miércoles, 18 de diciembre de 2013

Tu nombre, Loles



“Regreso al tiempo aquel y estás allí,
horas inciertas del amor, tan frágiles,
que contienen el mundo y son eternas…
Luego otra vez camino hasta este día,
y no vienes conmigo.”
Eloy Sánchez Rosillo

            Nunca imaginé buscar palabras para mantener tu nombre cerca. Siempre pensé que crecerías junto a mí, porque formabas parte de aquello que construye a uno mismo: los primeros pasos, las primeras sonrisas, las primeras palabras para definir lo que suponía hacerse mayor. Y entre tantas primeras veces, nunca imaginé buscar la palabra que borrara de mi alma el adiós último, la despedida, el sueño inacabado de vernos madurar juntos, de despedirnos juntos. Nunca imaginé pensar en mí sin ti.
            Y en esa búsqueda me he sentado de nuevo, para volver a sentir tu risa, tus ojos preguntándome por mis viajes, por las clases, por los proyectos de futuro. Me he sentado de nuevo para volver a sentir mas allá del tiempo nuestras primeras veces: juegos y disfraces, oír música bajo las camas, los paseos por la glorieta, las pipas en los bancos del paseo, las meriendas y la piscina en casa de tu abuelita, estudiar en el balcón, las charlas interminables en el sofá frente al televisor, tu bajar las escaleras para tocar el timbre de mi casa, llegar de todo para contarnos todo…Me he sentado de nuevo para sentirte otra vez, y enfadarme con el mundo por llevarte cuando dabas vida. Me he sentado de nuevo para cerrar los ojos, y pensar en lo que te debo, para que no te robe el tiempo.
Ahora, en diciembre, en este día en que cada año hablaba contigo, pienso, como Blaistein, en las cosas que no sucederán, pienso en las cosas que nos dijimos, en aquellas que no llegaron a decirse; pienso en que ya no soy yo, sino tan sólo una parte. Pienso en los últimos 37 años, en una hermana, en la mejor amiga, en tu nombre. Pienso en que ya no oigo pasar la vida, y en que no me importa crecer en este mundo en el que el tiempo es ya tan sólo arena. Y, como Dulce Chacón, ahora susurro tu nombre, ahora que tu sueño se ha quebrado, y no sabemos muy bien cuándo, ni por qué, ni hacia dónde. Susurro tu nombre para que sea un mañana pronunciarlo, hambriento de ti, callado de ti. Susurro tu nombre, tu nombre, Loles, tu nombre lleno de ti. Y sigo sin encontrar las palabras…
            ÁLVARO



martes, 27 de agosto de 2013

LOS PLIEGUES DE LA TIERRA




A mis compañeros de expedición, Aida, David, Esperanza, Fernando,
Manón y José, Charo López, Mª Luisa, Mar, Ana Uriz, Charo Rodríguez,
Ana Iturrioz, Vicen, Rafa, Juan de Eland, y nuestro guía Manu,
por acompañarme en el cielo.
Y regresar, para poder contar historias.

Existe un lugar donde las palabras de los seres humanos no tienen significado,
Existe un desierto donde solo una mirada revela los secretos de esta vida,
y todo lo que existió antes de ella.
Existe una montaña que es un brillante sendero hacia un desconocido mundo,
en el que su luz y calor se unen en tus ojos.
Existe un río cuyo antiguo discurrir te conduce a la eternidad,
y cada despertar es el inicio de otro sueño.
Existe un templo en una tierra lejana en el que los dioses no se ven,no se oyen,
y sólo se idolatran tus pensamientos en un silencio atemporal.
Y yo sé de quienes caminan a través de esta tierra plegada arrodillándose ante el suelo que los conduce al cielo, con sus sueños, sus promesas y esperanzas.
Vienen con lo que son, y con lo que nunca serán, sabiendo que vienen a casa.
Y a esos viajeros, Ladakh les da lo que es, lo que existe.

Prabir Purkayastha.

     ¡Julley!, me giro y alguien me sonríe bajo unos ojos desmesuradamente abiertos. Devuelvo esa sonrisa sin nombre con una mirada agradecida. Una sonrisa ante la curiosidad del viajero. Pienso que sólo una palabra parece bastar para formar parte de Ladakh: julley. A través de ella, contemplé Ladakh, a la sombra del Himalaya, sus montañas, sus monasterios perdidos en cimas de gran altitud, sus valles y senderos, huella de un intercambio de milenios. A través de ella, de un saludo y agradecimiento, existí.
     Esta es la historia de un viaje, de una sonrisa, de un regreso a las montañas. Y no podría hablar de las montañas sin esa sonrisa, sin esa palabra, sin las miradas cómplices. Una sonrisa sin nombre que habita en mi memoria. Dice Martín Garzo que una vida puede fracasar sino encuentra quien la sepa vivir, sino encuentra quien sabe mirar a su alrededor sin haber perdido aún el gusto por el prodigio y la aventura de vivir. Gracias a la búsqueda del prodigio, de los pliegues y la historia de la tierra, de un grupo de compañeros que miraban la vida a través de los ojos de la geología, viví esta historia.

     La vida iba nuevamente más allá de un sueño cumplido: sentir el techo del mundo, sentir Ladakh. Un reino perdido en la altura en que se contemplan los Himalayas, más allá de la India del Ganges, de los sharis de colores y la pobreza que abruma. Un reino, que reflejado en el espejo del cielo, es Tíbet, y que a los pies de Nepal tiñe de blanco el horizonte en un sendero de cimas inalcanzables. Un reino de mil nombres, y todos uno: la tierra de los pasos de montaña, la tierra de los lamas, la tierra de nieve, la tierra lunar, pequeño Tíbet, el shangri-la perdido...
     Un antiguo reino al que la historia le ha llevado a formar parte del estado indio de Jammu y Cachemira, donde pervive la civilización tibetana del Alto Himalaya (por encima de los 3.500mts), donde pervive Lhasa. Un reino que conoció el mundo gracias a la Ruta de la Seda, encrucijada de caravanas de nómadas tibetanos, comerciantes chinos y artesanos de Cachemira, erigiéndose como el caravansai más alto del mundo. Un territorio anclado en el tiempo que se abrió a occidente en el último cuarto del siglo XX, para iniciar una lucha constante entre modernidad y tradición, al convertirse en el reclamo de todos aquellos que aman tanto la paz y aventura de la montaña como la espiritualidad del misticismo budista. Quizás, los mismos deseos y ansias de cualquier ser humano que llegara hasta allí desde hace siglos. Un territorio de fe, de deseo y de esperanza, en definitiva.
     A pesar de todo lo que había leído y conocía, iniciaba un camino que me iba a deparar sorpresas, que me iba a dejar sin palabras, en el que intentaría borrar de mí cualquier etiqueta para conocer, sentir, una cultura, sus habitantes. Pensé que así me sentiría a mi mismo, o aprendería a prescindir de mí, a conocerme un poco más en el silencio. Iniciaba un camino del que sólo sabía a ciencia cierta su primera etapa: Nueva Delhi.


