña poza de agua dulce, donde los hombres Borena que extraen la sal se limpian la piel. Acudimos allí, andando descalzos como borrachos sobre las costras salinas ante la sonrisa de los Borena, que contemplan la escena con humor. La subida fue lo más duro, tanto por el desnivel como por el calor (dentro del cráter apenas corre el aire). Una vez arriba, te vuelves, el lago vuelve a ser una mancha oscura que se fija en el horizonte. Y, respirando aún con dificultad, lo inmortalizas en una fotografía.




Pero el camino aún nos tiene preparada una sorpresa, quizás uno de los momentos más emocionantes en este recorrido etíope. Unos cánticos lejanos, en medio de la nada, mientras atravesamos una pista seca y polvorienta, nos hace detenernos. Gerardo baja del coche, nos pide silencio y se emociona, son los pozos cantantes, auténticas voces del agua. A pie, casi corriendo, lo seguimos hacia una rampa escalonada que permanecía oculta a nuestros ojos. Una comitiva de reses, vacas, cabras, va descendiendo lentamente hacia lo que parece un abrevadero. Los pozos o hellas son vitales para los Borena ante un medio ambiente tan adverso, seco y casi desértico. Para proporcionar el acceso al agua a sus rebaños excavan unos pozos escalonadamente a través de terrazas y pequeños niveles hasta alcanzar el nivel freático. En ese momento se pone en funcionamiento auténticas norias o escaleras humanas: en cada nivel dos o tres hombres cogen agua con cubos de plástico y los suben al nivel siguiente en un ritmo marcado por cánticos hipnóticos. Así van remontando el agua hasta el abrevadero donde los animales sacian su sed. Apenas puedo fotografiar, quedo hipnotizado por los cánticos, por la habilidad de los cuerpos que remontan el agua al son de sus voces. Es una música ancestral, profunda, que nace de la propia tierra, del agua, del origen. “Sigue el rumor de los pozos: tu patria está allí donde llueve” cantan los Afar. Y soy consciente de que lo que veo está más allá de la memoria, del tiempo




AWASSA
            Entre Yabelo y Awasa la ruta te regala unas vistas preciosas de cafetales que se encuentran a lo largo de la carretera. Tras una breve parada en Dila para saborear sus sabrosos zumos naturales, ascendemos hacia el norte, tierras que, por la altitud que se gana a cada kilómetro, gozan de mayor fertilidad y mejor clima.
Awasa es la capital de la Región de Naciones, Nacionalidades y Pueblos del Sur. Una ciudad en plena falla del Rift y junto al lago del mismo nombre. Grande y limpia, al estar en altura (1685mts) su temperatura es muy agradable y se ha convertido en un lugar de veraneo para los etíopes, sobre todo los de la capital. El lago a sus pies es el más pequeño del Rift pero para alegría de algunos de mis compañeros, empezando por Gerardo, José, Eduardo y Javier, uno de sus grandes atractivos son las diferentes especies de pájaros (águilas y martín pescador, ave martillo, cigüeñas marabúes, ibis, pelícanos, cormoranes, etc.).


            Dedicamos el tiempo a pasear junto a una zona de juncos que se adentra en las frescas aguas del lago, sereno y silencioso, donde puedes adivinar pequeñas embarcaciones pesqueras y algún pescador robando las últimas horas al día. Una gran diversidad de aves sobrevuela el agua quieta del lago, de un azul claro que se confunde con el cielo. Toda la ciudad parece estar aquí, disfrutando de sus vistas y chiringuitos, así que no puedes evitar hacer lo mismo: tomar una cerveza, riéndonos con los chistes de Gonzalo y Javier, mientras se disfruta del atardecer sobre las aguas tranquilas del lago. Muy cerca, un joven, casi niño, lanza su caña en la orilla mirando concentrado al horizonte. Los últimos rayos de sol iluminan sus manos, y su reflejo en el agua brilla al atardecer. Cuando abandonamos la mesa para dirigirnos a la cena y dormir, es lo último que veo. Ese niño pescador fundido con el color de las aguas del lago queda grabado en mi retina como la imagen que guardaré de Awassa, y me acompaña en el duermevela.



AWASH
Madrugamos y, tras una escala en Adama y Nazraet, nos dirigimos hacia Awash entre campos de ficus. Es un parque natural que tiene el nombre del río, el más largo de Etiopía. Nos rodea una sabana seca salpicada de acacias bajo la atenta mirada del volcán Fantale, que preside la mejor panorámica del parque. Los Afar viven en los alrededores, y es frecuente encontrarlos en sus rutas nómadas, como a leones, enormes tortugas, gacelas y orix. En plena reserva natural acampamos, y hacemos un pequeño safari para observar la fauna en plena sabana. A pesar de no ver ningún gran depredador, hacerlo con Gerardo fue toda una aventura. De él surgió la idea de recorrerlo subidos en el techo del 4x4, de señalar pájaros extrañísimos o tortugas camufladas, de gritar mítico en cada rincón, de pedir velocidad al vehículo…con la suerte de avistar y poder acercarnos a una manada de grandes kudús, hermosos antílopes. Se detiene el vehículo y la manada se queda quieta. Vuelven la mirada hacia nosotros con desconfianza y al bajar del coche se alejan.



