jueves, 30 de abril de 2015

LOS ÚLTIMOS PERROS DE SHACKLETON



 Por diferentes motivos se marchan los hombres a los confines abandonados del mundo. A algunos les impele solamente el afán de aventuras, otros sienten una intensa sed de saber, los terceros obedecen a la seductora llamada de unas voces quedas, al encanto misterioso de lo desconocido que les aleja de los senderos rutinarios de la vida cotidiana”.
Ernest Shackleton, 1901.

“Dadme el invierno, dadme los perros y quedaos con todo lo demás”.
R. F. Scott:

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.
Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

(Las razones del viajero Luís García Montero)

A mis compañeros de expedición, Susana, Felipe,Begoña y Carmen. 
A nuestros guías, Jéremy y Griselda, auténticos musher 
robados al tiempo.
A Moka, Kieli, Socks y Arrow, que me domesticaron 
y me enseñaron a amar aún más la naturaleza.
A la memoria de Musti

¡¡Alleeeez Moka, Kieli, alleeeeez!! Cierro los ojos y aún siento el frío en mi cara, la velocidad, el ladrar de mis perros, mi reflejo en sus ojos, sus huellas sobre la nieve. Líneas sobre un mapa desconocido de soledades blancas. La luz especial del final del invierno ártico. Y nada más. Nada más salvo la taiga, los bosques y lagos helados, el silencio…

            Cuando el recuerdo aún tiene el color blanco, el olor a mis perros, a hoguera, a trineo, a bosque, empiezo a escribir. Y al hacerlo me doy cuenta una vez más cómo al llegar, mientras repaso mi diario de viaje, lo que contiene la maleta es lo que somos, y lo que recordamos es lo que desearíamos ser. Pero eso forma parte del viaje, y del camino.
            Siempre sueño con el blanco. Por muchos viajes que haya hecho a las latitudes árticas, por muchos territorios que haya recorrido por el Gran Norte, siempre tengo la necesidad de volver, de descubrir rincones, de andar por caminos que nunca pensé que podría alcanzar. Gran viaje o pequeño viaje, lo importante es el espíritu nómada y la necesidad de sentir el silencio blanco. Y no necesito una excusa, tan solo una oportunidad.
            Y la oportunidad vino de mi familia de Alaska y los compañeros de Tierras Polares y Norwide. Familia, sí, porque eso supone para mí Felipe, Begoña y Susana tras tantas experiencias juntos. Ellos me tendieron la mano para formar, junto a nuestra montañera Carmen, la nueva expedición al blanco. Poco sabía sobre lo que me esperaba, sólo el lugar, el círculo polar finlandés; y el medio, la conducción autónoma de un trineo de perros. Pero donde termina el conocimiento, empieza la imaginación.
            No necesitaba nada más. El recuerdo, en mi infancia, de lugares sin mapa, sin tiempos, de auroras boreales y caminos helados, de taiga y ecos de la llamada de la naturaleza que cantaron Jack London o David Crockett, hizo el resto. Sentir la naturaleza como lo hicieron los viajeros árticos y antárticos del siglo pasado. Alcanzar, recordar un mundo en el que una vez creí. Recordar a Amundsen, a Peary, a Shackleton.
Shackleton: Ben Clark, un enorme poeta del que tomé el título que da nombre a esta narración, lo define como un ser enamorado, un desastre sentimental que en su sueño de cruzar la Antártida de punta a punta a través del polo quiso unir por unir, un mar y otro mar, conectados por el sencillo deseo de la propia unión, mientras el Endurance se aplastaba poco a poco en el hielo. Y para ello, para vivir en un lugar incompatible con la vida, decidió, como hizo Amundsen en la carrera al Polo Sur, llevar decenas de perros, como parte del sueño, a pesar de su trágico destino. Shackleton, cuyo legado sería hacernos entender que las fuerzas hostiles del mundo pueden ser domadas, que no hay más que enfrentarse a las olas, plantarle cara al viento, que el frío es una palabra muy pequeña en casi todos los idiomas, pero el amor y los sueños, en cambio, no entienden de distancias ni de rumbos, ni los planes sirven para nada.
Como Ben, como Shackleton, no quería renunciar al espacio del sueño. Y me lancé a la aventura, al sueño del trineo de perros, de la expedición en la taiga ártica, sin planes y sin distancias. Con la necesidad de recordarme que es necesario atravesar las fronteras de nuestra razón, todo eso que somos y no cabe en lo real. Con la necesidad de recordarme algo que se nos olvida a menudo, que hay algo que debemos saber hacer: vivir.