     India. Al bajar del avión sentimos la humedad y un olor característico difícil de definir, amargo, picante, dulce. Caos, calor y humedad asfixiante, claxon, motos, locura de coches, camiones y autocares, su presencia continua borraría la sensación de peligro. Pese al aturdimiento, tras una ducha reparadora en un hotel sacado de un catálogo de lujo asiático, un grupo de aventureros decidimos lanzarnos a las calles de Delhi: avenidas extensas, arquitectura funcional y gris salpicada por bellos templos hindúes, poca vegetación y un asfalto que poco a poco empieza a dominarlo todo. Y a sus gentes: color, miradas penetrantes, miseria, castas, personas y perros tirados por los suelos, miles de rostros que convergían en parques, esquinas... Y a los rickshaws, enclenques taxis convertidos en carromatos tirados por una bicicleta o una moto, que fueron nuestra salvación ante la deshidratación que suponía andar bajo un sol y humedad implacables. Montados cuatro en un habitáculo destinado a dos nos dedicamos a visitar la Tumba de Humayun, hermosa huella de la civilización mogol y arquitectura persa, donde la arenisca roja pugna con el mármol blanco para anteceder al Taj Mahal; pasear por sus jardines y parques y alcanzar la fundacional Puerta de la India, que simboliza su nacimiento como estado independiente, y el corazón porticado de Connaught Place. La lluvia que nos asaltó no sólo refrescó el ambiente, sino que al empaparnos, en cierto modo, nos purificó del caos y la aglomeración.
   De madrugada nos dirigimos al aeropuerto, para coger el avión a nuestro verdadero destino, las montañas de Ladakh. Sobrevolamos la cordillera del Himalaya, a más de diez mil pies de altura, un impresionante altiplano árido plegado de cimas nevadas, que, sobre las montañas, parecían limar el cielo. Emocionado, sentía la vida comenzar de nuevo.
     En un gran descenso casi vertical, aterrizamos en una minúscula pista del que denominan el aeropuerto más alto del mundo. Todo era opuesto a Delhi, desde estar rodeado de imponentes montañas a una temperatura mucho más baja que nos obligó a buscar una manga adicional. En la región habitada más elevada del mundo quedaba clara la presencia militar, por el conflicto con la vecina Pakistán, con la que se disputa la zona de Cachemira.; y muy pronto se empezaron a notar los primeros síntomas del famoso “mal de altura”, del que te informaba como prevenirlo un gran cartel en el pequeño aeropuerto. Aún así, un cielo azul de un claro intenso y diáfano por la falta de contaminación, nos daba la bienvenida.
     Una carretera en construcción (aperitivo de lo que nos esperaba las siguientes semanas) nos llevo en poco tiempo a Leh, pasando por una hermosa Puerta de entrada construida en arquitectura oriental. Una puerta que recordaba que Leh fue paso esencial en la gran ruta comercial que unía Punjab con Asia Central. Una ciudad encerrada en un valle lunar y abrazada por montañas. Nos encontrábamos a 3700 metros de altura, y el mal de altura empezó a actuar. Habría que seguir las recomendaciones: reposo las primeras 36 horas y beber líquidos para hidratarse como mejor forma de combatirlo.
     Nos instalamos en un pequeño pero céntrico hotel en Leh, dónde descansar y recuperar fuerzas ante la debilidad. Pero ni cortos ni perezosos, algunos salimos a callejear por las céntricas calles comerciales de Leh, salpicados de colores y edificios de adobe a medio construir, curiosear por los mercados tibetanos bajo mantas de yak y delicadas pashminas, observar a lo lejos el gran Stok Kangri con sus impresionantes 6.150 metros de altura (dentro de la cordillera de Zanskar), la blanca Shanti Stupa (símbolo del budismo ladakhi), caminar junto a mochileros de todas las nacionalidades del mundo y, por la tarde, ascender a la colina a cuya sombra crecía la ciudad.
     Encaramado en lo más alto de la colina de Tsemo en cuyos pies se extiende Leh, se erigía el fuerte de Namgyal Tsemo y el gran Palacio Real (Lhachen Palkhar), iconos de la ciudad y vestigio del poder del antiguo reino. Se alzaban como torre vigía de sus habitantes, presencia omnipresente desde donde mires, símbolo de la unión entre cielo y tierra que encarna la propia Ladakh. Un pequeño sendero de tierra y polvo, arena y rocas, serpenteante entre las callejuelas detrás de la mezquita en el camino que asciende al palacio real, nos permitió llegar. Una auténtica prueba de fuego y locura ante el mal de altura, que nos obligaba a recuperar el aliento cada poco, pero que sirvió para mejorar nuestra aclimatación. Decenas de banderas votivas, las lhungsta, que dispersaban oraciones budistas por el cielo, a cualquier confín de la tierra, nos recibieron. No pude evitar la sensación de que, conforme ascendía entre dunas rampantes, escalaba en la historia. En la cima, al atardecer, decidimos descansar en silencio, observando las cordilleras del Himalaya y Zanskar, bajo las banderas votivas, construyendo el inicio de nuestra propia oración que en los días siguientes desplegaríamos por sus senderos.


     Al descender, entre mani y chortens tibetanos y llamadas a la oración de las mezquitas, descubrimos en pleno centro comercial (Main Bazaar Road) y cerca del hotel, la Dzomsa, una pequeña tienda donde vendían productos ecológicos, un surtido espléndido de albaricoques secos y agua potabilizada, depurada por ellos mismos para, trayendo tu botella, rellenarla y así disminuir los residuos plásticos. Un ejemplo de la gran conciencia ecológica de estos habitantes (green Ladakh) que no sólo respetan sino valoran su medio ambiente, gracias a la cultura budista y a sus propias tradiciones. Un pueblo solidario como medio para progresar en un entorno duro y hostil.
     Al ponerse el sol, y descender la temperatura, la ciudad empezó a desaparecer. Los cortes de luz, y la aparición de las velas y las linternas por calles que empezaban a quedar desiertas, me hicieron pensar que Leh era una ciudad encantada, que se deshacía por las noches y se construía cada mañana. Una ciudad encantada que se convertiría en nuestra base de operaciones, aquél lugar al que regresar tras expediciones por las carreteras más altas del mundo a los monasterios y pasos de montaña, a las maravillas geológicas y los valles y lagos glaciares. Cualquier dirección, este-oeste-norte-sur era idónea para maravillarse, con Leh como perfecto centro geográfico, como puerta del Tíbet y del Himalaya.
     A la mañana siguiente, y a modo de un sherpa extraído de cualquier leyenda de montaña, conocimos a Skarma y su equipo de expediciones. No sólo se encargaron de gestionar los permisos y la logística para la expedición sino que, día a día, a golpe de sonrisa, se convirtieron en elementos indispensables de nuestro viaje: guías, referentes, amigos, una llave que abría cualquier cerradura, que resolvía cualquier problema.
     Nos vimos inmersos en el paisaje de Ladakh, una aridez inmensa provocada por la barrera que el Himalaya le impone al monzón, que se veía moteada por la presencia de valles fluviales del río Indo que teñían de verde los colores terrosos primigenios. Y, junto a ello, un rosario de estupas, templos y monasterios. Una tierra en destrucción y construcción, desde el punto de vista geológico y humano. Como dijo nuestra compañera Espe, no era de extrañar que la diosa Shiva fuera propia de parte de estas tierras.
     Dirigiéndonos a los monasterios de Thiksey y Hemis por las grandes terrazas fluviales del valle del Indo, descubrimos que aquí las distancias no son lo que parecen, cualquier trayecto se puede perder en el tiempo. En cada recodo encontrabas peculiares señalizaciones de seguridad vial como “Don’t be a Gamma in the land of Lama” (antiguo refrán), “Every day is the Earth Day” o “Don’t be the silly in the hilly”. Las reparaciones eran constantes, y necesarias. La naturaleza se apoderaba de las carreteras, que acababan sepultadas por los desprendimientos y sumergidas bajo cascadas de agua, consecuencia de inviernos largos y duros. En nuestro todoterreno teníamos una pequeña figura de Buda bajo el retrovisor, un elemento de protección que, visto lo visto, no era nada desdeñable. Por ello, el tiempo se había de olvidar, y lo mejor era dejarse llevar, entre los saltos de los obstáculos de las carreteras (derrumbamientos, grandes tramos sin asfaltar, baches, ríos, animales, precipicios increíbles) haciendo lo que mejor podías: perderte en el paisaje, descubrir nuevas advertencias de tráfico, imaginar, dormir, fotografiar o intentar escribir.
     El camino también me enseñó que, acompañado de geólogos, cualquier trayecto es un descubrimiento: depósitos de molasas (o molonas), zonas de sutura, morfología fluvial, glaciar, deslizamientos, cabalgamientos, fuentes termales, depósitos de sedimentos, dunas eólicas, fallas…Fue toda una experiencia contemplar su entusiasmo ante la geología del Himalaya, cómo seguían las explicaciones de Manu, cómo tomaban nota y dibujaban o recogían muestras, cómo debatían y analizaban un paisaje que poco a poco adquiría otra lectura para mí, aprendiendo a leer en las montañas, en sus pliegues y valles, la historia de la Tierra.

     Decía Tagore que, cual si fueran anhelos de la tierra, los árboles se ponen de puntillas para asomarse al cielo. Y cerca del cielo, asomándose a él, encontramos los monasterios. En una de las antiguas disciplinas del budismo se creía que el sonido de cada sílaba de una palabra correspondía a una divinidad, y que éstas adquirían formas al ser pronunciadas, como si se tratara de magia o un estado de posesión de los sentidos. Por ello, los monasterios no son sólo un templo, sino un conjunto de edificaciones con simbología propia dirigida a preparar el paso hacia la iluminación y el Nirvana, con lo que, independientemente de aquéllos que hubieras visto, siempre había algún elemento que te sorprendía o intrigaba. En Hemis, hábitat del famoso leopardo de las nieves, el monasterio se encontraba en la cima de una pequeña colina entre montañas de 3700 metros de altura, con un bello patio central de madera pintada que daba paso a una impresionante representación de diez metros de Guru Padmasambhava, “el nacido del loto”, introductor del budismo en el Tíbet en el s. VIII. Thiksay recordaba el Potala de Lhasa, situado en un promontorio rocoso con impresionantes vistas del valle. Contemplar sus doce plantas, revocadas de blanco y rojo en sucesivas terrazas, los 15 metros dorados del Buda, decena de templos y chortens, cortaba la respiración. Pero, sobre todo, observar a los monjes budistas, muchos de ellos niños que correteaban y jugaban por los rincones del monasterio; o a una niña acabando su desayuno mientras entraba despacio la luz por la ventana en la cocina.


       Los monjes, mirando en silencio los valles y las montañas, parecían recordar el triste éxodo de los tibetanos a través del Himalaya tras la invasión china. Los templos, las ruedas de oración (khorten), las máscaras de los demonios de la mente, todo resultaba remoto y desconocido para quienes sólo habíamos imaginado aquellas grandes cumbres. De ser anterior al conocimiento. A pesar de mi experiencia en Nepal, me sentía extraño, como ajeno a un lugar al que parece que le vas a arrebatar el silencio y la paz con tus pasos descalzos.