El vuelo de las avutardas nos conduce hasta un mirador en el que contemplamos la garganta en que se une el río Awash con el Adar, donde fue descubierta Lucy y los restos de los homínidos más antiguos del planeta. Son millones de años de huellas humanas, de camino. Y con esa idea regresamos a nuestro campamento, en un bosque de ribera, junto al río, en el que hemos fijado nuestras tiendas. Nos acompaña un soldado del ejército, un ranger. Al parecer es necesario por la presencia no solo de cocodrilos sino de leones, que apenas unos meses antes acabaron con la vida de una niña en este mismo sitio. No imagina que va a ser testigo, alrededor de una hoguera, de la complicidad de un grupo que ha pasado de ser viajeros desconocidos a grandes amigos. Unos gins tonics sin hielo de ginebra local, unas ganas locas por reír, bromear, saltar sobre la hoguera, asaltar las tiendas, compartir un poco esas cosas buenas que nos regala la vida. Esa noche sin importancia, es de las mejores que vivo en el camino.


Al amanecer, nuestro campamento es asaltado por monos babuinos hamadrías y colobos, que no dudan en robarnos el desayuno al más mínimo descuido. Y con la adrenalina en el cuerpo nos despedimos del parque accediendo a las cataratas del río, que con rapidez fluye por un lecho poco profundo hasta desplomarse con furia en su garganta. Desde donde nos encontramos se ve como alcanza un salto desde el que cae con fuerza hacia abajo, mientras el barro se agarra a tus botas y el vapor de agua te cala hasta los huesos.



AFAR
Cuando abandonamos el parque dirección Harar tomamos conciencia de que estamos en el hábitat de los Afar, un pueblo nómada que ha generado una fuerte aclimatación a un medio demasiado inhóspito, lo que explica su carácter guerrero y fuerte. Allá donde mires solo ves tierras semidesérticas, un paisaje casi lunar, que se ha convertido en el hogar de esta etnia, que sin conocer fronteras se extiende desde Eritrea a Djibouti, acompañados de su símbolo, los camellos. Durante generaciones, la explotación de la sal ha sido su principal ocupación. Cargando a sus camellos con barras de sal (el “oro blanco”), lo transportaban a todas partes. Musulmanes, con ellos se asocia una antigua costumbre de cortar los genitales al extranjero o el enemigo para dar muestra de su valor. La importancia del guerrero se medía por el número de testículos de enemigos que atesoraban. Al cruzarte con ellos, la dureza de su mirada no te hace dudar sobre la veracidad de esas costumbres. Aún yendo en el 4x4 optas por bajar la cabeza con sumisión y alejarte lentamente.

El camino a Harar, fosilizado en la antigua vía de tren que desde Addis llegaba a Djibouti, presenta tierras resquebrajadas y pedregosas, la misma aridez de cauces secos que protagoniza parte del recorrido por el Omo. La fuerza del sol y una de las peores sequías de las últimas décadas ha echado a perder las cosechas, hecho desaparecer miles de cabezas de ganado y las hambrunas están empezando a ser una realidad. La falta de agua, tanto en el sur como, sobre todo, en el noreste, dibuja una estampa típica en las carreteras: niños y mujeres cargando bidones de plástico kilómetros y kilómetros para asegurar agua a sus hogares. El miedo a que la lluvia no vuelva se dibuja en más de un rostro.

HARAR. Este de Etiopía.
Para llegar a Harar se suceden poblaciones (Hirna), áridas y rojizas montañas al norte, y coloridos mercados musulmanes (Kolubi). El camino se hace más seco y árido por una carretera llena de curvas, y, de vez en cuando, una fértil plantación de café u otra de khat.
Harar, ciudad santa (tras La meca, Medina y Jerusalén), es la huella indeleble de los antiguos sultanatos del Cuerno de África y de los intentos de islamizar Etiopía. Fundada entre el s. VIII y X, en el s. XVI se erigió en el centro del comercio y la religión musulmana en la zona. Un vestigio casi aislado de ciudad-estado que ha sobrevivido a los vaivenes comerciales ante la mirada imperturbable de su mítico mercado. Parte de su leyenda se debe a la historia de dos hombres excepcionales: el explorador Richard Burton, quien en 1854, disfrazado de comerciante árabe, logró traspasar las murallas de la ciudad, que tenía prohibida la entrada a los no musulmanes; y Arthur Rimbaud, el poeta francés, quien en 1880 se asentó en la ciudad como delegado comercial y cuyas cartas y fotografías sobre la ciudad contribuyeron a dotarla de dureza y fascinación. A esa época se debe el baño colonial en algunos de sus edificios y el aura de romanticismo que desprende la ciudad. Pasar por sus cinco puertas de arcos ojivales, ancladas en el tiempo, es imaginar las caravanas que marchaban en busca de los puertos del Mar Rojo o los contingentes militares en guerra con el centro etíope.

