jueves, 4 de septiembre de 2014

HUELLAS BAJO EL SOL DE MEDIANOCHE Svalbard, en el norte del Norte.




“Todo les parece imposible a los que nunca lo han intentado”
Jean-Louis Étienne.

A los tres últimos hiperbóreos: Albert, Fernan y David.
A mis compañeros en la expedición del Sterna: Olga, Jacopo,
Alex, Esther, Marta, Ana, Jaume, Teresa y Jordi.
A mis compañeros en la expedición de kayak: Teresa, Marco,
David, Marga, Óscar, Ion, Iban, Gigo y Stefano.
Y a Rubén y Piza, nuestros guías y exploradores de la naturaleza
Todos amigos, todos poetas del alma humana.

Los sueños también pueden convertirse en costumbre:
-volar, surcar las olas, ir en tren-
pero un día sucede –quién sabe la razón-
que regresa el misterio;
dura sólo un momento, si es que dura,
en el que comprendemos que aquello es un milagro
hermoso y terrorífico:
un caballo de acero, un pájaro gigante
una ballena ciega o un dragón
Ya hace tanto que no nos sorprendemos
que este instante sublime nos conmueve al olvido.
Y seguimos viajando. Como si nada hubiera
más natural; sencilla dicha humana
que pervive en los sueños de los niños.
Ben Clark

La luz, quizás lo que más recuerdo es la luz. Una luz blanca, pura, perenne, sobre las cumbres nevadas. Una luz que sigue iluminando cuando cierro los ojos y me persiguen las palabras de Conti: en este cielo inmenso en el que residen los fulgores del crepúsculo polar, finalmente centellean para mí, exactamente sobre mí, las constelaciones árticas, y echo la cabeza hacia atrás, asombrado. Una luz que creía imposible, como en aquel tiempo lejano en el que buscábamos la emoción de las historias en los libros de Julio Verne. Pero que es real, y cierta: la luz del norte, la luz ártica, la luz de Svalbard.

Cuando viajé a Groenlandia con Tierras Polares hace unos años, oí hablar por primera vez, con profundidad, de las Islas Svalbard. Fueron palabras que dibujaban paisajes tan naturales, tan remotos, tan auténticos, que soñé desde el primer momento con acercarme a esa frontera del Polo Norte, un lugar donde la naturaleza era blanca, un lugar donde cualquier cosa podía suceder, una geografía casi imaginaria. Hasta entonces, su nombre evocaba exploraciones árticas, las expediciones de hombres que se lanzaron a la conquista del Polo Norte, la búsqueda de nuevas rutas de navegación o territorios desconocidos (Parry, Nansen, Peary, Amundsen, Nobile). Soñadores, más allá del fracaso de sus objetivos, de la enfermedad, el hambre o la dureza del clima. Soñadores, como nosotros, ya que todos, de una u otra forma, nos podemos ver reflejados en esos sentimientos, en esos anhelos por alcanzar lo imposible y ponernos a prueba. Como dice Herzog, el ártico está habitado por soñadores profesionales. Y, a veces, la vida hace realidad los sueños. Así que me embarqué en la tarea de hacer que el lugar real pudiera ser visto con los ojos de los sueños. Al final, vivir no es más que aventurarse más allá de lo que conocemos y de lo que creemos ser.

                Alcanzar Svalbard es dejar una huella arriba del globo terráqueo, en uno de los puntos más lejos donde el hombre puede llegar. A menos de mil kms del Polo Norte, llega a superar los 80º de latitud, así que alcanzarlo era toda una aventura. Sólo había que darle forma, y los amigos de Tierras Polares dibujaron el camino: una expedición en velero y otra de kayak, que debían transformar una experiencia en una historia que superaría el sueño.
            En mi cartografía imaginaria le faltaba un pasado, así que buceé en el tiempo. Según las sagas noruegas y los anales de Islandia, a finales del s. XII los vikingos avistaron en esta latitud unas altas montañas nevadas que denominaron “svalbard” (costa fría). Con posterioridad, a finales del s. XVI, sería el holandés William Barents quien oficialmente las descubriría, bautizando a la mayor de las islas del archipiélago como Spitsbergen, “montañas o cumbres puntiagudas“. Después de Barents, en los siglos XVII y XVIII las frecuentarían aventureros, exploradores y balleneros, como los pescadores vascos, motivo por el cual España defiende derechos históricos de pesca en la zona. Sin embargo, los rusos siempre han aducido que los cazadores rusos “pomores” (pomor es una palabra rusa que significa “encima del mar”), son los que verdaderamente descubrieron Svalbard, tras huir más allá de Siberia por la invasión mongol. El problema surgió a finales del XIX, cuando se descubrieron las minas de carbón que atrajeron la codicia de diferentes países. A principios del XX se fundarían las primeras minas, y por su valor estratégico y siderúrgico, que llevo a enfrentarse a Noruega y Rusia, se tuvo que firmar el Tratado de Svalbard que establecía la soberanía noruega a cambio de no militarizar las islas y permitir el derecho de explotación mineral y científica a la cuarentena de países firmantes. Hoy en día, la autoridad reside en un Gobernador que es quien regula la protección medioambiental y patrimonial de las islas y otorga los permisos de navegación, trekkings, etc (más de un compañero sospechábamos quién era).

            Con la ubicación, el camino y la categoría de soñador profesional, sólo me faltaban dos cosas, llegar y encontrar compañeros de expedición, tan locos o soñadores como yo. Ambas cosas, de nuevo, fueron un regalo.
Llegando al archipiélago desde Oslo, el avión sobrevoló montañas nevadas, entrelazadas por filigranas de agua azulada y verdosa, que escondían pequeños y diminutos valles; parecía imposible que pudiera aterrizar allí. Pero uno de esos valles imposibles, en la isla más grande, Spitsbergen (que antes daba nombre al archipiélago), escondía a Longyearbyen, nuestro primer sinik. Un oso disecado y una temperatura en torno a los 6-7 grados fue el recibimiento, pero lo que más me impactó fue el sol de medianoche: mirar las doce de la noche en el reloj y tener el sol en el horizonte fue mágico, sobrecogedor, indescriptible. Un letrero con la famosa señal de peligro osos mostraba las coordenadas: 78º 15' N y 15º 30' E. Lo había logrado, empezaba el camino.


Longyearbyen, un nombre que me costó lo suyo pronunciar. Se debía a un empresario estadounidense, Longyear, quien a principios del s. XX explotó las minas de carbón de la zona; aunque para nosotros resultaba más curioso derivar el nombre de un topónimo mezcla de inglés y noruego que describía lo que puede significar vivir en las islas: “el lugar donde el año es muy largo”. Sin duda, el tiempo aquí no conoce medida. Por ello no es de extrañar que fuera el último lugar donde se enfrentaron los alemanes y los aliados durante la II Guerra Mundial, simplemente porque los alemanes destinados aquí ignoraban que la guerra había finalizado cuatro meses antes.

El paisaje alrededor de Longyearbyen era ya el propio de la naturaleza ártica: montañas escarpadas que sirven de apoyo a pedregales y restos olvidados en el tiempo de los orígenes mineros del enclave, tamizados por un barniz nival que cubría picos y laderas. Sólo las alegres casas de madera coloreada daban un toque de color. La presencia del hielo la mayor parte del año explicaba los pilares bajo las edificaciones, las incontables motonieves y las tuberías por encima del suelo. El asentamiento nació al cobijo del fiordo de Advent, en los inicios del siglo XX, como un campamento minero noruego; y se trata de la ciudad poblada (unos dos mil habitantes) más septentrional del mundo. En el resto del archipiélago sólo se encuentran otros dos establecimientos (el ruso Barentsburg, con unos 400 habitantes, y Sveabruga, con 200; junto con la base cientifica de Ny-Alesund). El resto pertenece a la naturaleza salvaje ártica: montañas escarpadas, fiordos, valles nevados, glaciares, ballenas, focas, renos, zorros árticos, una gran variedad de aves, y, cómo no, osos polares, que superan en número a los seres humanos.
            Como no existió una población inuit u otra población indígena en las islas, la mayoría de la población era de origen europeo: noruegos, rusos, ucranianos, tailandeses. Al poco de llegar descubrí que tan solo había un pequeño cementerio abandonado desde los años veinte, ya que estaba prohibido nacer y morirse en estas tierras. La existencia del permafrost y las bajas temperaturas impedían la descomposición del cadáver lo que olbigaba a las autoridades a prohibir las inhumaciones. Al igual que si una mujer ha de dar a luz se recomendaba que se trasladara a mainland para asegurar las condiciones sanitarias; si alguien fallecía su cuerpo era repatriado. Quizás por eso, uno tiene la sensación de que Longyearbyen es un campamento provisional en medio de una naturaleza salvaje que se resiste a ser conquistada por el hombre. Los restos abandonados de la actividad minera, las señales de peligro por los osos y la dureza climática me confirmaron esa idea.


       El camino al puerto, donde se encontraba mi primer destino, estaba lleno de polvo y piedras. Y pensaba en cuándo vería el blanco. Aquí, la mayoría de la vida que hay se reduce al blanco, al blanco del hielo, de las montañas nevadas, de los glaciares, del hielo que cubre dos tercios de las islas. Pero tendría que esperar, no tocaba blanco, sino semillas. Junto al aeropuerto, se encontraba en las entrañas de la montaña, a 120 metros de profundidad en el interior del permafrost, el Banco Mundial de Semillas, la “Bóveda del fin del mundo” o “Arca de Noé”, que guarda gérmenes de todas las especies de flora del planeta en caso de catástrofe mundial. Y yo, en ese momento, veía mi camino como una caja de semillas de Svalbard, esperando el momento adecuado para germinar y sorprenderme.