     Al día siguiente, bajo un vasto cielo despejado, salimos hacia Khalse por el Indo, en un trayecto que obligó a múltiples paradas para analizar la unión del Zanskar con el Indo, terrazas fluviales y deslizamientos. En palabras de Roy, el territorio de Leh parecía un lugar primigenio, como en el mismo día de la creación. En los pliegues del terreno se veía el rastro del desplazamiento de los continentes: cómo se desgajaba de África la península del Indostán, cómo chocaba contra Asia, con cósmico estruendo, y cómo hacía emerger el Himalaya del fondo del océano a causa de la tremenda colisión. Si dirigías tu vista a la cordillera de Zanskar, intuías su formación por capas de sedimento provenientes del fondo oceánico, y cómo la cordillera o batolito de Ladakh, entre las colosales cordilleras del Karakorum y el Himalaya, afloraba del granito nacido del gran calentamiento generado por el choque entre las dos placas (Indostán y Asia). La zona de sutura entre las dos placas discurría al sur del valle del Indo, creciendo en altura mientras que el agua, el viento y el movimiento de los glaciares continúan hoy día configurando el paisaje que vemos. Una lección viviente, real, de la historia de la tierra.


     En esta tierra, donde empieza y acaba el cielo, llegamos a Tingmosgan, antigua capital del bajo Ladakh a más de tres mil metros de altura, en el corazón de un verde valle fluvial. Comimos la que sería nuestra dieta habitual en los días de montaña: un huevo duro, una patata asada, un sándwich, una chocolatina, una pieza de fruta y un zumo; y mientras mis compañeros se encaminaron a un trekking para analizar granitos y una serie metamórfica, opté por conocer la aldea y ascender a su alto promontorio, en cuya cima se encontraba el monasterio y restos de una muralla. Al llegar, una anciana se apiadó de mí y me abrió el templo mientras rezaba sus mantras. Descendiendo, por un camino de cabras poco transitado, me sentía como si no existiera nada ni nadie, salvo mi propia respiración y mis piernas cansadas.
     En la aldea, bajo los árboles, fui testigo de la llegada de niños pequeños de un colegio cercano. Gritos de niños son los montes, que levantan sus brazos porque quieren estrellas, decía Tagore. Un joven holandés que los acompañaba me explicó el voluntariado para turistas extranjeros, senderistas o montañeros, que quisieran dedicar un tiempo de su viaje a enseñar a los niños ladakhies a aprender a leer y escribir, en remotas escuelas. Me pasó la dirección dónde localizar las escuelas y ofrecerse como voluntario, mientras señalaba el lema de la escuela del pueblo: education is the creation of sound mind in a sound boy, a journey of a thousand milies begins with a simple step. Me emocioné, y esa noche me quedé durmiendo pensando que algún día debería volver para ayudar a esas escuelas.


    Tras despertar, nos esperaba el valle de Yapola y el Monasterio de Lamayuru, el más antiguo de Ladakh y uno de los más impresionantes de toda la región, protegido por altas montañas nevadas. Esta tierra lunar nos proporcionaría una nueva clase de geología: gigantes estratos sedimentarios cabalgaban, uno sobre otro, mostrando los erosiones causadas por las glaciaciones cuaternarias, y, en medio, la carretera ascendiendo por encima de los 4000 metros, con frecuentes controles militares donde era indispensable tener siempre a mano el pasaporte.
     La leyenda más conocida de los habitantes de Lamayuru decía que un gran lago ocupaba el fondo del valle donde actualmente se encuentra el monasterio. Madyamika, que era un seguidor de Buda, llegó volando, aterrizando en una pequeña isla que existía en medio del lago y extendiendo los brazos profetizó: “llegará un día en que, exactamente aquí, se erigirá un gran monasterio”. Acto seguido sembró unos granos de trigo en ofrenda, y con sus poderes abrió una brecha profunda en la montaña que se llevó las aguas del lago permitiendo así que los pastores nómadas se instalaran allí para cultivar tierras fértiles en una región previamente inhóspita. Así nació el monasterio más antiguo de Ladakh, que recibió el nombre de “tierra de la libertad”, Tharpa Ling, porque en el pasado buscaban refugio espiritual y arrepentimiento los delincuentes y criminales del reino. Imbuidos de historia, que no todo iba a ser geología, iniciamos un trekking a Wanla, con una ascensión que casi agotó nuestras fuerzas, y un descenso por un cañón que nos premió con un baño de pies en el Yapola.


      Conseguimos continuar hasta Alchi, donde visitamos los monasterios del mismo nombre y Likir. Alchi nos sorprendió por sus hermosas pinturas que se remontaban al primer budismo ladakhi, siglos XI y XII, con un arte diferente al tibetano y gran influencia del estilo de Ghandara, una antigua provincia del norte de la India ahora en territorio de Pakistán. Un importante lugar de contacto entre Oriente y Occidente, con un estilo artístico propio, mezcla del ideario budista y el arte griego, al ser paso de caravanas de la ruta de la Seda. Likir, del s. XV, te recibía con una estatua gigante de Buda, de 23 metros de altura. Se construyó en el lugar exacto en el que, según la mitología local, descansan los cuerpos de dos grandes reyes Naga (dragones semidioses que vigilaban el curso de los ríos en la mitología hindú); que yacen formando un círculo, razón por la cual el territorio se denomina Lukyil o Likir, que significa “círculo de los espíritus del agua”. En ambos, las ofrendas de mantequilla roídas por los ratones; las pinturas murales que se desconchaban y deshacían por la humedad y el paso del tiempo; las pequeñas lámparas de aceite que prendían las llamas que expresaban el anhelo de visión, de conocimiento, de protección, iluminando de forma tenue las estancias; te daba la sensación de que allí, en la montaña, empieza y termina todo.
     Los días pasaban sin un fin, y tras un breve retorno a Leh, nos encaminamos al Valle de Nubra. Abierto a Occidente sólo desde 1994, para llegar a él debías atravesar el paso de montaña de Khardong-La (5.400m), el más alto del mundo. Un paso al cielo. La falta de oxígeno empezó a jugar malas pasadas a algún compañero, por lo que tuvimos que marcharnos rápidamente, pero los breves minutos que estuvimos allí, rodeados de motos, banderas votivas, fotografías rápidas en las señalizaciones, me conmovieron tremendamente, sentí rozar el cielo ante los ojos entusiasmados de cientos de montañistas, comerciantes, militares, guías, nómadas. Todos queríamos guardar este momento, respirando el poco aire que entraba en nuestros pulmones, buscando un lugar en el que dar un giro sobre nosotros mismos para abrazar el cielo, como en la cima del mundo. Sentirte de la montaña.


     Bajar era toda una experiencia, mientras te debilitas por la emoción y el mal de altura, atrapado en las mil y un curvas de una carretera pedregosa y rodeado por la impresionante cordillera del Karakorum. El valle estába atravesado por el río Shyok, y conectaba con Kashgar en la ruta de la Seda. Con un poco de suerte, podías ver el Saser Kangri, la cota más alta de Ladakh (7.023 m.). El Nubra se une a Shyok cerca de Diskit y fluye hacia el norte para finalmente convertirse en una parte del Indo. Como estos dos ríos, el pueblo y su historia también fluye en paralelo, manteniendo sus identidades: el valle de Nubra es sobre todo budista salpicado de pueblos musulmanes y el Shyok es sobre todo musulmán salpicado de pueblos budistas. Monasterios, chortens y mezquitas destacaban la síntesis cultural de tierras paralelas.
     Dormimos en Tigger, una pequeña aldea junto al río Nubra, que nos ofreció una representación de danzas tradicionales de mujeres del pueblo. Ataviadas con sus trajes típicos: goncha de lana con fajas de colores, una capa de piel de oveja y botas de fieltro, así como los gorros típicos de piel de cordero denominados peraks, adornados con líneas de turquesas, sobre un cabello recogido en pequeñas trenzas; iniciaron el baile. Las bailarinas se colocaron en un semicírculo, y acompañadas por los instrumentos tradicionales (surnas instrumento de viento típico muy parecido al oboe, y tambor), bailaron con pequeños pasos, siguiendo la cadencia del ritmo de la música. Cada paso en la danza parecía tener un significado propio. Bailaron y cantaron, alrededor de un fuego unificador, tanto para nosotros como para ellos, ensalzando el camino de la vida, el de los pequeños gestos y grandes pasos, el de la cercanía más allá de razas y culturas.
    Con el aroma del fuego, los ecos del tambor y una improvisada clase de historia de España, pasó la noche que nos dio la fuerza necesaria para afrontar al día siguiente el trekking sobre cornisas rocosas hacia Ensa. Las rutas las fijaron con seguridad tanto nómadas como comerciantes, por lo que cada paso era observar huellas de la historia. En cada ruta añadíamos una piedra a los pequeños amontonamientos del camino (the-gor); era lo que se solía hacer para dar gracias por haber llegado hasta allí y poder continuar nuestro camino. En Ensa coincidimos con el Festival de las Flores, y, mientras esperaba la llegada de mis compañeros, conseguí entrar en la estancia en que las mujeres se vestían con sus ropas tradicionales para ejecutar nuevas danzas. La delicadeza de los gestos, las miradas furtivas a la cámara, las sonrisas al cruzar las miradas, el frágil ritual del vestir, las manos entrelazadas al ceñir las telas de mil colores, la suavidad al colocar los adornos que salpicaban los vestidos como las flores en los prados en primavera… faltan palabras, sólo se necesitaba respirar. Y eso, a veces, es suficiente.