Hoy, una puerta nueva, Harar Gate, que permite el paso de los vehículos, es el principal acceso al centro histórico, a la medina. Junto a ella un mercado cristiano, en el que nos sumergimos para oler y tocar el sorgo, el teff, las especias, y las vasijas de barro para el café. Cuando entras en la ciudad vieja (Jegol), no es el recinto amurallado y sus hermosas almenas árabes lo que te sorprende, ni siquiera el casi centenar de mezquitas, tumbas de santones o madrasas. No ofrecen algo que no hayas visto antes o que atrape la retina de tus ojos. Sin embargo, cuando paseas por sus calles y plazuelas laberínticas; por sus encaladas casas de colores brillantes, piedra y adobe, puertas y ventanas de madera tallada; por la estrechez de sus calles como la calle de la Reconciliación (que nos obliga a pasar de uno en uno); por el bullicio de sus múltiples mercados y olores a especias, café, khat y carne cruda; algo te atrapa, te hace sentir que esta ciudad tiene historia, en cada mirada furtiva que te observa tras puertas medio abiertas, en las sonrisas de los niños que salen corriendo a tu encuentro, en las mujeres hararíes con túnicas de variados colores y pañuelos en la cabeza deslizándose en silencio por los callejones, en los hombres que con sus máquinas de coser alzan la vista para observarte (en la calle Markina Girgir, llamada así por el sonido de las máquinas de los costureros). Cuando apartas el ojo del objetivo de la cámara y bajo el sol, en el polvo de sus calles, sientes el espíritu de Harar.


            Un espíritu que revive en sus casas tradicionales, con paredes cubiertas de piezas de cerámica y cestería local, y suelos llenos de alfombras. Perdido entre las estrechas callejuelas se encuentra el centro cultural que presentan como la casa de Rimbaud: un bello edificio en madera y vidrieras de colores de tres pisos que perteneció a un comerciante del s. XIX, y que hoy en día ha sido restaurado para homenajear al poeta maldito francés. Fotos, poemas, y una pequeña biblioteca cumplen esa función, si bien lo que merece la pena son las espectaculares vistas de la ciudad desde las ventanas del tercer y último piso. Quizás, las mismas panorámicas que calmaron el alma inquieta del poeta, el encuentro con la ansiada soledad en la dureza de la vida. Como dice el escritor Paul Theroux “Rimbaud es el patrón de todos nosotros, los viajeros que nos hemos repetido su pregunta incontestable, pronunciada por él por primera vez en Harar: ¿qué estoy haciendo aquí?”.

Más allá de perderse entre sus plazuelas, calles empedradas y callejones, arrancadas al tiempo, uno de los atractivos de la ciudad es la llamada de las hienas, alimentadas por un gebeta (el hombre-hiena) cuando desaparece el sol junto a la Puerta de Sanga. Una tradición centenaria para los hararíes: antiguamente, hienas y leones entraban al anochecer en la ciudad devorando a mendigos e incautos transeúntes, hasta que se les ocurrió la idea de alimentarlas cada noche y evitar así los ataques. A la luz de los faros, aparece un hombre sentado (el hombre hiena) que con un pequeño palo, no demasiado largo, les acerca pedazos de carne, tomados de un cubo repleto de deshechos de carnicerías, llegando a hacerlo incluso con su boca. Su expresión es seria, y de su boca tan solo se escapan agudos silbidos. El silencio se impone. Poco a poco, de la oscuridad ves llegar las hienas, antecedidas por sus ojos brillantes, amarillentos. Enormes cuerpos de pelaje áspero y manchas oscuras. Las dentelladas al atrapar la carne te erizan la piel. Hiena y gebeta se miran fijamente, en una especie de juego visual y de confianza mutua que asusta. Te dejan participar del espectáculo. Nervioso, sigues las instrucciones del gebeta, y temblando el brazo acercas el palo a un animal que parece ignorarte centrado únicamente en el bocado que va a devorar en una rápida dentellada. Y cuando te retiras, noche cerrada, tu gesto de incredulidad tarda en borrarse, de la misma forma en que lentamente desaparecen en la oscuridad, saciado su apetito, las hienas.


Al día siguiente, cuando entro en el 4x4 al atardecer, me despido viendo los minaretes que despuntan en el horizonte, mientras anuncia los últimos rastros de luz. Gonzalo y yo hemos limpiado nuestras botas en la calle que abandona la medina. Los mercados ya hace rato que han dejado su ebullición, y la vida parece concentrarse en la ciudad moderna. Saliendo de ella no dejo de pensar que no he descubierto mucho del misterio y leyenda de Harar. Que el tiempo se acelera, y que una parte de mí necesita más. Quizás regrese, me digo, imaginándome como el aventurero romántico Corto Maltés en el cómic de Las Etiópicas. Y sonrío, casi avergonzado por la comparación, mientras a nuestro paso la pista de tierra levanta una pequeña nube de polvo que difumina la ciudad. Como dijo Rimbaud, tenemos los zapatos con suelas de viento.