Este primer trayecto no lo hice solo. En el camino blanco siempre hay alguien que anda a tu lado, y desde la primera huella en Longyearbyen me acompañó un grupo de expedicionarios tan soñadores profesionales como yo: Olga, Jacopo; Jordi, Tere, Jaume, Esther, Marta, Ana y Alex. Y un guía, Rubén, al que seguiría no sólo durante el velero, sino en la expedición de kayak. Rubén, una persona que en sus vivaces ojos tenía la actitud de explorador, del que escapa de los caminos trillados, buscando nuevas sendas, retos y horizontes. Una persona curtida en el hielo y la montaña, que inspiraba confianza y seguridad desde el primer momento, y que, con su rifle al hombro, recordaba a los últimos exploradores, ojeando el territorio, saboreando la naturaleza, como si dialogara con ella. Una persona en quien confiar.


El velero esperaba, fondeado en puerto sobre aguas tranquilas, expectante. A pesar del cansancio no pude evitar sobrecogerme ante su imagen: el Sterna. Como el planeo del ave ártica del que toma el nombre, se mecía suave y elegantemente sobre el agua, dejando una estela a modo de bienvenida. Un barco de 26 metros de eslora y un mástil de 34 metros que nos abría la oportunidad de alcanzar un mundo inaccesible desde tierra, viajando al ritmo del viento y el sol de medianoche, como si fuera el Endurance de Shackleton, el Terra Nova de Scott o el Fram de Amundsen. Su lema: hay todavía lugares en la tierra que sólo puedes alcanzar desde el mar. Aún impactado, embarqué con mis compañeros de expedición: como decían los griegos, vivir no es lo importante, lo esencial es navegar. Y a la mañana siguiente eso es lo que hicimos, navegar, navegar en el ártico, con todo un mundo de fiordos a descubrir, hacia la última Thule.
Las aguas de esta ruta habían poblado de monstruos, misterios y sueños la imaginación de los marineros durante siglos. En los mapas antiguos, más allá de Thule, no existía el mundo, tan sólo criaturas fantásticas como los hiperbóreos, hombres longevos y felices, poseedores de un extraordinario sentido de la justicia. Y así fue, a bordo del Sterna conocí a los tres últimos hiperbóreos, que parecían escapar de las páginas de mis libros de exploraciones para introducirnos en el mare incognitum de Pytheas: Albert, Fernan y David.
            El ártico se suponía que no era un mar fácil, no hay cartas náuticas fiables, el hielo, las rocas, los fiordos podían complicarlo todo. Pero eso no fue problema, formaba parte de la aventura. Unos frailecillos aletearon siguiendo nuestra estela, con su plumaje blanco y negro, regordetes, pico multicolor. La navegación era tranquila, el mar apenas se agitaba, y los petreles, el fulmar ártico y los skuas nos acompañaban exhibiendo su vuelo. La costa estaba cuajada de fiordos, que en invierno se cubren de hielo pero que en ese momento eran navegables, permitiendo al barco explorarlos y detenerse frente a sus frentes glaciares. Navegar por mares boreales, con el viento y el aire frío acariciando nuestro rostro. Como decía Albert, no es sólo un viaje al exterior, al paisaje, sino al interior de uno mismo. Y así lo vivimos.


            Nos dirigimos a Tempelfjorden, donde entre abanicos aluviales tomamos contacto con los kayaks para acercarnos a su frente glaciar, descubriendo la pericia en el paleo de Jacopo, la conversión en rusos y monarcas de parte de nuestra expedición, y la habilidad con la Gopro de nuestro capitán Fernan. Un paseo por las morrenas, con Rubén armado con el rifle ante el peligro de los osos, culminó en una preciosa panorámica del glaciar. Al día siguiente, nos esperaba un trekking en Skansbukta, en el fiordo Billefjorden, dominado por los sedimentos horizontales y el relieve montañoso de cumbres puntiagudas de Skansen. A sus pies, inspeccionamos los vestigios de una antigua mina de yeso de los años veinte, que aún conservaba varada una pequeña embarcación de transporte del mineral. El trekking, bordeando arroyos de deshielo entre la tundra, nos permitió observar renos y skuas. Nuestro premio final, la música remember del Ipod de Fernan.


            Hay que tener suficiente locura para largar amarras, y suficiente cordura para llegar a puerto. Estas palabras de Albert, a raíz de la lectura de El Principito, resumía perfectamente nuestro espíritu de navegación, y como prueba de la locura, nuestro capitán Fernan tuvo la idea de dejarme llevar el timón. No creo que pueda describir con palabras que sentí al guiar durante un tiempo nuestro velero. Sólo pude emocionarme, como en los versos de Salem: no sé que puedo contarte del mar, amigo, como no sea que cada noche que nado en él, desnudo, vuelvo a pensar que lo importante no es estar muerto o estar vivo, sino aprender el pulso ajeno, el rumbo de los ríos, y, por un instante al menos, sentirte parte de la sangre del planeta. Gracias Fernan, por hacerme sentir parte del mar, del mundo.
           
De este modo, llegamos a Pyramiden, en el fiordo de Billefjorden, una ciudad minera rusa abandonada. Fløgstad, en su libro del mismo nombre, dice que era a la vez una mina subterránea y una montaña tallada en forma piramidal por la propia naturaleza, por lo que Pyramiden fue a su vez una ciudad que se ha convertido en mausoleo de una cultura pasada, anclada como un fósil social. Pero en el interior de la mina no yacía ningún faraón soviético embalsamado, sino que este se encontraba erguido en un pedestal en el centro de la ciudad: Lenin. Moscú compró las minas a una compañía sueca en 1916, y el establecimiento vivió ajeno al mundo, autosuficiente, gracias a un gran invernadero, corrales cubiertos para ganado y todas las comodidades. En 1998, tras la caída del comunismo y la falta de rentabilidad, el asentamiento fue clausurado, y en poco tiempo se abandonó. Bajo una montaña en forma de pirámide los edificios e instalaciones mineras abandonadas permanecían resistiendo el paso del tiempo: las oficinas, la biblioteca, cine, piscina, pabellón de deportes, viviendas, centro social, comedor, hotel… En el duro trekking de la montaña, Rubén, Olga, Alex, Jacopo y yo la contemplamos desde arriba, en silencio. La ciudad se asemejaba al barco medio naufragado en la dársena del tiempo. El triunfo de la naturaleza sobre el ser humano.

 

Quisimos cenar y dormir en el hotel, el más septentrional (como todo lo del asentamiento) del mundo, lo que supuso transportarse en el tiempo a un piso de Moscú de los 70. Nos sentíamos lejos, no sólo en la distancia, sino en el tiempo. Lenin tenía una famosa consigna: “es necesario soñar”, y quizás así emparentaba el realismo socialista con el modernismo occidental. Por ello, en la Unión Soviética calificaban a los ingenieros que construyeron ciudades como Pyramiden de poetas del alma humana. En esa noche sin noche intentamos comprenderlo, bebiendo vodka al amparo de un zorrillo ártico.
            Poco a poco, en dirección al fiordo Ymerbukta, el mar nos atrapaba, como su tripulación, los hiperbóreos. Siempre había un momento de conversación, de entendimiento, de cercanía con Albert, David y Fernan. Conocimos sus sueños, su experiencia, lo que dejaban en tierra. Sus manos, fuertes y ágiles en las maniobras, sus instrucciones al virar cadena y subir el ancla, en el manejo de los winches o al ayudarnos a subir a la botavara; su sonrisa; la sensibilidad de Albert ante nuestras inseguridades; la habilidad repostera de David ante los cumpleaños de Albert y Jacopo; las clases magistrales de Fernan sobre el sextante y la astronomía (¡cuánto me falta por aprender como profesor!); su mirada serena ante nuestra necesidad de saber, de preguntar, de conocer. No eran tripulantes, ni navegantes, sino los auténticos hiperbóreos, los verdaderos poetas del alma humana.


            
          Una ligera brisa mantenía las velas izadas, y el Sterna se deslizaba casi sin moverse bajo la luz blanca, confiando en la fuerza del viento. No era difícil imaginar que transitábamos por el lugar en el que las huellas de los hombres se borraban, como la estela de nuestro velero al avanzar por el mar camino de Ymerbukta. Al llegar, nuestro guía Rubén, rifle al hombro, nos desembarcó en su frente glaciar y regaló un paseo sobre el blanco hielo. Los crampones, el arnés, los selfies de Alex y Esther, el acompañamiento del vuelo del charrán ártico, la foca curiosa vigilando nuestros movimientos, la caída del diente de Albert; todo acompañó un momento especial: Jacopo hizo un homenaje a través de un dibujo en la nieve a un amigo suyo, que murió unos meses antes y que le iba acompañar en este viaje. Creo que todos compartimos durante un momento su dolor, sobre todo cuando se volvió y con su mirada bondadosa, nos sonrió con un todo va bien sin palabras. Con emoción, respetamos el momento.

 

             Horas después, iniciamos el regreso a Longyearbyen. Aproveché para sentarme un rato en soledad, a sotavento, dejándome acariciar el rostro por la brisa que producía el desplazamiento del barco, que aún así parecía suspendido sobre el mar, en el silencio del agua. Respiraré hondo, entre las sonrisas de mis compañeros en popa, pensando que quizá el único sentido de nuestra vida era estar aquí, ahora, sabiendo que ese momento podría llevarlo conmigo, como el silencio, y relativizar con él lo que viniera en el futuro. Daba igual qué escondía mi pensamiento, mis recuerdos, el tiempo ausente, la vida. El mar me devolvió en su horizonte todo lo que alguna vez había creído perder y soñar. "Alma se tiene a veces, nadie la posee sin pausa y para siempre", escribe Wislawa Szymborska. Y, durante un instante, recuperé mi alma.

Imagino que todo formaba parte del final de la expedición, esa sensación de melancolía que te invade cuando crees que vas a dejar atrás unos paisajes, unos amigos, unas experiencias que, sin darte cuenta, ya forman parte de ti. Todos fuimos conscientes, y, quizás por ello, o pese a ello, la llegada a Longyearbyen, la tan deseada ducha de agua caliente, las compras de regalos, la cena en el Kroa y las copas en el Svalbar y en el Karlsberger (bar de los mineros), se desdibuja en el recuerdo entre risas, abrazos, selfies, y promesas de que este vínculo, esta experiencia, no se acababa, sino que acaba de empezar.