     La presencia del Himalaya se notaba en sus rostros castigados por la altura, de piel agrietada y oscura, adaptados a la altitud, con cabello azabache y ojos muy rasgados, en niños de expresión radiante que correteaban por las montañas. En sus rostros había arrugas de viento, sol y nieve. Tranquilidad, bondad, saber vivir con poco, espiritualidad. Contaba Juan Luís Salcedo que hasta hace pocos años no lavaban nunca la ropa, por lo que enseguida adquiría un tono oscuro. Una vez al año, al principio del verano, existía un día señalado para lavarse, tirar la ropa que se había llevado durante todo el año y ponerse ropa nueva. Era un día de fiesta, ya que no sólo cambiaba la ropa de color, también cambiaba el de las personas, abandonando los rostros el tono marrón oscuro de la suciedad, grasa y hollín, para pasar a lucir unas mejillas sonrosadas. Pese al arbitrio de la geopolítica, eran tan tibetanos como los ciudadanos de Lhasa, y tan de la montaña como la cima al cielo.
     Avanzamos en una carretera ascendente hacia una empinada cima rocosa junto a un abismo vertical, donde se situaba el Monasterio de Deskit. Con 700 años de antigüedad estaba dedicado a Maha Kaal, en cuya representación encontramos restos del cuerpo de un joven guerrero mongol. Según los lugareños, un demonio mongol se alojó aquí, y a pesar de ser asesinado se creyó que volvería por su cuerpo, por lo que su cabeza surcada y su mano se ofreció a Buda. Dejándolo atrás, entre los pastos verdes de la vega del río y protegido por los acantilados del valle, nos sorprendimos encontrando un territorio de dunas de arena. En este desierto eólico con vegetación de oasis, podías montar en camellos de doble joroba, herederos de los que se usaban para las caravanas de la ruta de la Seda. Quise alejarme hacia una gran duna solitaria, y me sorprendí buscando las huellas de los camellos en la arena, de los comerciantes, de la gente de la montaña, de mis propios pasos, y recordé esa hermosa definición de poesía que nos enseñó Martín Garzo: mucha gente no sabe que la poesía no está en el mundo enfático de las grandes declaraciones y los grandes gestos, sino en las huellas casi imperceptibles que sobre la arena del tiempo dejan los cuerpos que amamos. Y en estas dunas formadas por la arena de tiempos inmemoriales, de la propia génesis de la tierra, quise abrazar desde el pensamiento a la gente que quiero. Y el tiempo se paró, dejó de ser arena.


      Dormimos en una pequeña pensión con unas vistas espectaculares al valle, bañados por una preciosa luna que anunciaba su plenitud para el día siguiente, contando chistes sobre asturianos, gallegos y catalanes y aprendiendo de estrellas gracias a Rafa. Fue hermoso contemplar la noche en el valle, con un cielo estrellado como nunca se ve en occidente. A menudo los días tienden a suceder en el pasado, sin embargo, la noche tiende a amar sobre todo a aquellos que construyen su casa en el presente. Las palabras de Lanseros hablaban de nosotros mismos, hablaban de cómo en dos semanas habíamos construido un presente juntos, en el descubrimiento, en los pasos del trekking, en las conversaciones interminables al anochecer. El tipo de vínculo que la noche tiende a amar, y que quisimos trascender a los días y las distancias.


     En el nuevo retorno a Leh atravesamos otro paso de montaña, el Agla-La (5200 m), por un trayecto muy poco transitado, vadeando afluentes, zonas verdes de pastoreo para rebaños de yaks, huidizas marmotas y unos paisajes increíbles en las antípodas de la tierra lunar. Casi en la cota del paso observamos a monjes recogiendo hierbas medicinales. Era la arqueología de las montañas, la que habla de sus gentes, de susurros, del planeo de águilas, del pacer de los yaks…En Leh, tras la ansiada ducha, buceamos hasta el anochecer en plena festividad de la luna llena entre los mercadillos tibetanos, aventurándonos entre casas de adobe que se amontonaban en filas sucesivas, casi desplomándose; entre tiendas con postigo de madera y fabricantes, artesanos, comerciantes que te sonrían al pronunciar if you happy, me happy.

     Al día siguiente iniciamos el largo camino hacia los lagos, a través del río de la luna, el Chandar, y cruzando otro paso de montaña, Namshang La (4970m). Se trataba del territorio de Changthang, la zona de más altitud dejando de lado las cordilleras, por encima de los 5000 metros. Un altiplano habitado por los nómadas, bordeando Tíbet y China, donde se podía encontrar fauna salvaje e impresionantes lagos a gran altura, como Pangong Tso (Tso significa lago), Tso Moriri o Tso Kar. A medio camino, nos detuvimos a comer en un prado verde donde se había instalado un poblado nómada. Quedamos atrapados por los juegos de los niños y por un estilo de vida autosuficiente. Era fácil imaginar a estos pueblos de montaña contando sus secretos a los campos, escondiendo en ellos sus recuerdos, sus certezas, su memoria; en montañas que velaban su sueño. Estoy seguro que en ese momento, ante las sonrisas de los niños y los gestos amables de sus mayores, más allá de la dureza y la pobreza de su día a día, alguno pensamos en ser nómada, haciendo de nuestra experiencia rumor de montañas. Aunque, quizás, muchos ya lo éramos, pero regresando a nosotros mismos, en el presente más allá del tiempo, más allá de donde camináramos. El viaje lleva en su seno ese regreso a uno mismo.

     Tras una breve parada en el Lago Kyooasgar, donde Manu nos aleccionó sobre depósitos y geomorfología lacustre, llegamos a nuestro primer destino: Tso Moriri, un lago del que del reflejo de sus aguas se alzaban pendientes de nieve hacia el cielo azul. Poseía un pueblo Korzok, con población nómada asentada, y un pequeño monasterio. Entramos en el pueblo con las últimas luces del día y llegamos al campamento, prácticamente de noche, observando el cielo estrellado, teniéndolo tan cerca, casi tocándolo. Pero estar a cinco mil metros de altitud también tiene sus inconvenientes, como dormir en una tienda de campaña a casi bajo cero en la que me despertaba cada media hora con la sensación de falta de aire. Y como a las cinco amanece en el Himalaya, Aida y yo marchamos a la orilla del lago a sentir la caricia del agua sobre la arena y las pequeñas piedras, mientras que el sol que ascendía bañaba nuestro rostro. La vida se iniciaba de nuevo, y con ella nuestro camino. Antes de salir fuimos testigos de la llegada de las tribus nómadas, changpa, al monasterio. Se dirigían a una festividad en el templo, por eso algunos venían rezando con sus instrumentos de meditación (pequeños manikhor, molinillos de oración). Unos niños, de sonrisa y ojos enormes, se acercaron rápidamente a nosotros y nuestro compañero David aprovechó la oportunidad para repartir bolígrafos de colores que había traído como regalo. Nos escribieron en inglés las palabras que habían aprendido en escuelas remotas. Aún conservo el pedazo de papel con el dibujo de una flor bajo la palabra sunflower. En el pequeño monasterio se oía a los monjes tocando las trompas (raktung), con un sonido antiguo, ronco; el sonido de campanas ceremoniales que acompañan las plegarias, los mantras recitados. Ese sonido ancestral parecía indicarnos que había llegado el momento en que nos convertíamos en una persona de las montañas: alguien que sólo se sentía en paz cuando la tierra se elevaba y caía una y otra vez como las olas del mar.


     El camino, entre marmotas, águilas y cuervos y un nuevo paso (Polokongka-La, 4970m), nos llevó hasta Tso Kar, cuyas aguas eran más verdes en su tonalidad, y saladas. También poseía un pequeño pueblo, Thukje, con un monasterio. Tras una noche de lluvia y nieve, amanecimos en un despertar blanco. Las montañas que rodeaban el lago aparecían nevadas y tras la tienda nos esperaba una alfombra blanca que poco a poco fue deshaciéndose con los primeros rayos de sol. Manón nos dirigió en ejercicios de estiramiento que se convirtieron en una costumbre antes de desayunar. Todo invitaba a cabalgar por sus cimas, y nos lanzamos a un trekking de duro ascenso. Cada repecho que subíamos pensando que sería el último nos quitaba la razón, y comprobábamos que más allá había una punta más elevada. Así que, tras horas de ascenso, convertimos un collado en nuestra cima, a más de cinco mil metros. Descansé en el improvisado altar de oraciones al viento que creamos la avanzadilla, y miré con tranquilidad el lago a mis pies y las montañas que me rodeaban. Respiré profundamente e intenté no olvidar el momento, porque este era el sentido de mi viaje, la paz y comunión con la naturaleza. Como dijo Matthiessen en El leopardo de las nieves, “la intensidad del silencio en este lugar es una señal de que aquí los seres humanos están fuera de lugar”. Un lugar sin geografía. Un lugar, en palabras de Amos Oz, donde el aire suave transformaba completamente todos los sonidos. Ni siquiera el grito más terrible rompía el silencio sino que, cómo decirlo, se unía a él.