DIRE DAWA
            El trayecto a Dire Dawa, nos introduce en el mundo del khat, el oro verde, también denominado “la flor del paraíso” o “regalo de Alá”. Las enormes plantaciones dedicadas a su cultivo reflejan lo extendido que está su consumo entre la población. Los pastores que descansan bajo la sombra de los árboles la mastican en silencio mientras vigilan sus rebaños. Asimilada casi a una droga blanda, al masticarla el líquido amargo que segrega relaja a la vez que estimula la mente y calma el hambre. En Harar y Dire Dawa, su cultivo en terrazas invade toda la zona fértil desplazando cada vez más los cafetales dada su alta rentabilidad (se exporta a diario a Djibouti y Yemen y sur de Arabia, porque se ha de tomar mientras sus hojas estén frescas). A pesar de la alegría de las mujeres que en cuclillas te venden los manojos de hojas verdes, al cruzarte con personas mascando con los ojos perdidos, algunos que te atosigan agarrándote del brazo, y, sobre todo, cuerpos que son todo huesos, tumbados entre el polvo y los deshechos, semicubiertos por algún trozo de tela; no dejas de preguntarte sobre los beneficios del khat.
El mercado Aweday, punto clave en la venta del khat, antes de llegar a Dire Dawa es un reflejo de todo esto: tumulto en las calles, un ir y venir de vendedores y personas ansiosas por tomar su dosis diaria; destartaladas furgonetas, mujeres con hatos, pequeños tugurios apenas iluminados que sirven de estancias de khat.

            Las hojas del paraíso nos conducen hasta Dire Dawa. Es la segunda ciudad de Etiopía y su importancia reside en su cercanía con Djibouti y, por lo tanto, en la tan ansiada salida al mar. La visita es breve, apenas se intuye algún edificio de apariencia colonial entre las nuevas edificaciones, y la centramos en la antigua Estación, parada obligatoria en el mítico tren de Addis-Djibouti; y en el mercado de Asawa, donde las mujeres somalíes y hararíes venden no solo khat sino cualquier cosa imaginable.
            Nos encaminamos a nuestro último destino, la etapa final, por una pista polvorienta, arenosa, sin vegetación salvo matorrales espinosos. Más de doscientos kilómetros transitados por camiones de mercancías y algún afar andando como una figura fantasmal. Prácticamente, nuestro camino sigue la línea del ferrocarril que durante los últimos cien años ha unido Addis Abeba con la capital de Djibouti (y mismo nombre). Unos raíles que ahora aparecen abandonados, como cansados de tanta historia, esperando la llegada del nuevo tren de alta velocidad. Desde la ventanilla del 4x4 intento imaginar cómo sería este trayecto en uno de sus viejos y destartalados vagones, abarrotado de etíopes, afar e issas, sintiendo el sudor en cada uno de los poros en mi piel, durante casi día y medio de trayecto. Hubiera sido una aventura. Una aventura que hoy ya sólo el pasado convertirá en palabras.

DJIBOUTI. El país donde los mapas siempre son viejos.
Tras pasar por fronteras inverosímiles, inventadas por el colonialismo; y las esperas y sin sentidos de la burocracia administrativa (que puedes agilizar con pequeños sobornos como un hato fresco de chat) llegamos a Djibouti, el exótico Territoire français des Afars et des Issas. En el Golfo de Adén y a la entrada del Mar Rojo, este pequeño país, a pesar de las advertencias de Gerardo, escapa de la imaginación.
            Una tierra desértica, seca, volcánica, uno de los lugares más inhóspitos del planeta, donde la geología esta escribiendo el futuro: aquí desemboca la Gran Falla del Rift, el lugar donde colisionan las tres grandes placas tectónicas de la Península Arábiga, Somalia y Etiopía, en continuo movimiento. Por eso es el país donde los mapas siempre son viejos.
            Su origen se vincula con el Reino de Axum y su imperio comercial que controlaba el Mar Rojo, pero la llegada del mundo árabe por dicho mar en el s. VII y la crisis del imperio axumita, trajo consigo la islamización de esta tierra, y con ello de la tribus de los issas y afar que siempre las han habitado. En el reparto colonial del XIX su posición estratégica en la entrada del Mar Rojo llamó la atención de los franceses, que en su interés por contrarrestar la influencia francesa e italiana, consiguió afianzar su presencia aquí (previo pago al sultanato de Tadjoura) hasta su independencia en 1977. Y es eso, su posición estratégica lo que explica su supervivencia como estado y las bases militares francesas y norteamericanas en el territorio. Porque, a primera vista, no hay nada más. Nada, salvo el calor y la desolación en la tierra.