Así que abrí maletas para alcanzar coordenadas del círculo polar ártico, hacia parques naturales que no conocen fronteras políticas, hacia la Laponia de los Sami, hacia la frontera rusofinlandesa. Nos esperaba una de las reservas naturales más salvajes y exóticas del planeta, y no podía evitar imaginar en mi mente, cada noche, esta tierra de frontera para el hombre: la Terra Ultima, la mítica Thule, como se denominaba en la antigüedad las frías tierras del Norte, donde el mundo se acababa. No podía evitar recordar cómo pasaron por allí los viajes de exploración en busca de nuevas rutas y de los pasos noreste y noroeste. Cómo, desde que se tiene memoria, hace más de cuatro mil años, sus gentes ya utilizaban trineos, amaestraban perros y eran grandes cazadores respetuosos con la naturaleza
            Y con ese pensamiento, Susana, Felipe, Begoña, Carmen y yo, nos vimos atrapados por el viento del norte, volando hacia Kuusamo. Ya en el vuelo contemplamos enormes extensiones blancas, rotas por ríos, lagos helados o bosques de coníferas. Eso excitó aún más nuestras ganas de aventura. Y las bajas temperaturas al salir del avión no hicieron más que aumentarlas. Además, estábamos rodeados por un grupo numeroso de expedicionarios que parecía convertir a Kuusamo en territorio fronterizo con lo salvaje. Allí nos esperaba el equipo de Norwide para trasladarnos al parque natural de Hossa (en el idioma sami Huossa significa “un lugar lejano, salvaje”), al norte de Kainuu, durante más de una hora en coche, rodeados por un relieve de origen glaciar y lacustre. Este sería nuestro punto de partida.


            A uno le cuesta imaginar que en medio de la nada, entre grandes extensiones de un paisaje blanco infinito, tan sólo alterado por una carretera secundaria que intenta no ser engullida por la nieve, existan instalaciones como las del centro base de Norwide. A las puertas del parque, a cien kilómetros de cualquier núcleo de hábitat, encuentras un pequeño hotel, con su bar restaurante (epicentro de la vida social en muchos kilómetros a la redonda, como pudimos comprobar), sauna, cabañas, motonieves, gasolinera…Tras instalarnos en una cabaña (mökkit) al pie de un lago helado conocimos a Jéremy, un joven francés que sería nuestro guía (y, con el tiempo, un gran amigo) para la expedición. Él nos informó en líneas generales del itinerario, de las condiciones, de las instrucciones para el día siguiente de iniciación con el trineo…Con el corazón exaltado fue muy difícil dormir, a pesar del cansancio, así que Susana y yo aprovechamos para compartir experiencias, sueños, y mirarnos hasta la madrugada felices del reencuentro y de la aventura que nos esperaba.