Antes de entrar en mi litera, eché un último vistazo a mi mesa de lectura del Sterna. Mapas, guías, libros sobre el ártico se esparcían despreocupados en todas direcciones. Intenté fijarlo en mi memoria, a modo de talismán. Me quedé dormido pensando que lo que había vivido y con quien había vivido formarían parte del camino que me quedaba por recorrer, como un amuleto al que recurrir en los momentos difíciles. Era el final de un camino, pero también el principio de otro. E, inconscientemente, sonreí, agradecido.

Puede ser que la persona que descendió del Sterna hacia el camping del aeropuerto fuera una persona diferente. Puede ser que el mar, el viento, el sol de medianoche, y la huella de mis compañeros y tripulación, originaran una extraña fuerza que superara al miedo ante lo que me esperaba: la expedición de kayak y trekking. Puede ser. Y lo cierto es que llegué feliz hasta allí, con esperanzas de aventura y de conocer a quienes tomarían el relevo de mis compañeros expedicionarios: un grupo totalmente peninsular e insular, norte, sur, este, baleares, canarias, italianos. Todo un juego de coordenadas que situó en mi cartografía emocional a unos locos soñadores, comandados por Rubén y Piza, para hacerme ver que aún quedaba espacio para la aventura, para alcanzar el misterio de la última Thule.
            Y como toda nueva aventura tiene su preparación, camino de Ymerbukta nos fuimos conociendo entre llenar petates, probarnos los trajes estancos, distribuirnos en tiendas y crear parejas de kayaks: la fuerza de los vascos Iban y Ion; los fotógrafos David y Óscar; el ingenio de Marga, la sonrisa de Teresa (la mejor compañera de Kayak y tienda), el gracejo tupido de Marco (dyayo dyayo), la independencia italiana de Gigo y Stefano, y la sombra que siempre nos perseguía del gobernador. Creamos un gran grupo, que nos hizo sentir seguros. La expedición ártica es un regreso al pasado, cuando las personas tenían que responsabilizarse unas de otras, igual que los inuits siglos atrás. Fácilmente aprendimos esa lección.
            La ruta a seguir imponía sus necesidades: desembarcar kayaks, montar campamento (tipi o lavu y tiendas), buscar agua, preparar cena y establecer el cuadrante de guardias para las noches sin noches y evitar el peligro de los osos polares. El protocolo a seguir era claro: turnos de dos horas por tienda, discernir los eventuales ronquidos de la amenaza osezno, no perder de vista el silbato y el gas de pimienta y evitar despertar a Rubén (nuestro Amundsen portador del rifle) con falsas alarmas (desde piedras cuya silueta a lo lejos era amenazadora, a los movimientos de gansos, perdices nivales o cualquier elemento de la fauna circundante que sobresaltaba en las horas de madrugada).


            En Ymerbukta, entre farallones gastados y desnudos, probamos los kayaks, para habituarnos, hasta llegar al glaciar Esmarkbreen. Mientras la luz reverberaba en la superficie del agua, el grupo empezó a practicar las primeras paladas…, pronto los torpes movimientos iniciales adquirieron el ritmo necesario, y los vascos nos demostraron lo fácil que es alejarse con apenas un breve paleo ante la mirada curiosa de las focas. En el glaciar realizamos el recorrido con crampones desde la zona de morrena, situada en el lateral del final del hielo. Enseguida el blanco se ramificaba en varios pasillos de hielo vivo, algunos de los cuales acababan en profundas grietas que la nieve prístina suavizaba. Entre fotografías y fila india, podíamos contemplar como la lengua del glaciar culminaba en un azul intenso que se sumergía suavemente en el agua helada.

Foto de mi compañero David González

            Al día siguiente nos dirigimos en kayak hacia Trygghamna, fiordo al oeste de Ymerbukta, para hacer un trekking. Tras desembarcar en una playa de guijarros, y avanzar en la tundra con alguna que otra seta comestible (pedo de lobo), iniciamos un cresteo espectacular que nos premió con unas vistas espléndidas de la bahía, rodeada de picos altos, skuas, fulmares, gaviotas árticas y renos.

            Poco a poco, como los primeros pasos de un niño, íbamos descubriendo la naturaleza salvaje, a veces inhóspita, de los fiordos. Parecía el último refugio del ser humano, abriendo caminos en áridos picos o caprichosos relieves tallados por el frío. Las montañas lucían un color marrón oscuro, de tierra volcánica cuajada de minerales, coronadas por una pequeña lámina de nieve. Y entre tanta belleza indómita, que alimentaba el alma, nosotros desarrollábamos nuestros rituales: la odisea de ponerse y quitarse los trajes estancos, desmontar y montar campamentos (inolvidable el del polvo), la búsqueda del agua, los esporádicos (y rapidísimos) baños en lagunas de deshielo para intentar mantener la higiene pese a los ataques de las golondrinas árticas; las conversaciones sobre comida en los trekkings (que inspiró a Ruben su famosa frase: ¡tenéis más hambre que los pavos de manolete!), pero que prontamente se olvidaban ante la pericia culinaria del propio Rubén en las cenas calientes (pollo al tikka masala, cuscús, lentejas con arroz, estofado de calamares, los tres intentos, que fueron superándose, de pudding), perder la dignidad en cagaderos con vistas, las celebraciones de los cumpleaños de Óscar y Piza con cócteles de minibotellas de whisky con tang de piña; las conversaciones de cine con Piza en el lavu…


            Pero, sobre todo, teníamos la sensación de seguir el ritmo de la naturaleza, pues dependíamos de ella, algo que saben muy bien los inuit. Comprendían que en la naturaleza todo afecta a todo, así siempre sabían la dirección del viento, o el sonido de las olas, para aún yendo en kayak entre la niebla densa, poder encontrar el camino hacia su destino incluso sin ver tierra o las estrellas. Como leí en un libro, era menos importante saber la dirección del viento que comprender cómo el viento afectaba a la vida. Así, cuando un determinado viento del norte alejaba a los témpanos de hielo, era un buen momento para cazar focas; o cuando el del sur volvía a juntar lo témpanos, había que empezar la caza de la morsa. Edmund Carpenter cuenta la historia de un esquimal al que se le pidió que escribiese un diario; casi todas las entradas empezaban con un comentario sobre el viento. Según él, su forma de pensar podía describirse con las palabras “déjanos escuchar lo que vemos”.
            Y, en esa necesidad de seguir el ritmo de la naturaleza, aparecía Piza. Piza, es de esas personas que sabe escuchar la voz de las cosas, porque entiende, como los inuit, que todas las cosas viven. Explorador, montañero, nómada, narrador innato. Su piel conservaba el moreno del sol groenlandés. Sus ojos, atentos, escrutadores en los trekkings, desprendían una tranquilidad que sólo las personas que han atesorado miles de experiencias pueden transmitir. Parecía que conocía el espíritu de la tierra, y, que al comunicarse con ella, podía contar la verdadera historia de lo que somos.

            Y seguir el ritmo de la naturaleza nos procuraba sorpresas, como las de descubrir huellas de oso en todos nuestros campamentos, algunas muy recientes. Tras la obligatoria inspección de Ruben y Piza, y entre la euforia fotógrafa, el recelo en la guardia nocturna y el ansía de verlo cerca (y lo suficientemente lejos), las huellas de oso se convirtieron en nuestro fetiche. Y recordé como Martín Garzo, en un artículo reciente, hablaba de que los rodajes de las películas estaban llenos de extrañas historias. Una de ellas la protagonizaron el productor de cine Dino de Laurentiis y el director francés Robert Bresson. De Laurentiis preparaba su gran superproducción de La Biblia y, entre otros directores, había elegido a Bresson para que dirigiera el episodio de Noé. Fue a verle momentos antes de que iniciara el rodaje. Allí estaban, en jaulas, innumerables parejas de animales, y de Laurentiis no pudo menos de comentarle a Bresson lo contento que debía estar con una producción como la suya, que no reparaba en gastos a la hora de permitirle el rodaje de las más espectaculares escenas. Bresson le contestó que se lo agradecía mucho pero que lo único que se iba a ver de aquellos animales eran sus huellas sobre la arena. Esa misma tarde, recibió una llamada diciéndole que estaba despedido. De Laurentiis operaba sin duda con la lógica de una gran producción, con la lógica de aquellos que no saben que la poesía no está en ese mundo enfático de las grandes declaraciones y los grandes gestos, sino en las huellas casi imperceptibles de los cuerpos que amamos sobre la arena del tiempo.


            Los días se sucedían, de Borebukta a Nansenbreen, con un hermoso trekking en el ascenso a Sten de Geerfjellet; e íbamos mejorando en el kayak. Había momentos, que parecía que las olas nos hacían bailar, en el movimiento sincronizado de las palas con Teresa, en el suave deslizamiento sobre el agua. Se creaba algo cercano, íntimo, en la relación directa que se establecía con el mar al palear, donde las aves siempre presentes te acompañaban en su vuelo el aleteo de las palas, mientras rozabas cuidadosamente las algas, alimento de focas y aves marinas. Y agradeciendo el clima benévolo que nos permitía disfrutar del trayecto pese al cansancio.


            Junto al glaciar Nansenbreen fijamos nuestro nuevo campamento, punto de partida del trekking a Sylfjellet. Mientras ascendíamos, nuestro ánimo era alegre y parecía que la salvaje tundra se iba apropiar de todo el espacio, del horizonte. El trote de los renos en solitario, mirándonos con curiosidad, las perdices nivales, los gansos, el algodón ártico (cuyo nombre en inuit era la flor que se asemeja a una liebre ártica, según Piza), la risa exuberante de Gigo; todo ello preparaba nuestro espíritu para contemplar, desde la cima, las montañas distantes en un cielo claro, las grises pedreras empinadas que se precipitaban por detrás de los glaciares blancos. Las laderas que asemejaban acantilados se dibujaban en colores ocres sobre el mar. Una belleza que vivimos, que sentimos, y que celebramos como equipo haciéndonos fotos saltando en el aire. Al fin y al cabo, al contemplarse la tierra nunca deben olvidarse las personas que alberga y que nos unen.