     Tras un descenso incluso más duro por pedregales de pendiente casi vertical, conseguimos llegar al campamento. Después de una cena tibetana con una sopa de verduras que revivió nuestros cuerpos, poco más quedaba por hacer en la fría noche del Himalaya, salvo una animada tertulia sobre viajes, cine, familia. Nos encontrábamos acampados a más de cuatro mil trescientos metros de altitud y las noches eran el silencio pleno. Tan sólo unas pequeñas hogueras que quemaban excrementos de yak fueron testigos de nuestro sueño.
      El último regreso a Leh fue por el segundo paso más alto del mundo, el Tanglang-La (5328 metros), atravesando chortens perdidos en valles, en cuyas laderas verticales cabras salvajes desafiaban la gravedad, y dejando atrás los campos que, regadas por el agua canalizada del río, daban vida y pastos a esta dura tierra. Nos esperaba un regalo final, un rafting en la confluencia de los ríos Indo y Zanskar. El Indo nace en el sagrado Kailás y desemboca en el Mar Arábigo después de recorrer más de 3.500 kilómetros. Recibe el nombre ladakhi de Sengge Kabab, “el que huye de la venganza del león”, ya que, según narra una tradición popular, sus aguas nacen de la boca de un león. El agua fría no era nada comparado con el paisaje espectacular a ambos lados de la ribera del río y nuestras risas cuando la fuerza de los rápidos nos empapaba de agua completamente. En los tramos tranquilos, nos dejábamos llevar por el lento fluir de sus aguas, poco importaba el sol que ardía en nuestra piel. Introducir el remo en el agua terrosa parecía un gesto casi místico, pues cada onda que producíamos era un recuerdo de la historia que sus aguas han contemplado durante milenios, desde el albor de la civilización.


     Cuenta Roy que en las montañas el cielo se halla circunscrito. Todo su fluido azul cabe en la palma de una mano, cuyos dedos son las montañas que nos rodean. Saber que teníamos que dejar ese cielo, las montañas, nos convenció de organizar una cena de despedida con nuestros guías, Skarma y su equipo, quienes nos dijeron adiós colocándonos la tradicional cata, ese trozo de tela pálida que sirve para dar la bienvenida, pero que en este momento adquirió valor de amistad, de protección en nuestro nuevo viaje. El regreso a Delhi quedó teñido de tristeza, por abandonar los amigos, las montañas, la claridad del cielo, la cercanía de los tibetanos, el silencio… y preveer el caos, el ruido, el ajetreo y la humedad del próximo destino. Pero todo forma parte del camino, y con las mochilas (físicas y emocionales) a rebosar, nos encaminamos al avión rumbo a Delhi y Agra.
     No hay, en ninguna parte del mundo, una realidad fácil de entender. Y bajo esa perspectiva había que conocer Agra, una ciudad que conectaba dos extremos: el impacto y el asombro, el sonrojo y la tristeza. Maraña de callejas. Niños pequeños que juegan entre montones de escombros compartiendo espacio con bueyes y vacas que devoran todo tipo de basura. Niños en cuyos ojos se adivinan sueños, quizás sueños más sencillos que los nuestros, pero más reales. La magnificencia del Fuerte Rojo. Calles que forman laberintos, entre suciedad, desagües, colores de sharis, perros con lepra tirados por el suelo, ancianos desvalidos tumbados en maderas entre los escombros, un peluquero pelando a un niño bajo la atenta mirada de su madre, una vida que discurre ajena a nuestra percepción de la pobreza y miseria. La India cruda, la antigua India que se destila en cada barraca olvidada del mundo.


     Detrás de la niebla, el caos y la basura, sorprende encontrar el Taj Mahal escondido en el corazón de Agra. Mentiría si dijera que no estaba excitado, con una ilusión tremenda por ver, por tocar con mis manos, un edificio que no sólo es huella de historia y arte, sino emblema de mis sueños de infancia, de lo exótico que representaba la India y Oriente en mi educación literaria y cinematográfica. Por sus muros paseaban en mi imaginación Emilio Salgari, Las cuatro plumas de Mason, E. M. Foster, Beau Geste, Lord Jim de Conrad, Errol Flynn, Peter O’Toole, Gary Cooper… Con los dedos toqué su perfección, su poesía hecha arte, rocé cada filigrana que formaban flores de una pureza lejana, y regresé a mi infancia, donde los sueños podían hacerse realidad. Como ahora, en ese roce tembloroso de mis dedos.


     Desde el muro perimetral, junto a los minaretes, descansamos observando el río y los miles de personas de todos los rincones de la India y el mundo que caminan sobre el mármol. Dicen que las vacas en India rumian todo lo que sobra, incluso el tiempo, y eso es lo que nos faltaba, tiempo. Tiempo para asumir, tiempo para retener, tiempo para pensar, imaginar. Y, sobre todo, tiempo para despedir, en silencio.

     El cielo que me contempló en las montañas, y acarició mi rostro en cada ascenso; el rumor de los rezos que serenó mi espíritu en monasterios perdidos; y las miradas de los ladakhies que me sonrieron el alma, es ya una historia. Pero no es fácil llenar el silencio con palabras. Cuando llegue el invierno y todo quede sepultado por la nieve y el hielo, mientras se retrasa el mundo, posadas sobre la arena y las piedras del Himalaya, reposarán mis sueños, allí, donde encontraron cobijo.
    Con el paso de los días ya no quedará huella de mis pasos, ya no se harán eco mis palabras en los valles, ya no se sentirá mi respiración al subir las montañas, pero allí seguirá real, humilde, Ladakh. Y, con ella, la parte de mi mismo que descubrí en su seno, en el silencio. Y así la recordaré, recordaré los senderos, los pliegues de la tierra, acariciado por el viento, cerrando los ojos ante la imagen de una sonrisa sin nombre que me diga: ¡Julley!. Y serán montañas lo que mis palabras pongan en tu nombre.
ÁLVARO


viernes, 11 de enero de 2013

Roque Baños: músico de sueños



Dentro de las actividades del Festival Internacional de Cine de Cartagena, tuve el privilegio de presentar a Roque Baños en un Curso/Master Class de Bandas Sonoras. Esta fue la presentación que leí. Gracias de todo corazón a Cristina Roca por darme la oportunidad.


            Como los sueños, más allá
de la idea del tiempo,
hechos sueños de sueño os llevo.

Porque sueño y recuerdo
tienen fuerza para obligar la vida,
aunque sean no más que un límite imposible
Gil de Biedma


Martín Garzo dice que hablar de cine es, sobre todo, hablar de sueños. Porque en sus salas se esconden nuestros pensamientos, nuestros recuerdos, el tiempo ausente, nuestra vida. De ahí que el poder del cine sea devolvernos en sus imágenes todo lo que creímos perder.
            Por ello, no es fácil hablar de cine para mí. Porque nada es más difícil que hablar de lo que amamos, de nuestros sueños. Cuando aprendes a mirar la vida, sin embargo, necesitas comprenderla, y, en ocasiones, expresarte. Y es en ese momento cuando valoras más que nunca las palabras, las imágenes, y la música. Afirmaba Lytton Strachey que la tarea del arte no es comprender, sino iluminar. Ningún arte cumple mejor ese precepto que el cine. Y, por eso, de todas las artes, la que más me emociona es, precisamente, el cine, porque aúna imágenes, palabras y música para no sólo comprender mi vida, sino también, iluminarla.
            Y de iluminar bien sabe, y mucho, Roque Baños, una persona que se dedica a armonizar música con imagen, aquello que no se ve y se quiere contar. Por ello, la música de cine es mucho más que un mero acompañamiento sonoro de la imagen, es la música de nuestros sueños. En este sentido, no sería descabellado denominar a Roque Baños como músico de sueños.
            Hoy en día muy poca gente puede concebir una película sin una banda sonora, y aunque algunos directores minusvaloraron este elemento cinematográfico (“No me gusta la música de las películas, detesto ver a un hombre en el desierto muriéndose de sed con la orquesta de Filadelfia detrás de él” comentó John Ford), afortunadamente, la gran mayoría no han dudado en utilizarlo (incluido el propio Ford) para darle un mayor sentido al cine. José Nieto, otro gran genio español de la música de cine, al recoger el premio Nacional de Cinematografía decía: “los compositores de música para el cine no somos sino los continuadores de aquellos que, desde los orígenes de nuestra civilización pusieron su música al servicio del arte de contar historias, historias en forma de mitos y leyendas que daban cuerpo a creencias religiosas, historias en formas de cuento, de comedia o de tragedia, para proyectar hacia el espectador la risa, la ternura, el llanto, el miedo… la emoción en definitiva. En este sentido, sin la música, el cine como espectáculo hubiese dido imposible”.
            A pesar de las dificultades de presupuesto, el desinterés de algunos directores y productores, compositores como Roque Baños continúan esa maravillosa tarea de narrar historias, de terminar de dar sentido a un plano o una película a través no sólo de la ambientación, sino sobre todo de la sugerencia y la expresión, de dar voz. Porque Roque, como bien lo denominó Alex de la Iglesia, es la voz del cine español. Un hombre que ha dado voz a nuestros sueños, que ha puesto música a muchas de las mejores obras cinematográficas de los últimos años en nuestro país. Un hombre al que acompaña la versatilidad, la humildad, el genio, la honestidad. Y que como buen músico de sueños, de narrador de historias, consigue que cualquier espectador, aún sin imágenes, se emocione al escuchar su música. Eso es arte, eso es luz.