            Pero si hay más, y vamos en su busca: el lago Assal. A más de 50 grados centígrados es difícil distinguir entre la realidad y la imaginación, y el calor no pone las cosas fáciles en una carretera desierta. Un proverbio issa dice que hasta los chacales dejan testamento antes de entrar en Djibouti. El sol te quema en la piel, a penas hay rastro de vida, pero el camino da pequeños respiros: recorrer la Bahía de Goubet Al Kharab (o Golfo de los Demonios), pequeños cráteres ciegos en la costa, fruto de la continua actividad sísmica, que en su espectacular orografía han dado lugar a innumerables leyendas. La más conocida los considera hábitat de demonio, seres rocosos que hacen desaparecer a los incautos que arriesgan la vida al acercarse a sus aguas. De ahí que uno de esos cráteres sea conocido como la Isla del Diablo.

            Poco a poco, se va dibujando la superficie del Lago Assal. Al principio parece una alucinación derivada del calor, pero entre los oscuros campos de lava volcánica que integran la fosa del Danakil va definiéndose su blanca y azulada agua salina. Bahr al Assal (en árabe Mar de Miel) descansa en un antiguo cráter a 157 metros bajo el nivel del mar, el punto más bajo del continente africano. Su salinidad es mayor que la del Mar Muerto así que impulsados por Gerardo nos lanzamos a bañarnos, a flotar en el agua. ¿Cómo no hacerlo? Es algo mítico. Y es en lo que piensas cuando te quitas la ropa bajo un sol insoportable. Los pies te queman cuando avanzas lentamente, intentando no chapotear para evitar el contacto del agua con los ojos. Aún así, unas gotas huidizas logran su objetivo y el escozor en los ojos es insoportable. Pero algo te impulsa a seguir adelante. El entusiasmo de Gerardo, tu propio estímulo. La necesidad de aventura. Y mientras flotas, incapaz de hundirte, logras disfrutar, darte cuenta de que es algo único. Un lago que parece un mar infinito.

            El problema viene después, cuando sales atravesando enormes costras de sal, y la combinación de temperaturas cercanas a los 55 grados, un calor asfixiante y agua salina surte efecto. Mareos, deshidratación, algún desmayo fueron los protagonistas entre los compañeros. Pero los bidones de agua potable para quitarnos la sal, las botellas de agua fresca de las neveras portátiles y los cuidados de nuestra enfermera Anabel salvaron la situación y el pequeño susto ante los ojos sonrientes de los lugareños, vendedores de bolas de sal, acostumbrados a este pequeño espectáculo. Mientras nos ayudan veo en ellos a generaciones y generaciones de trabajadores que de la extracción de sal y su comercialización hicieron su vida. Algún camello aislado en la lejanía es el recuerdo de las caravanas de camellos que durante siglos han transportado la sal en barras hacia Etiopía y el norte de África. Las barras de sal extraídas del lago, denominadas amole, en la antigüedad eran monedas de cambio. Pero hoy todo ha sido sustituido por industria y camiones, y lo que queda es eso, recuerdo.



La desolación en la tierra, en la mirada, guía nuestro camino a Tadjoura, donde pasaremos dos días. Levemente, empieza a soplar el jasim, como llaman aquí al viento ardiente y seco que viene del nordeste. En pleno Golfo de Adén, en medio de la nada, surge la ciudad, la más antigua de Djibouti y heredera de antiguos sultanatos. La herencia queda en su nombre, la Ciudad Blanca de las Siete Mezquitas, y en la arquitectura de algunas casas y el puerto, testigo de siglos de comercio con Yemen y el sur de Asia y de la trata de esclavos y armas en el XVIII y XIX (el propio Rimbaud estuvo por aquí en sus sueños de riqueza). Pero en la llegada no piensas en eso, solo en la ducha, el aire acondicionado de la habitación y la cena. Y descansar, descansar, descansar.


En eso imagino Tadjoura, en nuestro refugio. Del calor, del cansancio, de las emociones de un viaje tan intenso. Un refugio que al día siguiente adquiere la forma del paraíso. Nuestro pequeño hotel da al mar, y en su embarcadero una sencilla barca a motor, en un breve paseo donde admiramos el infinito azul del Mar Rojo y la costa salvaje, nos traslada a la Plage des Sable Blancs. Una aislada playa de, en honor a su nombre, fina arena blanca y aguas azul turquesa. Horas y horas de baño continuado, de snorkel entre increíbles arrecifes de coral, acompañados de peces de colores inimaginables, en el hábitat de los pacíficos tiburones ballena; solo interrumpidos para dirigirnos a comer a una bahía cercana, bajo la sombra de un porche encalado de blanco. El pescado fresco, cocinado en los tradicionales hornos de arena afar, junto a las risas, el buen humor, el baño, convierte esta comida en algo especial. Sentado a la sombra, bebiendo un té de canela a pequeños sorbos, miro a mis compañeros de viaje, ya amigos, algunos bañándose, otros dormitando, charlando, y adivino en su rostro el descanso del buen guerrero. Y me sorprendo a mi mismo con un deje de melancolía, casi de tristeza, echando de menos lo que aún no se ha ido, pensando que quizás todo acaba ahí, o en el día de mañana en la capital. Y sonrío para mí, creo es un buen recuerdo, atrapar esa imagen, esa sensación de amistad, de unión, tras un mes de aventuras.