            De nuevo, abandonamos el campamento, e iniciamos la etapa reina del kayak, treinta kilómetros para alcanzar Yoldiabukta. Madrugamos para aprovechar el buen tiempo y nos encontramos con un mar en calma y el acompañamiento de fulmares y focas. Las risas y las bromas se sucedían sin parar, hasta que bordeamos Ǿienbukta, nuestro Cabo de Hornos personal. El viento en contra, el mar rizado, y las olas de gran tamaño hicieron que nos acercáramos a Piza y Ruben. Era curioso ver cómo nuestras voces se iban apagando conforme se rizaba el mar y las olas se erigían orgullosas en nuestro camino. En silencio, nos centramos en bordearlo lo antes posible. Fueron ocho horas de kayak, que al finalizar, nos hizo sentir eufóricos.
            Al montar campamento cerca del glaciar, la sensación térmica del frío aumentó, por lo que aprovechamos la presencia de maderas traídas por el mar para hacer una hoguera. Ion y Marga desplegaron su sabiduría para confeccionarla, y lo hicieron genial. En momentos así, solitarios y sencillos, da la sensación de que no existe el tiempo ni el mundo, y que lo único que se necesita para vivir es una hoguera que chisporrotea. Para vivir, y para hacer una guardia en condiciones, claro, ya fuera fotografiando o leyendo un libro. El sol, en ocasiones, no acababa de asomarse lo necesario como para dejar de sentir frío. A pocos metros del lavu, se asentaban nuestras tiendas, al principio cercanas las unas a las otras, como para inspirarnos protección, no sólo contra el frío, sino contra lo desconocido, lo salvaje. Poco a poco, nos fuimos distanciando, tanto por la seguridad que te daba el día a día, como por los ronquidos de algún compañero oso. En esos momentos de guardia, sin embargo, me gustaba caminar solo, en silencio, aprendiendo en cada paso los sonidos y paisajes de cada campamento, mientras el sol describía círculos contorneando el horizonte.

            
        Tras desayunar, iniciamos el trekking hacia el glaciar Wahlenbergbreen. El cielo estaba cubierto por una capa opaca de blancura de tonos pagados, y el cielo y las montañas nevadas se confundían entre la tundra, los restos de cornamentas y las huellas de animales. Al acercarnos al glaciar, caminamos por la playa desierta, llena de troncos arrastrados por la marea y pequeños icebergs. Algunos buscábamos fósiles, a pesar de que no puedes coger nada, por protección medioambiental y porque todo lo anterior a 1947 es “cultural heritage”. Pero las piedras nos llamaban, quizás porque, como dicen los versos de Cañamares, durante los viajes recogemos las piedras que el mar nos regala. Son las piedras con las que luego, en el invierno, reconstruimos las ruinas de nuestras guerras. No sólo les pedimos que resistan. También que nos recuerden que el mar existe.


            Al día siguiente, en nuestra última etapa de kayak, nos dirigimos hacia el glaciar Sveabreen, formando campamento en Sveaslett, junto a la arena de la playa. Al llegar, celebramos el haber conseguido realizar la expedición de kayak con fotos y abrazos. Creo que nos sentíamos los más orgullosos del mundo, y como regalo de nuestra gesta un par de curiosos, traviesos y hambrientos zorros árticos decidieron invadir nuestro recién montado campamento. A pesar de otra hoguera, el frío aumentó por la cercanía del glaciar al soplar el viento del noreste. Esa noche sin noche, sobre la arena de una playa sin nombre, en mi turno de guardia y en el silencio interrumpido por los seracs desprendiéndose, contemplé ensimismado cómo tonos de azul y rosa bañaban las montañas de cumbres nevadas anunciando la llegada de un próximo atardecer o amanecer a finales de agosto. La luz guardaba la memoria de Svalbard.

 
                                                                                                                  Foto de mi compañero David González 

            El trekking final nos dirigió al glaciar, en un paseo sobre crampones, sintiendo el frío, el viento y la soledad de esta tierra. El hielo nos recibía proveniente de un tiempo antiguo, inmemorial, y parecía guardar los secretos del principio del mundo. Grietas, blanco, luchaban contra el cambio climático bajo cada paso, cada huella de nuestra expedición. Subimos a una pequeña cima cercana para contemplar las preciosas vistas del fiordo y el glaciar, y descansamos un rato, casi en silencio. Puede ser que la lengua de hielo adivinara que nos marchábamos, que quedaba poco para que el viento borrara nuestra huella, sabiendo que el blanco seguiría aquí, más allá de nosotros. No sabe el hielo de barreras, ni concibe los límites del tiempo.


            Desmontamos el campamento y esperamos la zodiac de Víctor para regresar a Longyearbyen. La tarde se iba tiñendo de plata y nos mirábamos con una sonrisa tranquila, mientras jugábamos a lanzar piedras al hielo. Cuando llegó la zodiac embarcamos tras una última foto de grupo, sin mirar atrás, con los ojos en el horizonte, en ese sol que nunca se ponía.
            El regreso a la ciudad supuso no solo la ansiada ducha caliente en el camping, sino la oportunidad de desayunar contemplando los lomos de un grupo de belugas, pequeñas ballenas blancas que bailaron en el horizonte para nosotros. No nos movimos para fotografiar, simplemente nos quedamos en silencio, contemplando, necesitábamos vivir, sentir ese momento juntos, sin romperlo. El regreso también supuso la oportunidad de volver a visitar el museo, las casas de colores, los establecimientos y los restaurantes. En la entrada de uno se podía leer “como es improbable que algún oso intente penetrar en este establecimiento mientras usted está cenando, se ruega que todos los clientes depositen sus pistolas, rifles y demás armas en la recepción”. Entre risas acabamos en el Svalbar, la primera parada a la hora de celebrar los regresos a la civilización a base de cervezas.

Y si había que celebrar, y despedir, y sentir la vida, era necesario el reencuentro con la familia del Sterna, los hiperbóreos Albert, David y Fernan, unidos a Jytte e Ibon. David me regaló un colgante en hueso de reno, tallado por él mismo, con mi nombre. Más que un regalo, se convirtió en mi piedra de Svalbard, en mi dibujo de un sueño a recordar, en el medio para comprender la fragilidad de aquello que amamos y de entender la necesidad de mantener los sueños vivos y luchar por ellos. Gracias, por todo eso y más.
Era la última noche, y no quisimos dormir, entre cervezas, cena en el Kroa, copas en el sexto mejor bar del mundo, compañerismo y el último sol de medianoche. A pesar de mi piedra, la escritura quedaba anclada y los personajes se iban dispersando sobre el tiempo blanco.

Cuando marché, miré hacia atrás, pero la neblina cerraba la vista de las montañas y el fiordo. Tras sentarme en el avión, entre la emoción de la despedida, los comentarios con mis compañeros y las risas de las últimas cervezas, miré hacia la ventanilla. Y allí estaban, diáfanas, orgullosas, las cumbres de Isfjorden. Intenté fijarlas en el recuerdo, como huellas en mi memoria. Antes de dibujarme las palabras que encerrarían ese momento, cerré los ojos. Svalbard era más que huellas bajo el sol de medianoche. Como dijo Kerouac, nos quedaban largos caminos por recorrer. Pero no importaba, el camino es vida.

“Pero hoy parece ser que incluso el blanco
Ofrece todavía una esperanza.”

ÁLVARO


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Tu nombre, Loles



“Regreso al tiempo aquel y estás allí,
horas inciertas del amor, tan frágiles,
que contienen el mundo y son eternas…
Luego otra vez camino hasta este día,
y no vienes conmigo.”
Eloy Sánchez Rosillo

            Nunca imaginé buscar palabras para mantener tu nombre cerca. Siempre pensé que crecerías junto a mí, porque formabas parte de aquello que construye a uno mismo: los primeros pasos, las primeras sonrisas, las primeras palabras para definir lo que suponía hacerse mayor. Y entre tantas primeras veces, nunca imaginé buscar la palabra que borrara de mi alma el adiós último, la despedida, el sueño inacabado de vernos madurar juntos, de despedirnos juntos. Nunca imaginé pensar en mí sin ti.
            Y en esa búsqueda me he sentado de nuevo, para volver a sentir tu risa, tus ojos preguntándome por mis viajes, por las clases, por los proyectos de futuro. Me he sentado de nuevo para volver a sentir mas allá del tiempo nuestras primeras veces: juegos y disfraces, oír música bajo las camas, los paseos por la glorieta, las pipas en los bancos del paseo, las meriendas y la piscina en casa de tu abuelita, estudiar en el balcón, las charlas interminables en el sofá frente al televisor, tu bajar las escaleras para tocar el timbre de mi casa, llegar de todo para contarnos todo…Me he sentado de nuevo para sentirte otra vez, y enfadarme con el mundo por llevarte cuando dabas vida. Me he sentado de nuevo para cerrar los ojos, y pensar en lo que te debo, para que no te robe el tiempo.
Ahora, en diciembre, en este día en que cada año hablaba contigo, pienso, como Blaistein, en las cosas que no sucederán, pienso en las cosas que nos dijimos, en aquellas que no llegaron a decirse; pienso en que ya no soy yo, sino tan sólo una parte. Pienso en los últimos 37 años, en una hermana, en la mejor amiga, en tu nombre. Pienso en que ya no oigo pasar la vida, y en que no me importa crecer en este mundo en el que el tiempo es ya tan sólo arena. Y, como Dulce Chacón, ahora susurro tu nombre, ahora que tu sueño se ha quebrado, y no sabemos muy bien cuándo, ni por qué, ni hacia dónde. Susurro tu nombre para que sea un mañana pronunciarlo, hambriento de ti, callado de ti. Susurro tu nombre, tu nombre, Loles, tu nombre lleno de ti. Y sigo sin encontrar las palabras…
            ÁLVARO



martes, 27 de agosto de 2013

LOS PLIEGUES DE LA TIERRA




A mis compañeros de expedición, Aida, David, Esperanza, Fernando,
Manón y José, Charo López, Mª Luisa, Mar, Ana Uriz, Charo Rodríguez,
Ana Iturrioz, Vicen, Rafa, Juan de Eland, y nuestro guía Manu,
por acompañarme en el cielo.
Y regresar, para poder contar historias.