Cuando abrimos los ojos a primera hora ya descubrimos cómo esta región remota guardaba el secreto del silencio. Se dice de los finlandeses que viven el silencio como ningún otro pueblo de Europa, y pudimos dar fe. Y más teniendo en cuenta lo escandalosos que somos para hablar la mayoría de los españoles. Al abrir la puerta de la cabaña, un hermoso manto blanco lo cubría todo. Aquí, durante el invierno, los árboles se cubren de hielo y nieve adoptando formas caprichosas, cual gigantes que cuidaran el norte de la Tierra: los Centinelas del Ártico. Por las bajísimas temperaturas todo se hiela de una forma que en la blancura infinita nada parece existir. Pero los árboles no han muerto, sino que permanecen en pie a la espera del verano, cuando nuevamente volverán a reverdecer. Y por esa blancura fuimos dibujando nuestros pasos, con cuidado de no caer, en busca de nuestra equipación.
            Para sobrellevar la expedición en condiciones nos facilitaron ropa adecuada a bajas temperaturas y nieve con la que complementar la nuestra: una parka/anorak que nos venía enorme pero que era una bendición los días de frío y ventisca; unas botas dobles (tipo Sorel, con un botín interior de forro polar) que debían ser de una talla más, con el objetivo de que entraran sin problema dos pares de calcetines y sobrara espacio para que bailara un poco amortiguando en las actividades (y así se pudiera generar la cámara de aire que debía proteger nuestros pies); unas manoplas dobles con la misma filosofía, para ponerlas encima de nuestros guantes finos; y dos petates impermeables para colocar toda nuestra ropa y pertenencias que llevaríamos en el trineo.