Pero para iluminar hay que aprender a mirar la vida con otros ojos, y esta es una lección que Roque demostró conocer desde sus inicios. Siendo niño vivió influenciado por la música ya que su padre era saxofonista. Por ello, poco a poco, los días llegaron y fueron lo que prometieron ser. De su Jumilla natal y Murcia, donde estudió en el Conservatorio Superior de Música (consiguiendo el Premio Fin de Grado de Solfeo y Matrícula de Honor en Saxofón) pasó a Madrid (en el Real Conservatorio de Música, obteniendo el Premio Fin de Carrera en las titulaciones de Saxofón, Piano, Armonía, Fuga, Contrapunto, Composición e Instrumentación y Dirección de Orquesta); y acabó completando sus estudios en Estados Unidos, donde se especializa en composición de música para cine y en Jazz, gracias a una beca del Ministerio de Cultura para ampliación de estudios en el extranjero. Se graduó “Summa Cum Laude” en el Berklee College of Music de Boston en las especialidades de composición para música de películas e interpretación de Jazz, en un tiempo récord de dos años.
Gracias a su formación en Berklee, centro por donde han pasado figuras de la composición tan reconocidas como Howard Shore, afianza una pasión por la música de cine y la composición, que arranca desde su adolescencia, donde, como él mismo reconoce, “la música era una voz interior tan fuerte que no pude aplacar, sino todo lo contrario, me esforcé al máximo para hacer ese sueño realidad, a pesar de que los muros que tuviese que sortear fuesen demasiado altos.”.
De regreso a España, entra de lleno en el mundo del cortometraje, componiendo la música de tres cortos: “Arañazos” de Pedro Barbero, “Andeo” de Luís Vallés, y “Lisa” de Carlos Pullet. El salto a los largometrajes y a la pantalla grande vino de la mano del pianista Polo Ortí, un amigo conocido en Berklee, quien se encargó de presentar a Roque al actor Gabino Diego, el cual impresionado por sus composiciones lo promociona con el director Emilio Martínez Lázaro, con el que acababa de rodar la película “Los peores años de nuestra vida”.
Este contacto traería como resultado que Emilio Martínez Lázaro confiara en Roque para la composición de la banda sonora de “Carreteras Secundarias”, en 1997, que obtuvo el premio a la mejor banda sonora en el festival de Cine de Peñíscola, iniciándose así una carrera cinematográfica que, creciéndose en cada obra, ha marcado los últimos quince años del cine español.
Afortunadamente, no se trata de un caso aislado. Roque pertenece a una generación que ha protagonizado una revalorización de la banda sonora gracias a la labor de insignes compositores como Pepe Nieto o Antón García Abril, y que ha permitido iniciar una serie de colaboraciones director-compositor en la mejor tradición del cine europeo y americano. Al igual que el tándem formado por Gracia Querejeta con Ángel Illarramendi; Ventura Pons con Carles Cases; Bingen Mendizábal con Juanma Bajo Ulloa y Mariano Barroso; José Luís Garci con Pablo Cervantes o Alberto Iglesias con Julio Medem y Pedro Almodóvar; Roque Baños ha sabido ganarse la confianza de los mejores directores de nuestro país y el extranjero, desarrollando una fructífera relación con Emilio Martínez Lázaro, Santiago Segura, Alex de la Iglesia y Carlos Saura.
¿El resultado? Medio centenar de películas, tres premios Goya de diez nominaciones; tres medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos sobre 9 nominaciones; tres Premios de la Música de 6 nominaciones; así como nominaciones en las academias de cine argentina y mexicana, el premio a la mejor banda sonora en Toulouse o el premio homenaje Ricardo Franco del Festival de Cine Español de Málaga.


            Un resultado fruto del trabajo constante, el esfuerzo y la dedicación. En palabras de Roque: “el trabajar siguiendo las indicaciones de un director supone adaptarse a las necesidades de la producción, pero no renunciar al estilo propio: solo adecuar mis recursos a los requerimientos de la película. Al igual que los pintores o los escritores, los músicos también tenemos nuestras etapas, que bien podrían diferenciarse por colores. Aún así pocas cosas han variado en mi estilo. La única diferencia entre el que yo era antes y el que soy ahora es que he podido componer música para géneros totalmente opuestos, disfrutarlos al máximo y superar con más entusiasmo los nuevos retos que han surgido”. Y es que hay varias palabras con las que definir su obra, emoción, intuición, sensibilidad, contrapunto, creatividad, pero, sobre todo, versatilidad. De la melancolía y sensibilidad fundacional de “Carreteras Secundarias”, la seriedad y espectacularidad con grandes orquestaciones de la serie “Torrente”, los contrapuntos serios y dramáticos a las tragicomedias de “Muertos de Risa”, “Obra maestra” o “Isis/Disi”, la música de raíz y mediterránea de las colaboraciones con Saura “Goya en Burdeos”, “Buñuel y la Mesa de Rey Salomón”, “Salomé” o “El Séptimo Día”; de épica y fantasía en “El corazón del Guerrero”; el homenaje a Schifrin y el jazz en “El robo más grande jamás contado”; el western y la música de genero en “800 balas”; de la identificación en “No somos Nadie”; el musical con “Los lados de la cama”; la emoción y compasión de “Segunda Piel” o “Las Trece Rosas”; el comentario musical y etnográfico de Lázaro de Tormes”; la sensibilidad y coraje femenino de “Diario de una Ninfómana”; la inquietud de “La Comunidad”, la tensión y melancolía de “El Maquinista”; el thriller en “La voz de su amo” o la enérgica “Celda 211”, el misterio en “La Caja Kovak”; la inocencia y el horror en “Frágiles” e “Intruders”; el suspense en “Los Crímenes de Oxford”; la íntima, sutil y dolorosa épica de “Alatriste”; y la rabia, fuerza y dolor de “Balada Triste de Trompeta”, entre muchas otras.
Esta versatilidad va más allá de influencias de Herrmann, Elfman o Williams. Como bien dice Roque, hay formas de ver la armonía, la melodía, marcadas por la maestría de Ravel, Debussy, Stravinsky, Prokofiev, Tchaikovsky….que hace que puntualmente los compositores lleguen a conclusiones parecidas. Pero, en definitiva, Roque Baños hace la música que siente, y esa música es la que ha dotado siempre a sus personajes, sobre todo, de dignidad y emoción.


            Preparando esta presentación de Roque Baños, leí entrevistas, artículos, monografías, y, entre toda esa información, encontré un pequeño detalle que me emocionó. Cuando le preguntaban cuál fue la película que le marcó el amor a la música de cine su respuesta fue E.T. No pude evitar sentir un estremecimiento. Mi padre murió antes de que cumpliera siete años. Durante los años setenta, junto a mi madre, dedicó parte de su tiempo a asistir a proyecciones en Murcia y Alicante para contratar las películas que se proyectaban en el cine de mi pueblo. No recuerdo cuál fue la primera película que ví, pero si la única que asocio con él, poco antes de que falleciera, en una sesión doble que proyectaba Drácula de Cristopher Lee y E.T. La música me impactó tanto que la primera banda sonora que compré, a los doce años en L.P, fue la de John Williams para esta película. Desde entonces, las bandas sonoras han acompañado mi vida, mis sueños.

            Para Gil de Biedma, como la luz, la música tiene una calidad fosforescente y suave de sueño recordado Si la música de cine es la música de los sueños, la música de Baños tiene el don, como los grandes, de permanecer para siempre en nuestra memoria. De dar sentido a lo que no se ve. De fabricar recuerdos, emoción y mantener los sueños. Iluminar caminos. Gracias a la música de cine he mantenido mis sueños. Gracias Roque, por hacer esto posible.
 ÁLVARO

lunes, 27 de agosto de 2012

EL GRAN NORTE




Existe una región donde las montañas no tienen nombre
Y donde los ríos corren hacia lo desconocido.
(Robert Service, 1897)

Para mis compañeros de tierras polares que escucharon la llamada:
José Luís, Felipe I, Bego, Felipe II, Susana, Joan, Elena,
Federico y nuestro guía y amigo, Javier "Cherry".

Hay una raza de hombres inadaptados,
una raza que no puede estarse quieta;
rompen los corazones de sus parientes y amigos,
mientras vagan por el mundo a su albedrío.
Recorren las llanuras, navegan sin rumbo en los ríos
y escalan las cumbres de las montañas.
Llevan en su interior el sino de la sangre gitana
y nunca aprenden a descansar
(Robert Service, Los hombres inadaptados)

     No sé con certeza cuando empezó este viaje. Debió arrancar en mi infancia, en esa etapa en la que se crecía entre la realidad y el mito, construyendo sueños a través de las lecturas de Jack London, Mark Twain, Emilio Salgari, o conociendo nombres como Malaspina, el almirante Valdés, el Capitán Cook o Vitus Bering; lecturas que hablaban de aventuras y supervivencia, de la búsqueda de oro en la cuenca del Klondike y el Yukón, de tierras boreales y noches de aurora, de peligros incontables, de bestias salvajes, tribus hostiles, bosques vírgenes e impenetrables y de grandes cordilleras montañosas; las lecturas que nos cambian para siempre, porque supone situarnos en ese camino “donde las cosas pueden ser” del que hablara Rosa Chacel.