Un pequeño trekking por la costa, y un último baño, antecede el regreso a Tadjoura. Queremos conocer esta ciudad mítica, puerto de los árabes del mar, escenario de siglos de comercio entre continentes. Atracamos en el puerto, junto a las palmeras, donde respira la vida del pueblo al atardecer: pescadores reparando redes, ancianos jugando a la sombra de un viejo barco encallado, niños jugando al fútbol. Edificios decadentes, barrios marginales de casas encaladas que, escondidos del pueblo y protegidos del sol, muestran la falta de recursos de la población. Colores pastel en las fachadas que en la puesta de sol se difuminan, mientras los niños nos persiguen sonriendo. El rechazo a la fotografía del mundo adulto, que charlan en grupos bajo los aleros de las casas y chabolas, hace que preste más atención a los pequeños detalles: las chicas jóvenes que no llevan velo se hacen en el cabello una filigrana de trenzas, visten con alegres túnicas de colores, rojo, verde, amarillo, y te miran con curiosidad. A pesar de la dureza del clima y la falta de recursos, el prestarle atención al cabello y la ropa es una forma de dignidad. Dice un canto de los afar “llevamos el árbol de la dignidad sobre nuestros hombros”. Una dignidad que queda en mis ojos cuando los cierro en la noche.




Regresamos a la capital para visitarla y coger el avión de regreso. El trayecto hacia Djibouti City atraviesa diferentes coladas volcánicas y el Gran Cañón de Dimbya, que queda reflejado en una enorme cicatriz en la carretera, marcando el punto de choque de las tres placas y uno de los lugares preferidos de los científicos y geólogos de todo el mundo que anticipan la división del continente africano en unos pocos millones de años.

            Visitar Djibouti City no es fácil. Al calor y el cansancio acumulado se une las características de la ciudad. Quizás uno espera la decadencia romántica que, en breves momentos, intuí en Tadjoura, y que algún cómic de Corto Maltés o las referencias a Rimbaud intensifica. Pero no hay mucho de eso, porque tampoco el entorno le ayuda. Con tan solo ciento cincuenta años de vida, es la situación estratégica del país y de su puerto lo que le da vida. La retirada de Francia en 1977 la ha privado de esa vida portuaria y bohemia que los relatos construyeron, y hoy solo las calles del mercado local, con sus caóticos puestos, ancianas y jóvenes parloteando ofreciendo todo tipo de productos, y la calle de las moscas alrededor de la fruta y la carne; los decadentes edificios de influencia colonial de la plaza principal, hogar de cientos de palomas que arrancan al vuelo a nuestro paso; el barrio de vendedores de khat y las mezquitas, salvan la ciudad. Los altos precios por la cerveza, tan necesaria ante el asfixiante calor, y los cansados regateos por las compras de algún souvenir, tampoco ayuda, pese al oasis en que se convierten los restaurantes y su refrigeración; y aún menos la espera y los controles a los que nos somete la policía para poder entrar al aeropuerto.


            Dentro, el aire acondicionado y el wifi nos dispersa. Es lógico, el tiempo sin hablar con familia y amigos lo exige. Pero no estoy preparado para el regreso, y esa conexión vía wassap me lo recuerda. Veo el rostro de mis compañeros de viaje, ya amigos, grandes amigos, concentrados en escribir con dedos rápidos en los teclados de sus móviles. Y en ese rostro dibujo mil y una anécdotas. Cada movimiento, cada gesto, cada mirada de reojo y coincidente, me lleva a una historia que aún tengo que escribir. No puedo evitar que vaya creciendo una cierta tristeza, una sensación de despedida anticipada (aún quedan dos vuelos y casi un día de viaje de regreso). Me conozco, estoy a nada de que las lágrimas evidencien lo sensiblero que soy, así que me levanto y entro en la pequeña tienda de la sala de embarque. Tabaco, souvenirs, telas, camisetas, alcohol, lo de siempre. Y entre todo ello, una pequeña pila de libros en francés. Los descoloco y me fijo en uno de ellos, Abdourahman Waberi, un poeta de Djibouti. No sé quién es pero algo me impulsa a pasar páginas. Nunca he hablado francés pero lo leo, con limitaciones, desde mis estudios universitarios. Un poema me llama la atención por su título: El viento calígrafo. Al leerlo, la emoción que reprimo se desborda, sin saber muy bien por qué, en la soledad de la pequeña tienda de la sala de embarque. Le hago una foto para conseguir la traducción al llegar a casa: Pincel en mano el viento dibuja paisajes de palabras, montañas esculpidas, llanuras de sombras, enclaves de horizontes. El calígrafo cosquillea los surcos inflamados del desierto, con un bastoncillo de tinta delicada. No podía imaginar que ese poema sería mi despedida de Djibouti y de Etiopía, la despedida de mis compañeros unas horas después en otro aeropuerto, español, un viento calígrafo a la espera de que las palabras en mi diario dibujaran los surcos de este viaje a una tierra de origen. Para comprenderlo, para recordarlo, para que encuentre su sitio en mí.