  Ya preparados nos dirigimos hacia la granja de perros, a una media hora de trayecto. Norwide es un centro que alberga una granja de perros para actividades en la nieve, preciosos ejemplares de husky, alaskan malamute, samoyedo, groenlandés y seppala siberiano. Reciben la mejor de las atenciones y eso se ve en sus ojos, en la complicidad con quienes están con ellos en su día a día. Y eso es gracias a un fantástico equipo del que formaban parte Jeremy, nuestro guía, y Griselda, su ayudante. Ambos estaban esperándonos para darnos unas sencillas instrucciones que se resumían en una: nunca quites el pie del freno cuando el trineo esté parado a menos que hayas puesto el ancla (un gancho de acero unido al trineo por una fuerte cuerda y que al clavarse en la nieve o el hielo permite mantener el trineo firme y quieto). Si se te olvidaba, no había mayor problema, una sola vez que se te escapara el trineo y acabaras rodando por la nieve serviría para que no volvieras a olvidarla. Son perros que llevan en sus genes esa necesidad de tirar y cuando no notan un freno que se lo impida, no se detienen.
En general, cada musher (la persona que dirige el trineo) establece las órdenes según su idioma o de donde provino el aprendizaje de sus perros. De ahí que los míos respondieran antes al francés que al castellano. Lo fundamental era que fueran órdenes cortas y sonantes, y sobre todo, que siempre fueran las mismas (avant, allez, para adelante: whoa, para frenar; gauche y droit para izquierda y derecha, etc.). Y, sobre todo, poner y quitar los arneses, colocar el tiro, y el nudo para fijar el trineo a un árbol y evitar que los perros se escapen al descansar. También aprendimos diversas señas con las manos que nuestro guía podría identificar a lo lejos, para darle aviso de si todo iba bien, necesitábamos ayuda o había que parar por algo en especial. En ese punto, al mirarnos las caras, todos notábamos como se nos encogía el estómago de los nervios, y una pizca de miedo. Pero no importaba, estábamos ansiosos por comenzar y conocer nuestro tiro.
            Nos entregaron una tarjeta de asignación con el nombre y posición de nuestros perros, para que los localizáramos y memorizáramos su lugar, fundamental, en el tiro. Y, entre el nerviosismo y la excitación de más de un centenar de perros ansiosos por correr, fue el momento en que conocí a quienes me darían todo en esta expedición: Moka, Kieli, Socks y Arrow. Y casi sin darnos cuenta, con la ayuda de los monitores de la granja, salimos para una ruta de iniciación de 25 kilómetros.
            Era el último, y de mi boca apenas salió una sílaba para indicar adelante. No hubo tiempo, tan sólo un clamor de ladridos que acompañó el movimiento de mis cuatro perros que saltaban en su arnés y salieron disparados. La sacudida me arqueó, tensó todo mi cuerpo, y un estremecimiento corrió por mi espalda, mis piernas, hasta los pies, que intentaban aferrarse a los dos patines del trineo. A punto estuve de caer. Una vez en marcha, dejaron de ladrar para concentrarse en el tiro. Velocidad, nervios, pasmo, adrenalina, descontrol, emoción, miedo, alegría, aventura…No existe una sensación comparable a internarse en la naturaleza salvaje de la taiga conduciendo un trineo de perros. Mientras los animales se desplazaban sólo escuchaba su jadeo, el sonido de sus pasos y el roce con la nieve helada. A nuestro alrededor, la inmensidad blanca. Viajando en el tiempo, nos sentíamos personajes de Jack London. Y la naturaleza acompañaba: Hossa nos regalaba un territorio ilimitado de lagos, ríos, cañones y bosques salvajes de coníferas. Y con más osos pardos (Karhu) que seres humanos!
            Pero uno no podía relajarse mucho tiempo con ese tipo de pensamientos. Tras media hora de trayecto, en una curva pronunciada en zona boscosa, volqué y di de bruces con la nieve. La rapidez y fuerza de mi tiro (nunca me dieron tregua) hizo que llevara a la práctica lo que se iba a explicar en teoría y ejemplo unas horas más tarde: ¡¡cómo correr y recuperar tu trineo tras una caída!! Y lo logré con la ayuda de Bego, a quien seguía en este día de iniciación, y que unas decenas de metros delante consiguió atraparlo. Tras los nervios y el miedo a perderlo, la sensación del pequeño triunfo fue plena.
            El paisaje era hermoso: taiga blanca, abedules, píceas, pino silvestre…, todo un cinturón de coníferas que abrazaba la tierra, y hasta un urogallo que nos alteró sobremanera a los perros. Estábamos en latitudes boreales y en estas tierras del norte, las señales de tráfico, aisladas, iban dirigidas a indicar el peligro de atropellar un reno o a la circulación de trineos de perros, algo que te hacía tomar consciencia de lo salvaje de su naturaleza. Y aquí pusimos en práctica todo lo aprendido unas horas antes, básicamente no caerse. Junto a los lagos era más cómodo, solamente tenías que controlar la velocidad; pero en las zonas boscosas todo se complicaba, había que utilizar la técnica (esquivar árboles, saltos, curvas cerradas, cuestas, descensos de un gran desnivel). La rapidez de mi tiro me puso a prueba en cada momento.
            Hacia el mediodía hicimos una parada larga para que los perros pudieran descansar, y nosotros comer. Tras atar el trineo a un árbol, inspeccionamos a los perros a la vez que les hablábamos con palabras cariñosas y acariciábamos. Y empezamos a conocer a Jéremy: mientras cortaba leña, encendía con manos expertas una hoguera perfecta, calentaba la comida y fabricaba agua en una tetera a partir de nieve derretida, nos hablaba de su vida como quien tiene un árbol en el camino. Gracias a él conocimos las kuksas, unas tazas talladas en madera procedente de los nudos de los troncos de abedul, con dos agujeros en el mango para introducir los dedos y no quemarte cuando te servías directamente de la tetera depositada sobre el fuego; y los cuchillos de campo lapones, con mangos en madera o asta de reno, muy útiles para astillar la madera a la hora de hacer hogueras o para arreglar la cuerda del tiro. El fuego nacía y crecía, como desafiando a la tierra nevada, y, sentados a su alrededor, comimos y reímos.
            Una vez renaudada la marcha, fuimos adquiriendo cada vez más confianza con nuestro equipo de perros y seguimos con las prácticas: colocar el ancla, los nudos para atar, el rescate de trineos…Durante el regreso noté que mi tiro, tan alocado y veloz en cada momento, empezaba a aminorar la marcha en un trote lento. Me preocupé, pensando que se habían dañado alguna pata o que tenían algún problema, pero la explicación era mucho más sencilla, tal y como me dijo Jéremy: ¡¡no querían regresar!!!. Tras llegar a la granja, nos enseñaron una rutina que muy pronto nos sería familiar: quitar los arneses, colocar a los perros en su lugar de descanso, arreglar el trineo y dejarlo preparado para la mañana siguiente.