     Y como ese camino nunca debe abandonarse, hace unos meses quise convertir el mito en realidad. Aprendí en Groenlandia que las distancias y los días se medían en sueños (sinik) y que lo que uno quiere que suceda puede suceder, por lo que el Gran Norte empezó a configurarse como un sueño que podía ser, una realidad.


     Al preparar el viaje, me acompañaban las palabras de Robert Service sobre Alaska: ¿Te has entregado a la desnuda grandeza de la inmensidad, donde no hay nada más que contemplar, donde las montañas alcanzan el cielo y los ríos roban el agua de los valles, atravesándolos hacia lo desconocido? ¿has borrado las huellas que tus botas dejaron, has osado adentrarte en lo lejano? ¿has entregado tu alma al silencio? Entonces, por amor de Dios, ve y hazlo. Escucha el desafío, aprende la lección, asume las consecuencias. Entonces, escucha lo salvaje, te está llamando.” (La llamada de lo Salvaje).


     Me llamó la naturaleza salvaje, escuché el desafío y asumí el reto. Inicié el viaje.


     Decía Jack London que en Alaska no se habla, se piensa. Y pensando en mí mismo me encontré sobrevolando, a la llegada a Anchorage, el McKinley (en indio, Denali, el Grande). Contemplar de cerca el techo de Norteamérica, la montaña más alta de los Estados Unidos y emblemática de Alaska, supone sensación de poderío de una naturaleza salvaje, grandiosa y única. No hubo palabras, solo emoción. Ya estaba preparado, la fiebre del aventurero, del trampero, del soñador, se había apoderado de mí. Y no me abandonó. Ni lo ha hecho aún.


     Anchorage, que olía a fiordo y parecía un mirador urbano hacia las montañas modeladas por glaciares y el mar; Anchorage, como bien señalizaba su centro histórico, encrucijada entre Europa, América y Asia; Anchorage, la ciudad tranquila y superviviente, nos recibía como antesala de montañas, ríos, glaciares, bahías, icebergs e islas; de alces, osos, caribús, linces árticos, lobos y águilas calvas que sobrevolaban por tundras, frondosos bosques, valles y cordilleras. En ese momento, con la mochila a nuestras espaldas, dejamos de ser personas condicionadas por el reloj, el trabajo o las responsabilidades. Respondíamos a la llamada de la naturaleza, y hacia ella nos dirigíamos. En plural, porque no viajaba sólo, sino acompañado por nueve aventureros que rápidamente anularon distancias, y crearon un vínculo de hermandad que no conocía diferencias y sí sonrisas, ilusión y la misma necesidad de desafío. Y allí conocimos a nuestro guía, Javier, “Cherry”, “el hombre más sociable que jamás hubiera silbado por los caminos o entonado una balada ante la hoguera de un campamento”, como diría nuestro compañero London. A quien quisimos ver, no sólo como guía, sino como amigo.


     Preparados, tuvimos unas horas para respirar el aire de la última frontera, como nos recordaba a cada rato hasta las matrículas de los coches: “the last frontier”. E igual que en la fiebre del oro bastaba un simple comentario acerca del lugar donde abundaba el preciado metal, para que decenas de aventureros se embarcaran sin más comprobaciones en empresas irracionales y sin garantías de éxito, así iniciamos nuestra propia estampida siguiendo las instrucciones de Javier y con nuestras mochilas cargadas de ilusiones y, con el tiempo, de sandwiches.


     El poeta Robert Service escribió una vez “los caminos de Alaska tienen sus historias secretas”. Cabalgando sobre Denali Highway a lomos de una furgoneta, que se convirtió en un miembro más de la expedición, nos lanzamos al descubrimiento de esos secretos. Las cúpulas azules de la catedral ortodoxa de Anchorage parecía marcarnos el camino. La carretera atravesaba unos paisajes impresionantes en torno a la cordillera que nos adelantaban lo que iba a ser la naturaleza de los bosques de Alaska, y para prepararnos espiritualmente hicimos parada e Eklutna, aldea de los indios atabascos, para observar su cementerio plagado de coloridas casas de espíritus a modo de panteón. Talkeetna, que significa confluencia de los ríos, fue la siguiente parada. Puerto fluvial durante la fiebre del oro, fue el lugar idóneo donde degustar nuestro primer sándwich, a los pies del McKinley y rodeados de jóvenes mochileros y montañeros que preparaban sus expediciones a la gran montaña en los almacenes históricos del pueblo.


     El primer contacto directo con la naturaleza salvaje nos lo ofreció el Parque Nacional Denali, en torno al McKinley. Toda una inmensidad de taiga y tundra, una alfombra de flores silvestres que iban mudando su color hacia la ventana del otoño, en un terreno abrupto con puertos de montaña que servían de miradores para cordilleras de rocas volcánicas de vivos colores y la majestuosidad del Denali. El autobús del parque, con su inefable Wendy al mando, nos permitió encontrarnos con caribús, alces, y una osa grizzly con sus oseznos; mientras que un pequeño trekking ascendiendo un sendero de montaña nos empequeñeció ante la visión nebulosa de los 6200 metros del McKinley. Un paisaje indómito que nos recordó el escenario primitivo de London: “yo me ví con el oro en el punto de mira, y descubrí la ética del mundo salvaje”. Quizás, como London, comenzaba a recoger la verdadera perspectiva de mi mismo. En la cabaña del Denali donde pernoctábamos recogí esta impresión del guest book: “we need more time to spend, to share, to explore…”.



     Según las narraciones de las poblaciones inuit de Alaska, el corto verano de las tierras del Norte es especial. Bajo la luna llena la nieve es azul, y también son azules las nubes que cruzan el cielo. En la brisa se distingue el olor de la hierba fresca que empieza a brotar alimentada por las aguas del primer deshielo. El viento agita los amuletos colgados a la entrada de la casa, el hueso suena ligero entre los sueños y se confunde con el sonido de las pequeñas esquilas de los caribús. Entre la nieve y la luna se marcan los caminos, y el nuestro nos dirigía a McLaren River. Dejando a tras la tundra de Denali Highway, una lancha nos recogió para remontar el río hasta su inicio, en plena cordillera de Alaska, donde instalamos el pequeño campamento de tiendas de campaña alejados de cualquier punto habitado. La cena de salmón rojo fue la excusa perfecta para reír, contar historias y hablar de nosotros a la luz de las velas. Dormimos mecidos por la lluvia, en plena libertad. Al día siguiente, Cherry nos guió a través de la lluvia y la tundra, vadeando pequeños ríos, hasta las cercanías del glaciar, que, imponente, había sido nuestro horizonte a lo largo de todo el trekking. La soledad, el musgo, el agua tejía el paisaje. No nos sentíamos solos, la naturaleza nos acompañaba donde las montañas no tenían nombre, y el río nos llevó en el descenso en canoa por el McLaren, en silencio, donde los ríos corren hacia lo desconocido…



     La soledad y el infinito tejen los paisajes y los relatos que narran cada rincón de Alaska. Como los aborígenes australianos; los indígenas de Alaska han trazado una narración que recoge infinitos caminos: los recodos de los ríos, barrancos, lagos y montañas tienen nombre y sentido. El hombre no esta solo: la naturaleza siente. Y la mejor prueba de todo ello fueron los días de convivencia con los tramperos Steve y Joy Hobbs (y su perro Sugar), en Slana, al norte del parque Wrangell-St. Elias, en la frontera con Canadá. Alojados en unas cabañas de madera construidas por ellos mismos, quedamos inmersos en una zona salvaje, de bosques de coníferas y arroyos junto al río Slana. Ni los mosquitos ni el miedo al encuentro con osos o lobos impidió que exploráramos la zona, con la recompensa de la excelente cocina casera de Joy (alce, salmón, ¡esas american pie!) y divertidos juegos de carta (are you ready? Spoon!). El descenso en canoa por el río Slana (en indio Slow River), nos hizo transfigurarnos en buscadores de la última frontera, haciendo piruetas entre canoas y donde hasta el aventurero Federico, nuestro fichaje italiano, cambió su nombre a indígena, the boy with the camera on his head. Escuchar el golpe de nuestros remos y el rumor del agua, nada más. Pero, quizás, lo más hermoso y sentido de estos días de tramperos fue la velada a guitarra de Steve, cuando nos emocionó dedicándonos canciones que hablaban de hospitalidad, generosidad, y sentimientos. Nos abrió su corazón, sus inquietudes, sus miedos y esperanzas. No pude evitar derramar alguna lágrima, que me hizo comprender que no necesitábamos más para sentir el sueño de naturaleza salvaje y lo que significaba la amistad en ese entorno. Esa noche, regada por la cerveza típica, Alaskan Amber, nos fuimos a dormir pensando que, en la naturaleza, el idioma no es una barrera, quien no entiende una mirada no entiende una larga explicación.