Existe un lugar donde las palabras de los seres humanos no tienen significado,
Existe un desierto donde solo una mirada revela los secretos de esta vida,
y todo lo que existió antes de ella.
Existe una montaña que es un brillante sendero hacia un desconocido mundo,
en el que su luz y calor se unen en tus ojos.
Existe un río cuyo antiguo discurrir te conduce a la eternidad,
y cada despertar es el inicio de otro sueño.
Existe un templo en una tierra lejana en el que los dioses no se ven,no se oyen,
y sólo se idolatran tus pensamientos en un silencio atemporal.
Y yo sé de quienes caminan a través de esta tierra plegada arrodillándose ante el suelo que los conduce al cielo, con sus sueños, sus promesas y esperanzas.
Vienen con lo que son, y con lo que nunca serán, sabiendo que vienen a casa.
Y a esos viajeros, Ladakh les da lo que es, lo que existe.

Prabir Purkayastha.

     ¡Julley!, me giro y alguien me sonríe bajo unos ojos desmesuradamente abiertos. Devuelvo esa sonrisa sin nombre con una mirada agradecida. Una sonrisa ante la curiosidad del viajero. Pienso que sólo una palabra parece bastar para formar parte de Ladakh: julley. A través de ella, contemplé Ladakh, a la sombra del Himalaya, sus montañas, sus monasterios perdidos en cimas de gran altitud, sus valles y senderos, huella de un intercambio de milenios. A través de ella, de un saludo y agradecimiento, existí.
     Esta es la historia de un viaje, de una sonrisa, de un regreso a las montañas. Y no podría hablar de las montañas sin esa sonrisa, sin esa palabra, sin las miradas cómplices. Una sonrisa sin nombre que habita en mi memoria. Dice Martín Garzo que una vida puede fracasar sino encuentra quien la sepa vivir, sino encuentra quien sabe mirar a su alrededor sin haber perdido aún el gusto por el prodigio y la aventura de vivir. Gracias a la búsqueda del prodigio, de los pliegues y la historia de la tierra, de un grupo de compañeros que miraban la vida a través de los ojos de la geología, viví esta historia.

     La vida iba nuevamente más allá de un sueño cumplido: sentir el techo del mundo, sentir Ladakh. Un reino perdido en la altura en que se contemplan los Himalayas, más allá de la India del Ganges, de los sharis de colores y la pobreza que abruma. Un reino, que reflejado en el espejo del cielo, es Tíbet, y que a los pies de Nepal tiñe de blanco el horizonte en un sendero de cimas inalcanzables. Un reino de mil nombres, y todos uno: la tierra de los pasos de montaña, la tierra de los lamas, la tierra de nieve, la tierra lunar, pequeño Tíbet, el shangri-la perdido...
     Un antiguo reino al que la historia le ha llevado a formar parte del estado indio de Jammu y Cachemira, donde pervive la civilización tibetana del Alto Himalaya (por encima de los 3.500mts), donde pervive Lhasa. Un reino que conoció el mundo gracias a la Ruta de la Seda, encrucijada de caravanas de nómadas tibetanos, comerciantes chinos y artesanos de Cachemira, erigiéndose como el caravansai más alto del mundo. Un territorio anclado en el tiempo que se abrió a occidente en el último cuarto del siglo XX, para iniciar una lucha constante entre modernidad y tradición, al convertirse en el reclamo de todos aquellos que aman tanto la paz y aventura de la montaña como la espiritualidad del misticismo budista. Quizás, los mismos deseos y ansias de cualquier ser humano que llegara hasta allí desde hace siglos. Un territorio de fe, de deseo y de esperanza, en definitiva.
     A pesar de todo lo que había leído y conocía, iniciaba un camino que me iba a deparar sorpresas, que me iba a dejar sin palabras, en el que intentaría borrar de mí cualquier etiqueta para conocer, sentir, una cultura, sus habitantes. Pensé que así me sentiría a mi mismo, o aprendería a prescindir de mí, a conocerme un poco más en el silencio. Iniciaba un camino del que sólo sabía a ciencia cierta su primera etapa: Nueva Delhi.


     India. Al bajar del avión sentimos la humedad y un olor característico difícil de definir, amargo, picante, dulce. Caos, calor y humedad asfixiante, claxon, motos, locura de coches, camiones y autocares, su presencia continua borraría la sensación de peligro. Pese al aturdimiento, tras una ducha reparadora en un hotel sacado de un catálogo de lujo asiático, un grupo de aventureros decidimos lanzarnos a las calles de Delhi: avenidas extensas, arquitectura funcional y gris salpicada por bellos templos hindúes, poca vegetación y un asfalto que poco a poco empieza a dominarlo todo. Y a sus gentes: color, miradas penetrantes, miseria, castas, personas y perros tirados por los suelos, miles de rostros que convergían en parques, esquinas... Y a los rickshaws, enclenques taxis convertidos en carromatos tirados por una bicicleta o una moto, que fueron nuestra salvación ante la deshidratación que suponía andar bajo un sol y humedad implacables. Montados cuatro en un habitáculo destinado a dos nos dedicamos a visitar la Tumba de Humayun, hermosa huella de la civilización mogol y arquitectura persa, donde la arenisca roja pugna con el mármol blanco para anteceder al Taj Mahal; pasear por sus jardines y parques y alcanzar la fundacional Puerta de la India, que simboliza su nacimiento como estado independiente, y el corazón porticado de Connaught Place. La lluvia que nos asaltó no sólo refrescó el ambiente, sino que al empaparnos, en cierto modo, nos purificó del caos y la aglomeración.
   De madrugada nos dirigimos al aeropuerto, para coger el avión a nuestro verdadero destino, las montañas de Ladakh. Sobrevolamos la cordillera del Himalaya, a más de diez mil pies de altura, un impresionante altiplano árido plegado de cimas nevadas, que, sobre las montañas, parecían limar el cielo. Emocionado, sentía la vida comenzar de nuevo.
     En un gran descenso casi vertical, aterrizamos en una minúscula pista del que denominan el aeropuerto más alto del mundo. Todo era opuesto a Delhi, desde estar rodeado de imponentes montañas a una temperatura mucho más baja que nos obligó a buscar una manga adicional. En la región habitada más elevada del mundo quedaba clara la presencia militar, por el conflicto con la vecina Pakistán, con la que se disputa la zona de Cachemira.; y muy pronto se empezaron a notar los primeros síntomas del famoso “mal de altura”, del que te informaba como prevenirlo un gran cartel en el pequeño aeropuerto. Aún así, un cielo azul de un claro intenso y diáfano por la falta de contaminación, nos daba la bienvenida.
     Una carretera en construcción (aperitivo de lo que nos esperaba las siguientes semanas) nos llevo en poco tiempo a Leh, pasando por una hermosa Puerta de entrada construida en arquitectura oriental. Una puerta que recordaba que Leh fue paso esencial en la gran ruta comercial que unía Punjab con Asia Central. Una ciudad encerrada en un valle lunar y abrazada por montañas. Nos encontrábamos a 3700 metros de altura, y el mal de altura empezó a actuar. Habría que seguir las recomendaciones: reposo las primeras 36 horas y beber líquidos para hidratarse como mejor forma de combatirlo.
     Nos instalamos en un pequeño pero céntrico hotel en Leh, dónde descansar y recuperar fuerzas ante la debilidad. Pero ni cortos ni perezosos, algunos salimos a callejear por las céntricas calles comerciales de Leh, salpicados de colores y edificios de adobe a medio construir, curiosear por los mercados tibetanos bajo mantas de yak y delicadas pashminas, observar a lo lejos el gran Stok Kangri con sus impresionantes 6.150 metros de altura (dentro de la cordillera de Zanskar), la blanca Shanti Stupa (símbolo del budismo ladakhi), caminar junto a mochileros de todas las nacionalidades del mundo y, por la tarde, ascender a la colina a cuya sombra crecía la ciudad.
     Encaramado en lo más alto de la colina de Tsemo en cuyos pies se extiende Leh, se erigía el fuerte de Namgyal Tsemo y el gran Palacio Real (Lhachen Palkhar), iconos de la ciudad y vestigio del poder del antiguo reino. Se alzaban como torre vigía de sus habitantes, presencia omnipresente desde donde mires, símbolo de la unión entre cielo y tierra que encarna la propia Ladakh. Un pequeño sendero de tierra y polvo, arena y rocas, serpenteante entre las callejuelas detrás de la mezquita en el camino que asciende al palacio real, nos permitió llegar. Una auténtica prueba de fuego y locura ante el mal de altura, que nos obligaba a recuperar el aliento cada poco, pero que sirvió para mejorar nuestra aclimatación. Decenas de banderas votivas, las lhungsta, que dispersaban oraciones budistas por el cielo, a cualquier confín de la tierra, nos recibieron. No pude evitar la sensación de que, conforme ascendía entre dunas rampantes, escalaba en la historia. En la cima, al atardecer, decidimos descansar en silencio, observando las cordilleras del Himalaya y Zanskar, bajo las banderas votivas, construyendo el inicio de nuestra propia oración que en los días siguientes desplegaríamos por sus senderos.