              
       
      Nuestra última noche en la base de Norwide antes de la expedición nos reservaba una sorpresa. Jéremy nos había aconsejado que fuéramos a la sauna para relajarnos ante la tensión del primer día, y allí que nos dirigimos. La sauna es una parte tan importante de la cultura finlandesa que no se puede comparar con ninguna otra cosa. Durante siglos, ha sido un lugar para la limpieza física y espiritual, para desnudarse en todos los sentidos de la palabra. Aprovechamos para comentar las primeras sensaciones que habíamos tenido sobre el trineo, con ilusión por empezar la expedición, pero en la sauna coincidimos con un grupo de jóvenes que participaban en una carrera sobre la nieve y que se lanzaron a bañarse en el lago helado frente la sauna, al que se accedía a través de un camino en la nieve de unos veinte metros que se dirigía a un agujero con una pequeña escalerilla. No podíamos creerlo, la temperatura exterior rondaba las diez grados bajo cero; pero no podíamos dejar pasar la oportunidad, y picándonos los unos a los otros acabamos en el agujero, cabeza incluida. A pesar de que entrar en el agua costó algo más que coraje, la conmoción inicial pasó pronto y en tierra firme la circulación hacía sus deberes y el cuerpo empezó a calentarse. Fue el contrapunto ideal al vapor de la sauna y nos hizo sentir más valientes de lo que éramos.


            Tras cenar abundantemente y un sueño reparador, nos esperaba el inicio de la expedición. Partíamos de Leveanköski. Lo del día anterior había sido una prueba, ahora empezaba el verdadero desafío: una semana lejos de la civilización en el camino blanco del norte. Íbamos a recorrer entre 30 y 40 kilómetros diarios a través de una taiga que respiraba solitaria. Su nieve, su viento y su cielo no necesitaban del hombre, pero esperábamos que nos recibiera, tolerante, como exploradores, también solitarios, que acudíamos a su encuentro. A mi mente acudían las palabras de Shackleton, que justo cien años antes escribía: “los únicos que permanecen indiferentes a todo esto son nuestros perros. Parecen insensibles al frío, se mueven indiferentes sobre el hielo y son capaces de dormir tranquilamente bajo la más fuerte de las ventiscas. Simplemente se hacen un ovillo y desaparecen bajo la nieve que se va acumulando sobre ellos,…, es esa capa de nieve que les cubre la que les aísla del viento”. (8 abril 1915).
            Pero al llegar a mi trineo con mis dos petates, no los encontré indiferentes. A la excitación de los perros había que unir los nervios de mis compañeros, el ser novato (ya no recordaba ni cómo poner el arnés), colocar el ancla, la cuerda… El entusiasmo de los perros por la salida era tal que terminaron todos aunados en un solo aullido que ahogó mi propio grito. Con las piernas firmes sobre los patines y agarrando con fuerza el pasamanos, sentí la velocidad y el frío golpeando mi rostro. La carrera inicial siempre fue frenética, los perros tenían que agotar la excitación, pero cuando el trineo se estabilizaba, entraban en un silencio hipnótico tan sólo interrumpido por sus jadeos y el sonido del patín al cruzar un lago helado o rozar las enormes extensiones de nieve. Un sonido que difícilmente se olvida.
            Ser musher no es sencillo. Uno aprende rápido que para intentar serlo es fundamental el amor, la paciencia y el respeto por tus perros; y cuando la expedición es de muchos días descubres que el vínculo que une a un conductor con su tiro es para siempre. Es algo que los perros entienden desde el principio, y uno mismo no tarda en descubrir: hombre y animal juntos en un solo y armónico movimiento. Ellos dependen de ti y tú de ellos, un equipo. Una actividad que aún conserva el misterio de esa primitiva unión que nació hace miles de años. Y los observo, para aprender de ellos, para conocerlos, para que me conozcan. Moka, fino, esbelto. Kieli, con su oreja derecha partida, más independiente (quizás porque le faltaba media lengua desde pequeño, de ahí su nombre, Kieli lengua). Ellos, en cabeza, no parecen los clásicos perros de tiro por su tamaño, pero son inteligentes, sobre todo Moka, un líder nato, que encuentra el camino sin titubear, reacciona ante un obstáculo, y siempre centra en la pista a Kieli, que parece aprender el oficio de perro de cabeza. Socks y Arrow, sin embargo, dada su fisonomía fuerte, robusta, si responden al estereotipo de perro de trineo. Son los que realizan más fuerza, rompiendo la inercia del trineo, mis wheel dog’s. Y es hermoso ver cómo en pocos kilómetros van reaccionando a mis órdenes de dirección: alliez, whoaaaa, muy bien…