     El río era un hombre, y el hombre marcó el camino hacía el río, y así, a través del Copper River y Kuskulana River, continuamos por la carretera McCarthy, siguiendo parte del trazado del ferrocarril que explotaba las minas de cobre de las montañas (el ferrocarril que por la orografía del terreno se le apodó “el que no circula y nunca lo hará”), impresionados por sus atrevidos puentes de hierro y madera. Y de tramperos pasamos a ser mineros a través de un viaje al pasado que nos instaló en el viejo pueblo minero de McCarthy. Poco importaba que su vocación fuera claramente turística, su ambiente de Old West te recuerda a Jack London y, como él, se sucumbe al influjo del Norte. A ello ayudaba las hermosas montañas de cinco mil metros y los dos glaciares del parque nacional de Wrangell-St.Elias que nos rodeaban. Como mineros, avanzamos hacia la mina de cobre abandonada de Kennicott, reflejo del apogeo de la Fiebre del Oro del Klondike en 1898, en un camino al que no quiso faltar la presencia de un oso negro. No podía cerrar los ojos.


     Kennicott, hermosa huella histórica de un tiempo de oportunidades y sueños rotos, con su infraestructura minera deteriorada por el paso del tiempo, construida en madera rojiza y hierro oxidado; nos abrió las puertas hacia el Glaciar del mismo nombre en un sendero plagado de señales de la presencia de osos. El recuerdo del oso negro y las advertencias de Cherry fueron suficientes para agudizar nuestros sentidos y armarnos de piedras, bien representados por la minera Bego. A cada paso, el “miedo” se fue mutando en emoción ante el glaciar, y con los crampones bien sujetos quedamos inmersos en el inmenso silencio blanco de la lengua de hielo. Avanzar sobre grietas y ondulaciones de todas las tonalidades imaginables de blanco y azul en un glaciar que, vivo, retrocede ante el peso de la historia, te impulsa a respirar y lanzarte a escalar sus verticales paredes. Nuestras huellas anunciaban los caminos secretos de Alaska de los que hablaba Service, y sólo podías respirar profundamente y perderte en el blanco.


     Y el silencio blanco nos brindó la oportunidad de sobrevolar sus cumbres en avioneta, y empequeñecerte al mirar por la ventanilla lo que exhibía la naturaleza: glaciares, montañas nevadas, infinitos ríos que atravesaban bosques o un antiguo barracón de la mina Erie, abandonada y desafiante en la cumbre de las montañas Kennicott. Mis ojos eran conscientes de lo irrepetible del momento, y sólo unas palabras venían a mi mente: «donde las luces del Norte bajan por la noche para bailar sobre la nieve deshabitada.».


     Fue todo un esfuerzo dejar de ser minero para volver a ser viajero, pero la perspectiva del trayecto hacia el mar ayudó, y mucho. De los fish wheels del río Chitina, donde avistamos un alce hembra y su cría bañándose, a la exploración del Glaciar Worthington que fluye por la ladera de la montaña en ramales hasta prácticamente la carretera, y las cataratas de cola de caballo en cuyas aguas cristalinas el atardecer dibujaba pequeños arcoiris; hasta el Thompson Pass a 2618 pies de altura (unos 816 metros), el punto donde más nieva de Alaska, y en cuyos picos asemejamos ser agrestes montañeros. La llegada a Valdez te permitía observar el Solomon Gulch, un criadero de salmones aprovechando su remonte de las aguas, y en el que esperamos contemplar a un oso pardo atrapar en mitad de su brinco a los rosados salmones en ruta hacia sus lugares de desove. Una cría de oso, en las cercanías, no nos defraudó.



     El puerto de Valdez nos recordó la nueva fiebre del oro negro, cuando la Richardson Highway se convirtió en el oleoducto Trans-Alaska que comunica los campos de petróleo con el puerto. Valdez, donde la naturaleza de Alaska reclamó su lugar frente a los excesos del hombre por la nueva fiebre de oro, el oro negro. Valdez, otra ciudad superviviente, que nos trasladó por ferry a través del estuario del Príncipe Guillermo hasta Whittier, y de allí, en nuestra entrañable furgo, hacia Seward, donde unas preciosas yurtas se convirtieron en nuestro alojamiento los siguientes días.


     Dejamos de ser viajeros para convertirnos en balleneros, con permiso de Melville, y montados en nuestra embarcación nos dejamos llevar por la majestuosa belleza de los fiordos de Kenai. Valles excavados por glaciares que se cernían sobre las frías aguas oceánicas en una mezcla de roca, hielo y agua habitada por una fauna salvaje inimaginable: delfines, marsopas, orcas, focas, leones marinos, águilas de cabeza blanca, nutrias, los hermosos puffins o frailecillos, y gaviotas que anidan en los huecos y salientes de los desfiladeros. Soñar con los ojos abiertos en kayaks que te permiten remar entre estrellas de mar y focas por la ensenada en la que desemboca el glaciar Aialik. Sentirse enmudecido, la respiración contenida, ante el desprendimiento de seracs (témpanos de hielo), y al divisar el canto de las ballenas rompiendo la superficie del agua, con instantes que jamás borrará la memoria como la inmersión majestuosa de la enorme cola alada de las ballenas rorcuales tras unos segundos suspendidas en el aire.



     De balleneros, la magia de Alaska nos transformó de nuevo en montañeros. Mochila al hombro, iniciamos el ascenso al glaciar Exit, en una escarpada ruta de gran desnivel pero hermosos contrastes de paisaje, del frondoso bosque boreal del inicio, pasando por las morrenas terminales hasta el blanco campo helado del plato superior del glaciar. De nuevo, la inmensidad del campo de hielo nos desnudó y empequeñeció ante la naturaleza virgen y salvaje. De nuevo, el silencio blanco.


     Los vínculos que nos unían, tras ser viajeros, tramperos, mineros, balleneros y montañeros, se reforzaron en la emoción de compartir durante semanas la contemplación de la naturaleza, y encontraron su lugar en las cervezas que regaron cada día y las efemérides de nuestras aventureras Susana y Bego. Momentos inolvidables que nos darían fuerzas para los últimos días.


     Cuenta la leyenda que los lugareños tienen un pacto de convivencia con la sabia naturaleza. Sólo ellos y no ningún otro ser humano tiene la posibilidad de asentarse en estas inhóspitas tierras. Cada pequeño bar de carretera en el regreso a Anchorage por Girdwood, el recuerdo de Steve, Joy o Sue, la propietaria de las yurtas, nos evidenciaba que la leyenda tenía mucho de realidad. Por ello, no pudimos faltar a nuestro último sueño de aventura, el Gold Rush en Crow Creek. Allí, en el pequeño pueblo minero abandonado y su mina de oro a cielo abierto, decenas de actuales buscadores de oro rivalizaban por un asentamiento en el río donde cribar en busca de partículas auríferas. No nos pudimos resistir a dejarnos llevar por la quimera de oro. ¿El resultado? El mayor tesoro del mundo: las risas y el compañerismo. Como diría London, “me ví con el oro en mi punto de mira, y descubrí la ética del mundo salvaje”.



     El regreso a Anchorage fue emocional. En la furgoneta sentía la despedida cercana, quizás condicionado por el espectáculo que ofrecía el camino a lo largo del fiordo, que sigue la orilla norte del Turnagain Arm, precioso nombre atribuido al capitán Cook cuando se vio obligado en 1778 a desandar el camino después de descubrir que no había una ruta navegable de comunicación. Quisimos parar a cada rato pero fue en Beluga Point, donde como consecuencia de las mareas se puede contemplar las ballenas entrando en el fiordo, el lugar que marcó la despedida. Allí, subido a unas rocas, contemplando el mar y perdiéndome en el horizonte recordé las palabras de Chris en Doctor en Alaska: "Miramos atrás para ver el camino que hemos recorrido y nos damos cuenta de que nuestro pasado no es un sendero solitario a través de bosques secretos, sino una vista tan grande y ancha como el mismo océano, de que nuestras experiencias alcanzan el horizonte como barcas pequeñas vistas desde lejos, absorbidas por el mar enorme". Quise guardar ese momento. Quise coger fuerzas y respirar. Quise permitirme pensar que vivir era esto, la libertad que nos ofrecía la naturaleza.



     Dice Martín Garzo que contar es volver a vivir, pero poniéndose a salvo del desorden propio de la vida. Porque contar una historia es, por encima de todo, contemplar el rostro del que la escucha. Cuando cuento la experiencia del Gran Norte veo en los ojos de quien me escucha mi propio asombro, mi misma ilusión y el reflejo del rostro de mis compañeros de aventura. Quizás, esa amistad forma parte del verdadero Norte. Alaska, como Groenlandia, nos hace creer que todavía es posible soñar despierto, que uno puede ser trampero, buscador de oro, montañero o expedicionario, si uno quiere que suceda. Soñar cada uno con su particular El Dorado. En este sentido, la carrera del oro continúa, pero lo hace en el territorio en el que las personas se reinventan a sí mismas. Esa era la Alaska que buscábamos. Cuenta Cavafis que al llegar a un oasis perdemos el privilegio de los espejismos. Los lugares del deseo requieren la distancia que permite anhelarlos, pues el arribo supone una pérdida. No es el caso, Alaska respondía a la llamada, a la llamada de lo salvaje, a la llamada de uno mismo. Ha sido una frontera, quizás no la última. Al fin y al cabo, el mundo no es un lugar acabado, sino un lugar donde las montañas no tienen nombre…

 
ÁLVARO