     Al descender, entre mani y chortens tibetanos y llamadas a la oración de las mezquitas, descubrimos en pleno centro comercial (Main Bazaar Road) y cerca del hotel, la Dzomsa, una pequeña tienda donde vendían productos ecológicos, un surtido espléndido de albaricoques secos y agua potabilizada, depurada por ellos mismos para, trayendo tu botella, rellenarla y así disminuir los residuos plásticos. Un ejemplo de la gran conciencia ecológica de estos habitantes (green Ladakh) que no sólo respetan sino valoran su medio ambiente, gracias a la cultura budista y a sus propias tradiciones. Un pueblo solidario como medio para progresar en un entorno duro y hostil.
     Al ponerse el sol, y descender la temperatura, la ciudad empezó a desaparecer. Los cortes de luz, y la aparición de las velas y las linternas por calles que empezaban a quedar desiertas, me hicieron pensar que Leh era una ciudad encantada, que se deshacía por las noches y se construía cada mañana. Una ciudad encantada que se convertiría en nuestra base de operaciones, aquél lugar al que regresar tras expediciones por las carreteras más altas del mundo a los monasterios y pasos de montaña, a las maravillas geológicas y los valles y lagos glaciares. Cualquier dirección, este-oeste-norte-sur era idónea para maravillarse, con Leh como perfecto centro geográfico, como puerta del Tíbet y del Himalaya.
     A la mañana siguiente, y a modo de un sherpa extraído de cualquier leyenda de montaña, conocimos a Skarma y su equipo de expediciones. No sólo se encargaron de gestionar los permisos y la logística para la expedición sino que, día a día, a golpe de sonrisa, se convirtieron en elementos indispensables de nuestro viaje: guías, referentes, amigos, una llave que abría cualquier cerradura, que resolvía cualquier problema.
     Nos vimos inmersos en el paisaje de Ladakh, una aridez inmensa provocada por la barrera que el Himalaya le impone al monzón, que se veía moteada por la presencia de valles fluviales del río Indo que teñían de verde los colores terrosos primigenios. Y, junto a ello, un rosario de estupas, templos y monasterios. Una tierra en destrucción y construcción, desde el punto de vista geológico y humano. Como dijo nuestra compañera Espe, no era de extrañar que la diosa Shiva fuera propia de parte de estas tierras.
     Dirigiéndonos a los monasterios de Thiksey y Hemis por las grandes terrazas fluviales del valle del Indo, descubrimos que aquí las distancias no son lo que parecen, cualquier trayecto se puede perder en el tiempo. En cada recodo encontrabas peculiares señalizaciones de seguridad vial como “Don’t be a Gamma in the land of Lama” (antiguo refrán), “Every day is the Earth Day” o “Don’t be the silly in the hilly”. Las reparaciones eran constantes, y necesarias. La naturaleza se apoderaba de las carreteras, que acababan sepultadas por los desprendimientos y sumergidas bajo cascadas de agua, consecuencia de inviernos largos y duros. En nuestro todoterreno teníamos una pequeña figura de Buda bajo el retrovisor, un elemento de protección que, visto lo visto, no era nada desdeñable. Por ello, el tiempo se había de olvidar, y lo mejor era dejarse llevar, entre los saltos de los obstáculos de las carreteras (derrumbamientos, grandes tramos sin asfaltar, baches, ríos, animales, precipicios increíbles) haciendo lo que mejor podías: perderte en el paisaje, descubrir nuevas advertencias de tráfico, imaginar, dormir, fotografiar o intentar escribir.
     El camino también me enseñó que, acompañado de geólogos, cualquier trayecto es un descubrimiento: depósitos de molasas (o molonas), zonas de sutura, morfología fluvial, glaciar, deslizamientos, cabalgamientos, fuentes termales, depósitos de sedimentos, dunas eólicas, fallas…Fue toda una experiencia contemplar su entusiasmo ante la geología del Himalaya, cómo seguían las explicaciones de Manu, cómo tomaban nota y dibujaban o recogían muestras, cómo debatían y analizaban un paisaje que poco a poco adquiría otra lectura para mí, aprendiendo a leer en las montañas, en sus pliegues y valles, la historia de la Tierra.

     Decía Tagore que, cual si fueran anhelos de la tierra, los árboles se ponen de puntillas para asomarse al cielo. Y cerca del cielo, asomándose a él, encontramos los monasterios. En una de las antiguas disciplinas del budismo se creía que el sonido de cada sílaba de una palabra correspondía a una divinidad, y que éstas adquirían formas al ser pronunciadas, como si se tratara de magia o un estado de posesión de los sentidos. Por ello, los monasterios no son sólo un templo, sino un conjunto de edificaciones con simbología propia dirigida a preparar el paso hacia la iluminación y el Nirvana, con lo que, independientemente de aquéllos que hubieras visto, siempre había algún elemento que te sorprendía o intrigaba. En Hemis, hábitat del famoso leopardo de las nieves, el monasterio se encontraba en la cima de una pequeña colina entre montañas de 3700 metros de altura, con un bello patio central de madera pintada que daba paso a una impresionante representación de diez metros de Guru Padmasambhava, “el nacido del loto”, introductor del budismo en el Tíbet en el s. VIII. Thiksay recordaba el Potala de Lhasa, situado en un promontorio rocoso con impresionantes vistas del valle. Contemplar sus doce plantas, revocadas de blanco y rojo en sucesivas terrazas, los 15 metros dorados del Buda, decena de templos y chortens, cortaba la respiración. Pero, sobre todo, observar a los monjes budistas, muchos de ellos niños que correteaban y jugaban por los rincones del monasterio; o a una niña acabando su desayuno mientras entraba despacio la luz por la ventana en la cocina.


       Los monjes, mirando en silencio los valles y las montañas, parecían recordar el triste éxodo de los tibetanos a través del Himalaya tras la invasión china. Los templos, las ruedas de oración (khorten), las máscaras de los demonios de la mente, todo resultaba remoto y desconocido para quienes sólo habíamos imaginado aquellas grandes cumbres. De ser anterior al conocimiento. A pesar de mi experiencia en Nepal, me sentía extraño, como ajeno a un lugar al que parece que le vas a arrebatar el silencio y la paz con tus pasos descalzos.

     Al día siguiente, bajo un vasto cielo despejado, salimos hacia Khalse por el Indo, en un trayecto que obligó a múltiples paradas para analizar la unión del Zanskar con el Indo, terrazas fluviales y deslizamientos. En palabras de Roy, el territorio de Leh parecía un lugar primigenio, como en el mismo día de la creación. En los pliegues del terreno se veía el rastro del desplazamiento de los continentes: cómo se desgajaba de África la península del Indostán, cómo chocaba contra Asia, con cósmico estruendo, y cómo hacía emerger el Himalaya del fondo del océano a causa de la tremenda colisión. Si dirigías tu vista a la cordillera de Zanskar, intuías su formación por capas de sedimento provenientes del fondo oceánico, y cómo la cordillera o batolito de Ladakh, entre las colosales cordilleras del Karakorum y el Himalaya, afloraba del granito nacido del gran calentamiento generado por el choque entre las dos placas (Indostán y Asia). La zona de sutura entre las dos placas discurría al sur del valle del Indo, creciendo en altura mientras que el agua, el viento y el movimiento de los glaciares continúan hoy día configurando el paisaje que vemos. Una lección viviente, real, de la historia de la tierra.


     En esta tierra, donde empieza y acaba el cielo, llegamos a Tingmosgan, antigua capital del bajo Ladakh a más de tres mil metros de altura, en el corazón de un verde valle fluvial. Comimos la que sería nuestra dieta habitual en los días de montaña: un huevo duro, una patata asada, un sándwich, una chocolatina, una pieza de fruta y un zumo; y mientras mis compañeros se encaminaron a un trekking para analizar granitos y una serie metamórfica, opté por conocer la aldea y ascender a su alto promontorio, en cuya cima se encontraba el monasterio y restos de una muralla. Al llegar, una anciana se apiadó de mí y me abrió el templo mientras rezaba sus mantras. Descendiendo, por un camino de cabras poco transitado, me sentía como si no existiera nada ni nadie, salvo mi propia respiración y mis piernas cansadas.
     En la aldea, bajo los árboles, fui testigo de la llegada de niños pequeños de un colegio cercano. Gritos de niños son los montes, que levantan sus brazos porque quieren estrellas, decía Tagore. Un joven holandés que los acompañaba me explicó el voluntariado para turistas extranjeros, senderistas o montañeros, que quisieran dedicar un tiempo de su viaje a enseñar a los niños ladakhies a aprender a leer y escribir, en remotas escuelas. Me pasó la dirección dónde localizar las escuelas y ofrecerse como voluntario, mientras señalaba el lema de la escuela del pueblo: education is the creation of sound mind in a sound boy, a journey of a thousand milies begins with a simple step. Me emocioné, y esa noche me quedé durmiendo pensando que algún día debería volver para ayudar a esas escuelas.


    Tras despertar, nos esperaba el valle de Yapola y el Monasterio de Lamayuru, el más antiguo de Ladakh y uno de los más impresionantes de toda la región, protegido por altas montañas nevadas. Esta tierra lunar nos proporcionaría una nueva clase de geología: gigantes estratos sedimentarios cabalgaban, uno sobre otro, mostrando los erosiones causadas por las glaciaciones cuaternarias, y, en medio, la carretera ascendiendo por encima de los 4000 metros, con frecuentes controles militares donde era indispensable tener siempre a mano el pasaporte.
     La leyenda más conocida de los habitantes de Lamayuru decía que un gran lago ocupaba el fondo del valle donde actualmente se encuentra el monasterio. Madyamika, que era un seguidor de Buda, llegó volando, aterrizando en una pequeña isla que existía en medio del lago y extendiendo los brazos profetizó: “llegará un día en que, exactamente aquí, se erigirá un gran monasterio”. Acto seguido sembró unos granos de trigo en ofrenda, y con sus poderes abrió una brecha profunda en la montaña que se llevó las aguas del lago permitiendo así que los pastores nómadas se instalaran allí para cultivar tierras fértiles en una región previamente inhóspita. Así nació el monasterio más antiguo de Ladakh, que recibió el nombre de “tierra de la libertad”, Tharpa Ling, porque en el pasado buscaban refugio espiritual y arrepentimiento los delincuentes y criminales del reino. Imbuidos de historia, que no todo iba a ser geología, iniciamos un trekking a Wanla, con una ascensión que casi agotó nuestras fuerzas, y un descenso por un cañón que nos premió con un baño de pies en el Yapola.