            Pronto la realidad te hace centrarte en las dificultades. Susana cae y se lleva un pequeño susto en el coxis que la deja dolorida, pero las atenciones de Begoña y Felipe salvan la situación. La travesía, en ocasiones, era relajada, alcanzabas rápidamente al compañero, con paradas frecuentes, pudiendo tener alguna breve charla, admirar el paisaje y sentir la taiga; pero en otros momentos, sobre todo por la fuerza y rapidez de mi tiro, tenía que estar plenamente concentrado, anticipándome a los perros en las curvas y las zonas técnicas y así poder evitar la caída y la posible y fatídica pérdida del trineo. Pocas veces pude relajarme hasta el punto de sacar la cámara de fotos. Pero para eso estaban las paradas para comer, como en Soidensuo, dónde las hogueras de Jéremy y las comidas preparadas por las cocineras de la base (esas hamburguesas, salchichas, pasteles de atún y verduras; y los inolvidables postres de canela) nos proporcionaron la energía suficiente para seguir.



            Este día nos reservó una fuerte nevisca, y los copos de nieve pronto nos cegaron. En mis gafas se creó una fina cortina de hielo originada por mi aliento, el mismo aliento que impulsaba a correr a mis perros por la misma nieve que les vio nacer. Fue precisamente esa dureza del tiempo la que nos hizo recuperar una libertad tan antigua como el mundo. Donde miraras sólo veías una extensión infinita blanca que aparecía barrida por una versión ligera de blizzard, el viento blanco, que en su rango más fuerte abre caminos y los cierra, ciega y ensordece, ya que mientras sopla el viento nada más es audible. Como dice la tradición inuit, la nieve comparte con el viento la capacidad fabulosa de ser y no ser al mismo tiempo, de deshacerse en pocos segundos. Y sobre esta nieve infinita, que recogía en su regazo los copos del cielo, reconocíamos los caminos que durante miles de años abrieron y recorrieron manadas de caribúes, renos, osos y hombres. Caminos sobre los que ahora avanzábamos.
            La pista, al abrigo de un pequeño cañón, nos conducía cerca de la frontera fino-rusa, en plena tierra de nadie. A pesar de que el vaho de escarcha de nuestra respiración y los copos de nieve seguían cegándonos, decidimos parar justo en la frontera para inmortalizar el momento en fotografías. Aquí, quizás por el tiempo adverso, aún se podía sentir las huellas de la guerra, en el silencio y la melancolía de esa tierra de nadie.