Michel Leiris escribía en 1932: “Esto es Abisinia, y aquí está uno más lejos, incluso, que en el otro mundo”. Han pasado semanas, y aún me resulta difícil explicar, asumir, tantas emociones de un viaje que jamás tuvo pasos rutinarios, sin sentido. Intento volver a recorrer en mis palabras esta tierra, donde se confunde fe y nación, la herencia de un pasado que sigue vivo. Un orgullo que se revela en cada rostro y en la nobleza de su mirada. Gente primigenia y culturas a punto de desaparecer. Con el tiempo, cuando los nombres y las rutas se diluyan en mi memoria, será eso lo que seguirá vivo en mi recuerdo: su mirada infinita, su sonrisa, su pasado y su futuro, su dignidad; su naturaleza, su olor a tierra mojada, a fuego, a especias en el norte; su clima árido y seco en el sur, paisajes muertos pero bellos; el calor y el sol implacable de Djibouti. Los amigos que allí creé y, espero, sigan cruzando sus caminos conmigo, nómadas que pasamos la vida en busca del cielo.
Si buscas el corazón de África, en Etiopía sientes su latido. Pero no puedes ir buscando algo, solo intentar vivir experiencias y sentir el país, entrar en un mundo diferente. Al fin y al cabo, la realidad solo existe si la soñamos. Hay viajes que se enquistan en la retina y el corazón, que te sobrepasan. Viajes de los que nunca se vuelve. Y creo que aún no sé explicar lo que he sentido, pero sí que tengo la necesidad de volver. Y recuerdo esos ojos de aquella mañana en el coche, los ojos con los que viví uno de los viajes más intensos de mi vida. Los ojos de Etiopía.

ÁLVARO


13 comentarios:

  1. Hago una pequeña escapada a tu blog, solo para echar un vistazo me prometo, porque no dispongo de mucho tiempo en este momento pero inmediatamente quedo atrapada por tus palabras y no tengo mas remedio que dejarme arrastrar y sumergirme de nuevo en Etiopia. Gracias Álvaro, de corazón, por dejarnos compartir contigo pais, viaje y sentimientos

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  2. Sentí una envidia sana enorme cuando supe que viajabas a Etiopía. Siempre he dicho que antes de morirme tengo que viajar al corazón de África (particularmente a sus pulmones, y ver a los gorilas de montaña). Pero, inmediatamente supe que, con tu relato, iba a poder experimentar todas esas sensaciones antes de mi partida. Gracias una vez más Álvaro.

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  3. Alvaro,compañero de viaje, que decir...... Si me has dejado sin palabras. Muchas gracias por hacerme revivir tantas emociones de esos 25 maravillosos dias en Etiopia

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  4. Además de ser un gran compañero de viaje eres un pedazo de escritor.me ha gustado mucho leerme del tirón toda la entrada.Estoy muy contento que Etiopía te haya hecho sentir, de eso se trata un verdadero viaje,no solo de mirar.Y gracias por escribirlo,es un recuerdo inmortal para todos los que no tenemos esa habilidad con el "pincel en mano".

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    1. Como siempre, Álvaro, gracias por compartir tus viajes por medio de estos magníficos relatos. Que Viaje tan apasionante, que fotos tan bonitas, me llaman mucho la atención los ojos de los niños, el colorido de sus ropas, el brillo de su piel. Un relato que me ha transportado a Etiopia. Un fuerte abrazo amigo.
      Pepe

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  5. Al enfrentar un viaje siempre hay un tiempo previo en el que te documentas, lees, buscas información,... Es una forma de empezar a viajar antes de salir siquiera. Así duplicas el placer del encuentro con esos otros paisajes y gentes que luego serán tu hogar por algún tiempo.
    Pero Álvaro nos ha permitido triplicar la experiencia del viaje con su tan documentado como emocionado relato. Si su lectura ha de provocar con toda seguridad en el lector el deseo de visitar la Etiopía que describe Álvaro, para quienes disfrutamos de su compañía en aquel magnífico país, la bitácora nos produce el placer indescriptible de los buenos recuerdos. Y si, como afirmaba Llamazares en su inolvidable "Lluvia amarilla", el paisaje no es sino memoria, ahora, para nosotros, la memoria es albergue ya de aquellos paisajes y hospedaje de los paisanajes con los que compartimos las duras y hermosas tierras entre el Omo y el Mar Rojo. Gracias, Alvaro, por permitirnos el lujo de este tercer viaje.

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  6. Muchas gracias Álvaro por compartir tu experiencia desde el punto de vista de un gran historiador, educador y persona que eres. Me quedo en Simien a la espera de tener el tiempo suficiente para poder avanzar en la lectura. Ojalá hubieran más faranji como tu que "miran" los lugares y saben recoger lo que otros sólo alcanzamos a "ver".

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    1. Ayer me quedé con ganas de seguir leyendote Alvaro. Por fin he podido hacerlo hasta el final. Bufff, ahora entiendo cuando me decías a tu vuelta que éste había sido el viaje mas intenso que habías hecho. Gracias otra vez por compartirlo, con todos los pormenores del viaje, me quedo con la descripción de tus sensaciones. Me siento muy afortunada de conocerte y poder imaginar qué significan esas sensaciones. Un fuerte abrazo y por muchos viajes mas como éste.