      Conseguimos continuar hasta Alchi, donde visitamos los monasterios del mismo nombre y Likir. Alchi nos sorprendió por sus hermosas pinturas que se remontaban al primer budismo ladakhi, siglos XI y XII, con un arte diferente al tibetano y gran influencia del estilo de Ghandara, una antigua provincia del norte de la India ahora en territorio de Pakistán. Un importante lugar de contacto entre Oriente y Occidente, con un estilo artístico propio, mezcla del ideario budista y el arte griego, al ser paso de caravanas de la ruta de la Seda. Likir, del s. XV, te recibía con una estatua gigante de Buda, de 23 metros de altura. Se construyó en el lugar exacto en el que, según la mitología local, descansan los cuerpos de dos grandes reyes Naga (dragones semidioses que vigilaban el curso de los ríos en la mitología hindú); que yacen formando un círculo, razón por la cual el territorio se denomina Lukyil o Likir, que significa “círculo de los espíritus del agua”. En ambos, las ofrendas de mantequilla roídas por los ratones; las pinturas murales que se desconchaban y deshacían por la humedad y el paso del tiempo; las pequeñas lámparas de aceite que prendían las llamas que expresaban el anhelo de visión, de conocimiento, de protección, iluminando de forma tenue las estancias; te daba la sensación de que allí, en la montaña, empieza y termina todo.
     Los días pasaban sin un fin, y tras un breve retorno a Leh, nos encaminamos al Valle de Nubra. Abierto a Occidente sólo desde 1994, para llegar a él debías atravesar el paso de montaña de Khardong-La (5.400m), el más alto del mundo. Un paso al cielo. La falta de oxígeno empezó a jugar malas pasadas a algún compañero, por lo que tuvimos que marcharnos rápidamente, pero los breves minutos que estuvimos allí, rodeados de motos, banderas votivas, fotografías rápidas en las señalizaciones, me conmovieron tremendamente, sentí rozar el cielo ante los ojos entusiasmados de cientos de montañistas, comerciantes, militares, guías, nómadas. Todos queríamos guardar este momento, respirando el poco aire que entraba en nuestros pulmones, buscando un lugar en el que dar un giro sobre nosotros mismos para abrazar el cielo, como en la cima del mundo. Sentirte de la montaña.


     Bajar era toda una experiencia, mientras te debilitas por la emoción y el mal de altura, atrapado en las mil y un curvas de una carretera pedregosa y rodeado por la impresionante cordillera del Karakorum. El valle estába atravesado por el río Shyok, y conectaba con Kashgar en la ruta de la Seda. Con un poco de suerte, podías ver el Saser Kangri, la cota más alta de Ladakh (7.023 m.). El Nubra se une a Shyok cerca de Diskit y fluye hacia el norte para finalmente convertirse en una parte del Indo. Como estos dos ríos, el pueblo y su historia también fluye en paralelo, manteniendo sus identidades: el valle de Nubra es sobre todo budista salpicado de pueblos musulmanes y el Shyok es sobre todo musulmán salpicado de pueblos budistas. Monasterios, chortens y mezquitas destacaban la síntesis cultural de tierras paralelas.
     Dormimos en Tigger, una pequeña aldea junto al río Nubra, que nos ofreció una representación de danzas tradicionales de mujeres del pueblo. Ataviadas con sus trajes típicos: goncha de lana con fajas de colores, una capa de piel de oveja y botas de fieltro, así como los gorros típicos de piel de cordero denominados peraks, adornados con líneas de turquesas, sobre un cabello recogido en pequeñas trenzas; iniciaron el baile. Las bailarinas se colocaron en un semicírculo, y acompañadas por los instrumentos tradicionales (surnas instrumento de viento típico muy parecido al oboe, y tambor), bailaron con pequeños pasos, siguiendo la cadencia del ritmo de la música. Cada paso en la danza parecía tener un significado propio. Bailaron y cantaron, alrededor de un fuego unificador, tanto para nosotros como para ellos, ensalzando el camino de la vida, el de los pequeños gestos y grandes pasos, el de la cercanía más allá de razas y culturas.
    Con el aroma del fuego, los ecos del tambor y una improvisada clase de historia de España, pasó la noche que nos dio la fuerza necesaria para afrontar al día siguiente el trekking sobre cornisas rocosas hacia Ensa. Las rutas las fijaron con seguridad tanto nómadas como comerciantes, por lo que cada paso era observar huellas de la historia. En cada ruta añadíamos una piedra a los pequeños amontonamientos del camino (the-gor); era lo que se solía hacer para dar gracias por haber llegado hasta allí y poder continuar nuestro camino. En Ensa coincidimos con el Festival de las Flores, y, mientras esperaba la llegada de mis compañeros, conseguí entrar en la estancia en que las mujeres se vestían con sus ropas tradicionales para ejecutar nuevas danzas. La delicadeza de los gestos, las miradas furtivas a la cámara, las sonrisas al cruzar las miradas, el frágil ritual del vestir, las manos entrelazadas al ceñir las telas de mil colores, la suavidad al colocar los adornos que salpicaban los vestidos como las flores en los prados en primavera… faltan palabras, sólo se necesitaba respirar. Y eso, a veces, es suficiente.


     La presencia del Himalaya se notaba en sus rostros castigados por la altura, de piel agrietada y oscura, adaptados a la altitud, con cabello azabache y ojos muy rasgados, en niños de expresión radiante que correteaban por las montañas. En sus rostros había arrugas de viento, sol y nieve. Tranquilidad, bondad, saber vivir con poco, espiritualidad. Contaba Juan Luís Salcedo que hasta hace pocos años no lavaban nunca la ropa, por lo que enseguida adquiría un tono oscuro. Una vez al año, al principio del verano, existía un día señalado para lavarse, tirar la ropa que se había llevado durante todo el año y ponerse ropa nueva. Era un día de fiesta, ya que no sólo cambiaba la ropa de color, también cambiaba el de las personas, abandonando los rostros el tono marrón oscuro de la suciedad, grasa y hollín, para pasar a lucir unas mejillas sonrosadas. Pese al arbitrio de la geopolítica, eran tan tibetanos como los ciudadanos de Lhasa, y tan de la montaña como la cima al cielo.
     Avanzamos en una carretera ascendente hacia una empinada cima rocosa junto a un abismo vertical, donde se situaba el Monasterio de Deskit. Con 700 años de antigüedad estaba dedicado a Maha Kaal, en cuya representación encontramos restos del cuerpo de un joven guerrero mongol. Según los lugareños, un demonio mongol se alojó aquí, y a pesar de ser asesinado se creyó que volvería por su cuerpo, por lo que su cabeza surcada y su mano se ofreció a Buda. Dejándolo atrás, entre los pastos verdes de la vega del río y protegido por los acantilados del valle, nos sorprendimos encontrando un territorio de dunas de arena. En este desierto eólico con vegetación de oasis, podías montar en camellos de doble joroba, herederos de los que se usaban para las caravanas de la ruta de la Seda. Quise alejarme hacia una gran duna solitaria, y me sorprendí buscando las huellas de los camellos en la arena, de los comerciantes, de la gente de la montaña, de mis propios pasos, y recordé esa hermosa definición de poesía que nos enseñó Martín Garzo: mucha gente no sabe que la poesía no está en el mundo enfático de las grandes declaraciones y los grandes gestos, sino en las huellas casi imperceptibles que sobre la arena del tiempo dejan los cuerpos que amamos. Y en estas dunas formadas por la arena de tiempos inmemoriales, de la propia génesis de la tierra, quise abrazar desde el pensamiento a la gente que quiero. Y el tiempo se paró, dejó de ser arena.


      Dormimos en una pequeña pensión con unas vistas espectaculares al valle, bañados por una preciosa luna que anunciaba su plenitud para el día siguiente, contando chistes sobre asturianos, gallegos y catalanes y aprendiendo de estrellas gracias a Rafa. Fue hermoso contemplar la noche en el valle, con un cielo estrellado como nunca se ve en occidente. A menudo los días tienden a suceder en el pasado, sin embargo, la noche tiende a amar sobre todo a aquellos que construyen su casa en el presente. Las palabras de Lanseros hablaban de nosotros mismos, hablaban de cómo en dos semanas habíamos construido un presente juntos, en el descubrimiento, en los pasos del trekking, en las conversaciones interminables al anochecer. El tipo de vínculo que la noche tiende a amar, y que quisimos trascender a los días y las distancias.


     En el nuevo retorno a Leh atravesamos otro paso de montaña, el Agla-La (5200 m), por un trayecto muy poco transitado, vadeando afluentes, zonas verdes de pastoreo para rebaños de yaks, huidizas marmotas y unos paisajes increíbles en las antípodas de la tierra lunar. Casi en la cota del paso observamos a monjes recogiendo hierbas medicinales. Era la arqueología de las montañas, la que habla de sus gentes, de susurros, del planeo de águilas, del pacer de los yaks…En Leh, tras la ansiada ducha, buceamos hasta el anochecer en plena festividad de la luna llena entre los mercadillos tibetanos, aventurándonos entre casas de adobe que se amontonaban en filas sucesivas, casi desplomándose; entre tiendas con postigo de madera y fabricantes, artesanos, comerciantes que te sonrían al pronunciar if you happy, me happy.

     Al día siguiente iniciamos el largo camino hacia los lagos, a través del río de la luna, el Chandar, y cruzando otro paso de montaña, Namshang La (4970m). Se trataba del territorio de Changthang, la zona de más altitud dejando de lado las cordilleras, por encima de los 5000 metros. Un altiplano habitado por los nómadas, bordeando Tíbet y China, donde se podía encontrar fauna salvaje e impresionantes lagos a gran altura, como Pangong Tso (Tso significa lago), Tso Moriri o Tso Kar. A medio camino, nos detuvimos a comer en un prado verde donde se había instalado un poblado nómada. Quedamos atrapados por los juegos de los niños y por un estilo de vida autosuficiente. Era fácil imaginar a estos pueblos de montaña contando sus secretos a los campos, escondiendo en ellos sus recuerdos, sus certezas, su memoria; en montañas que velaban su sueño. Estoy seguro que en ese momento, ante las sonrisas de los niños y los gestos amables de sus mayores, más allá de la dureza y la pobreza de su día a día, alguno pensamos en ser nómada, haciendo de nuestra experiencia rumor de montañas. Aunque, quizás, muchos ya lo éramos, pero regresando a nosotros mismos, en el presente más allá del tiempo, más allá de donde camináramos. El viaje lleva en su seno ese regreso a uno mismo.