            Poco después, llegamos a nuestro refugio, en Kavavaara (a 4 kilómetros de la frontera). El ímpetu de los perros por llegar hizo volcar a Begoña en la última curva, pero todo quedo en un susto (nos iríamos acostumbrando a las caídas siempre y cuando no perdiéramos el trineo). Aprendimos toda una serie de tareas que marcarían el final de cada jornada: felicitar a los perros, abrazándoles y acariciándoles (ellos buscan tus caricias y les gusta jugar, sobre todo los más jóvenes), quitarles los arneses (con cuidado de que los más revoltosos o tímidos no aprovecharan para escaparse, como hizo Kodiak, un perro de Bego que tardamos un día en recuperar), colocarlos en sus hileras de descanso, revisar el trineo, guardar el tiro, recoger los petates, buscar agua, cortar leña, encender fuegos, colgar a secar la ropa mojada,… Los refugios que nos esperaban cada noche eran pequeñas cabañas de madera que usan montañeros y cazadores para alojarse. A pesar de su falta de luz y agua corriente poseían cocina, chimenea y literas, con una letrina fuera y la imprescindible sauna finlandesa. En las cabañas había provisiones de leña que otros habían dejado, ya que las reglas no escritas del viajero nórdico dicen que si hay pocas provisiones, tal vez llegue luego alguien que las necesite más que tú, por lo que cada mañana, antes de partir, reponíamos la leña y acondicionábamos la cabaña para el siguiente huésped.












Merendamos con vituallas cosecha de Carmen (pan de higo, chocolate puro valor, infusiones de tomillo y bombones de queso y vino manchego!!) y nos dispusimos con la segunda parte de la rutina: alimentar a los perros. Había que cortar con hacha grandes pedazos de carne (en eso Griselda y Felipe eran profesionales consumados) y prepararles una sopa para hidratarlos, vigilando darle doble ración a los más delgados (que curiosamente siempre pensábamos que eran los de nuestro propio tiro, compitiendo entre nosotros para conseguirles más comida. Bajo la luna llena la nieve era azul, y por eso son también azules las fotos que hice a los perros mientras intentaban conciliar el sueño.










Las tareas no las sentíamos como una carga, sino como algo natural en la dinámica de la expedición, y terminada la tarea tan “dura” de alimentarlos (disfrutábamos una barbaridad dándoles de comer por ver lo felices que se ponían y cómo te lo agradecían con esos ojazos de todos los colores, lametones y aullidos), era el momento de la sauna. En días que oscilaban sobre menos diez y cinco grados se agradecía estar a 70ºC u 80ºC en la sauna. Si tenías mucho calor, salías y te refrescabas con el aire frío o la nieve. Si tenías frío, entrabas de nuevo en la sauna. Esta era la sauna tradicional, de leña, o de humo, como se dice en Laponia. Llevaba aproximadamente una hora tenerla lista (en eso Carmen era una experta), y todo este tiempo había que estar alimentando el fuego que calentará las piedras, pero los aceites y vapores que libera la madera son mucho más agradables para la piel y los pulmones. La mejor forma de acabar una jornada de trineo, y más cuando nuestro chef Jéremy y su pinche Griselda nos deleitaban con cenas que resucitaban a un muerto (desde sopas sazonadas con especias nórdicas, a salmón ahumado, guisos de las montañas de Austria o un cuscús de chuparse los dedos).



Por la noche, cuando Jéremy extiende el mapa para que apunte la ruta, mis ojos brillan de excitación. Envidio su conocimiento pleno de la naturaleza, su facilidad en orientarse y situarse sin dudar en el punto exacto de la ruta, su habilidad instintiva para la naturaleza. Parece un auténtico trampero, un David Crockett robado al tiempo. Trabaja aquí de 5 a 6 meses, en pleno invierno, desde hace dos años, en total contacto con la naturaleza. En su mirada de ojos verdes se lee mucha pasión, y siempre está ahí para una pregunta, para una ayuda, para una pequeña lección de historia. Le escucho apasionadamente, perdiendo la noción del tiempo, intercambiando recuerdos mientras voy anotando en el pequeño cuaderno que llevo siempre conmigo.