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  7. Jooo, yo también he hecho ese viaje! Todavía no me he atrevido con las fotos, pero leer esta gran prosa hace deba ponerme a revisar mis fotos.... Cómo se nota que eras el que llevaba ese magnífico diario de piel y atado... Eso denotaba... Nivelazo ;)
    En fin, impresionante haberte conocido como persona y compañero de viaje! Un placer es poco! Qué ganAs de coincidir en otro! Y si alguien me copia Perdona? Quiero un copyright!

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  8. Qué decir.. que ahora entiendo muchas cosas, que no sé explicar lo que se siente al leerte, el compartir sentimientos, el tener la sensación de haber estado allí, en cada lugar; tu uso del adjetivo intenso cada vez que hablas de este viaje, aventura; o mejor dicho, sueño.
    Lo he empezado, confieso, pensando en leerlo poco a poco, en varias veces, porque me apetecía hacerlo ya; y no esperar a que el tiempo, las obligaciones o el madrugón de mañana; me lo permitieran; pero ya lo intuía, lo iba a leer del tirón, no iba a poder parar; y me alegro, ¿sabes qué? el madrugón, ya me importa poco. Como dice Serrat, prefiero hacer a pensar; y eso, hago, mejor dicho, siento; siento que he vivido como un cuento, una historia, un sueño; que he viajado en distancia, en tiempo, en sonrisas, también en miradas, en semblantes duros, en naturaleza pura, animales salvajes, costumbres, ritos, leyendas; que se escapan de eso, del tiempo; es que yo no sé como lo haces, como puedes expresar tanto solo con palabras. Me ha encantado, me ha emocionado; cada paisaje, cada descripción, cada explicación, cada anécdota, cada cita, cada sensación; me he reído mucho con tu baile espontáneo en el Torpido, he pasado miedo con los mursi o en el lago Chamo, he sentido ternura con la humildad de los que tienen poco y todo lo dan, respeto ante otros, la clase en Lalibela, la alegría con los niños dorze, la magia con los borena, el calor axfisiante en lago Assal, hasta la tristeza de la despedida con el poema francés; he temblado sintiendo que era África, que hayas estado allí, que nos permitas acompañarte a lugares desconocidos hasta hace un momento para mi;y que existen; aquí y ahora, mientras a otros nos ha tocado otra vida, otras preocupaciones, otra realidad; que hayas viajado a un lugar tan diferente, parece que a otra epoca, a esa tierra de origen; que cumplas sueños de niño; eso, y todo, es mágico; tú lo haces mágico...qué más decir, si se me acumula todo en el latido mudo de mi corazón; y también tiemblo porque me emocionas mucho, siempre lo haces, me repito, no sé como pero lo haces ; y ya entiendo la palabra intenso; la mirada de ese niño de ojos enormes; y me alegro, no imaginas cuanto de tus experiencias, de como las vives, de ver tu alegría, tu sonrisa limpia, la misma que veo en ti desde que te conozco; en tus fotos; por cierto, también impresionantes todas; me quedo con las de niños, aunque es debilidad, porque cada paisaje, cada rostro quemado, cada momento plasmado deslumbra.
    Gracias Álvaro, una vez más por compartir tanto, y enhorabuena por ese don que no parece de este mundo.

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  9. Leo tu relato y los comentarios de los que te acompañaron y me emociona. Transmites imágenes, hechos y vivencias con precisión de cirujano y, como tal, consigues abrir el alma del que te lee. Gracias por tus relatos, Álvaro.

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  10. Una vez más, viajo contigo sin despegarme de tus renglones. Relato que late desde lo más profundo de tu corazón, latido africano que siempre sentirás muy cerca y que espero seguir escuchando contigo. África engancha como tus palabras, emociona como tus relatos y te arrasa con su cálida mirada. Inquietante historia que atrae al refugio de ébano tallado por quienes han sobrevivido al tiempo. Escenario que dibujas con trazo tembloroso, decorado que avivas de intensas emociones y rendida caigo al calor de tus palabras. Gracias de nuevo amigo por tan buen sabor africano, gracias por el color que amanece cuando mezclas el negro y el blanco.

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  11. Precioso Álvaro, ¡eres un libro abierto! Ya no me hace falta ir a Etiopía 😀. Pero podemos quedar a tomarnos unos tej🍷.Las fotos lo dicen todo, miento si te digo que me lo he leído todo🙊,le he dado con el dedico a pasar alguna hojica. Prometo leerlo en cuanto me dejen mis criaturas. Ah, y voy a mandar la foto del colegio de Liebala(¿era así?)a la Consejería para pedir una ratio así 😁. O me pido concurso de traslados para allá. Lo dicho, que me enrollo. Un texto completiiiiisimo, no hay rincón que no hayas descrito fijo. Y de nuevo te pido que al próximo me lleves contigo porfi😉. Tu Mónica que te quiere.

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