     Tras una breve parada en el Lago Kyooasgar, donde Manu nos aleccionó sobre depósitos y geomorfología lacustre, llegamos a nuestro primer destino: Tso Moriri, un lago del que del reflejo de sus aguas se alzaban pendientes de nieve hacia el cielo azul. Poseía un pueblo Korzok, con población nómada asentada, y un pequeño monasterio. Entramos en el pueblo con las últimas luces del día y llegamos al campamento, prácticamente de noche, observando el cielo estrellado, teniéndolo tan cerca, casi tocándolo. Pero estar a cinco mil metros de altitud también tiene sus inconvenientes, como dormir en una tienda de campaña a casi bajo cero en la que me despertaba cada media hora con la sensación de falta de aire. Y como a las cinco amanece en el Himalaya, Aida y yo marchamos a la orilla del lago a sentir la caricia del agua sobre la arena y las pequeñas piedras, mientras que el sol que ascendía bañaba nuestro rostro. La vida se iniciaba de nuevo, y con ella nuestro camino. Antes de salir fuimos testigos de la llegada de las tribus nómadas, changpa, al monasterio. Se dirigían a una festividad en el templo, por eso algunos venían rezando con sus instrumentos de meditación (pequeños manikhor, molinillos de oración). Unos niños, de sonrisa y ojos enormes, se acercaron rápidamente a nosotros y nuestro compañero David aprovechó la oportunidad para repartir bolígrafos de colores que había traído como regalo. Nos escribieron en inglés las palabras que habían aprendido en escuelas remotas. Aún conservo el pedazo de papel con el dibujo de una flor bajo la palabra sunflower. En el pequeño monasterio se oía a los monjes tocando las trompas (raktung), con un sonido antiguo, ronco; el sonido de campanas ceremoniales que acompañan las plegarias, los mantras recitados. Ese sonido ancestral parecía indicarnos que había llegado el momento en que nos convertíamos en una persona de las montañas: alguien que sólo se sentía en paz cuando la tierra se elevaba y caía una y otra vez como las olas del mar.


     El camino, entre marmotas, águilas y cuervos y un nuevo paso (Polokongka-La, 4970m), nos llevó hasta Tso Kar, cuyas aguas eran más verdes en su tonalidad, y saladas. También poseía un pequeño pueblo, Thukje, con un monasterio. Tras una noche de lluvia y nieve, amanecimos en un despertar blanco. Las montañas que rodeaban el lago aparecían nevadas y tras la tienda nos esperaba una alfombra blanca que poco a poco fue deshaciéndose con los primeros rayos de sol. Manón nos dirigió en ejercicios de estiramiento que se convirtieron en una costumbre antes de desayunar. Todo invitaba a cabalgar por sus cimas, y nos lanzamos a un trekking de duro ascenso. Cada repecho que subíamos pensando que sería el último nos quitaba la razón, y comprobábamos que más allá había una punta más elevada. Así que, tras horas de ascenso, convertimos un collado en nuestra cima, a más de cinco mil metros. Descansé en el improvisado altar de oraciones al viento que creamos la avanzadilla, y miré con tranquilidad el lago a mis pies y las montañas que me rodeaban. Respiré profundamente e intenté no olvidar el momento, porque este era el sentido de mi viaje, la paz y comunión con la naturaleza. Como dijo Matthiessen en El leopardo de las nieves, “la intensidad del silencio en este lugar es una señal de que aquí los seres humanos están fuera de lugar”. Un lugar sin geografía. Un lugar, en palabras de Amos Oz, donde el aire suave transformaba completamente todos los sonidos. Ni siquiera el grito más terrible rompía el silencio sino que, cómo decirlo, se unía a él.


     Tras un descenso incluso más duro por pedregales de pendiente casi vertical, conseguimos llegar al campamento. Después de una cena tibetana con una sopa de verduras que revivió nuestros cuerpos, poco más quedaba por hacer en la fría noche del Himalaya, salvo una animada tertulia sobre viajes, cine, familia. Nos encontrábamos acampados a más de cuatro mil trescientos metros de altitud y las noches eran el silencio pleno. Tan sólo unas pequeñas hogueras que quemaban excrementos de yak fueron testigos de nuestro sueño.
      El último regreso a Leh fue por el segundo paso más alto del mundo, el Tanglang-La (5328 metros), atravesando chortens perdidos en valles, en cuyas laderas verticales cabras salvajes desafiaban la gravedad, y dejando atrás los campos que, regadas por el agua canalizada del río, daban vida y pastos a esta dura tierra. Nos esperaba un regalo final, un rafting en la confluencia de los ríos Indo y Zanskar. El Indo nace en el sagrado Kailás y desemboca en el Mar Arábigo después de recorrer más de 3.500 kilómetros. Recibe el nombre ladakhi de Sengge Kabab, “el que huye de la venganza del león”, ya que, según narra una tradición popular, sus aguas nacen de la boca de un león. El agua fría no era nada comparado con el paisaje espectacular a ambos lados de la ribera del río y nuestras risas cuando la fuerza de los rápidos nos empapaba de agua completamente. En los tramos tranquilos, nos dejábamos llevar por el lento fluir de sus aguas, poco importaba el sol que ardía en nuestra piel. Introducir el remo en el agua terrosa parecía un gesto casi místico, pues cada onda que producíamos era un recuerdo de la historia que sus aguas han contemplado durante milenios, desde el albor de la civilización.


     Cuenta Roy que en las montañas el cielo se halla circunscrito. Todo su fluido azul cabe en la palma de una mano, cuyos dedos son las montañas que nos rodean. Saber que teníamos que dejar ese cielo, las montañas, nos convenció de organizar una cena de despedida con nuestros guías, Skarma y su equipo, quienes nos dijeron adiós colocándonos la tradicional cata, ese trozo de tela pálida que sirve para dar la bienvenida, pero que en este momento adquirió valor de amistad, de protección en nuestro nuevo viaje. El regreso a Delhi quedó teñido de tristeza, por abandonar los amigos, las montañas, la claridad del cielo, la cercanía de los tibetanos, el silencio… y preveer el caos, el ruido, el ajetreo y la humedad del próximo destino. Pero todo forma parte del camino, y con las mochilas (físicas y emocionales) a rebosar, nos encaminamos al avión rumbo a Delhi y Agra.
     No hay, en ninguna parte del mundo, una realidad fácil de entender. Y bajo esa perspectiva había que conocer Agra, una ciudad que conectaba dos extremos: el impacto y el asombro, el sonrojo y la tristeza. Maraña de callejas. Niños pequeños que juegan entre montones de escombros compartiendo espacio con bueyes y vacas que devoran todo tipo de basura. Niños en cuyos ojos se adivinan sueños, quizás sueños más sencillos que los nuestros, pero más reales. La magnificencia del Fuerte Rojo. Calles que forman laberintos, entre suciedad, desagües, colores de sharis, perros con lepra tirados por el suelo, ancianos desvalidos tumbados en maderas entre los escombros, un peluquero pelando a un niño bajo la atenta mirada de su madre, una vida que discurre ajena a nuestra percepción de la pobreza y miseria. La India cruda, la antigua India que se destila en cada barraca olvidada del mundo.


     Detrás de la niebla, el caos y la basura, sorprende encontrar el Taj Mahal escondido en el corazón de Agra. Mentiría si dijera que no estaba excitado, con una ilusión tremenda por ver, por tocar con mis manos, un edificio que no sólo es huella de historia y arte, sino emblema de mis sueños de infancia, de lo exótico que representaba la India y Oriente en mi educación literaria y cinematográfica. Por sus muros paseaban en mi imaginación Emilio Salgari, Las cuatro plumas de Mason, E. M. Foster, Beau Geste, Lord Jim de Conrad, Errol Flynn, Peter O’Toole, Gary Cooper… Con los dedos toqué su perfección, su poesía hecha arte, rocé cada filigrana que formaban flores de una pureza lejana, y regresé a mi infancia, donde los sueños podían hacerse realidad. Como ahora, en ese roce tembloroso de mis dedos.


     Desde el muro perimetral, junto a los minaretes, descansamos observando el río y los miles de personas de todos los rincones de la India y el mundo que caminan sobre el mármol. Dicen que las vacas en India rumian todo lo que sobra, incluso el tiempo, y eso es lo que nos faltaba, tiempo. Tiempo para asumir, tiempo para retener, tiempo para pensar, imaginar. Y, sobre todo, tiempo para despedir, en silencio.

     El cielo que me contempló en las montañas, y acarició mi rostro en cada ascenso; el rumor de los rezos que serenó mi espíritu en monasterios perdidos; y las miradas de los ladakhies que me sonrieron el alma, es ya una historia. Pero no es fácil llenar el silencio con palabras. Cuando llegue el invierno y todo quede sepultado por la nieve y el hielo, mientras se retrasa el mundo, posadas sobre la arena y las piedras del Himalaya, reposarán mis sueños, allí, donde encontraron cobijo.
    Con el paso de los días ya no quedará huella de mis pasos, ya no se harán eco mis palabras en los valles, ya no se sentirá mi respiración al subir las montañas, pero allí seguirá real, humilde, Ladakh. Y, con ella, la parte de mi mismo que descubrí en su seno, en el silencio. Y así la recordaré, recordaré los senderos, los pliegues de la tierra, acariciado por el viento, cerrando los ojos ante la imagen de una sonrisa sin nombre que me diga: ¡Julley!. Y serán montañas lo que mis palabras pongan en tu nombre.
ÁLVARO