Se acercaba el corto verano de las tierras del norte, pero ahora ya no hay tantos sueños entre la nieve y la luna, parece que la modernidad y las necesidades industriales pueden acabar en cualquier momento con la inmensa taiga. El avión recorre ahora las distancias que antes cubrían los trineos, y los vehículos mecanizados poco a poco van abarcando la labor de los perros. Y uno piensa que todo puede llegar a perderse, que quizás con cada paso que da la humanidad, retrocede uno el hombre, y que la taiga llegué a ser un recuerdo en la memoria.
Taiga es un término siberiano que significa bosque entre lagos. Es un medio que solamente se sitúa en el Hemisferio Norte, de ahí deriva su nombre de “boreal”, y se extiende al sur de la tundra ártica, adornando el mundo de coníferas, abedules, alisos o chopos junto a un tapiz vegetal de arándanos, musgos y líquenes. Del mismo modo que los inuit, los pobladores de la tundra y de la taiga, muestran en sus creencias nativas una base muy importante de respeto hacia el medio natural que les rodea: la naturaleza que les permite subsistir y de la que ellos forman parte. Según este concepto religioso, no existen fronteras entre el mundo de los seres humanos, el de los animales y el de las plantas. En la mitología se habla de un Tiempo Lejano en el cual todas las criaturas (plantas, animales y seres humanos) vivían interrelacionadas entre sí, hablando el mismo idioma y con una forma parecida; hasta que el tiempo los cambió a las formas que ahora conocemos. Por ello, su gran lección, y que uno constata en cada segundo de la expedición, es que debemos respetar la naturaleza porque animales y plantas también tienen espíritu.



Los días en ruta fueron hermosos. De Kavavaara marchamos hacia el Norte y luego al Oeste, bordeando Hossanjarvi (el río de Hossan), hacia Huosivsjarvi e Ysyrjäsalmi y el lago Valkeanier. Queríamos fotografiar todo (sobre todo aquellos a los que su trineo se lo permitía, no fue mi caso, jeje, mis perros nunca estuvieron de acuerdo en frenar para que pudiera sacar la cámara) y exprimir al máximo cada experiencia. El paisaje nos atrapaba. Había algo limpio, puro, en aquella soledad que se convertía en parte de ti mismo. Como escribe Luis Pancorbo en sus relatos sobre Laponia, la pureza del aire ártico, y el aspecto cristalino del paisaje, te proporcionan una especie de purificación, una carga de blancos y azules que debes acumular en la batería de la memoria para cuando tengas que volver a la realidad urbana y rutina del trabajo. No diría que vuelas, pero andar por la nieve de abril produce una sensación de libertad, y es algo extraño al mismo tiempo, como si caminaras por espejos que sabes que no se van a romper.
Griselda iba cerrando la expedición. Durante los primeros días en que yo la antecedía, me gustaba charlar con ella en las paradas. Es una chica encantadora, que ama los perros y que destila una gran pasión por la vida. Siendo de Carcassonne, va aprendiendo castellano y nos entiende bien ya que la familia de su padre es originaria de Murcia. Llegó el verano pasado a esta zona y se enamoró de su naturaleza salvaje, así que decidió escribir a la compañía para trabajar aquí este invierno. Admiré su determinación por dejarlo todo y apostar por un sueño, como yo tantas veces he querido hacer.








El paisaje mantenía la atmósfera de un lugar perdido en el tiempo. Y cada día tomaba consciencia de la oportunidad de tantas sensaciones mientras avanzaba mi trineo. Dependía de él y pasaba horas observando mi traílla. Mirándolos uno analiza casi sin querer el ritmo del trote, su respiración, la determinación de Moka siguiendo el camino, cómo Kieli trabaja a la derecha y sus ansias de salirse de la pista, lo bien que trabajan juntos Arrow y Socks, su compenetración plena, su absoluto conocimiento el uno del otro…Los animo mencionándolos de uno en uno, en agradecimientos cortos, que seguro no entienden, aunque sí el tono, efusivo, al que responden con miradas de todo va bien. Es emocionante observar, sentir, como poco a poco saben lo que quieres, lo que necesitas, cómo responden a ello, cómo te aceptan como musher, como parte del equipo. Y, si, en esas ocasiones, como ahora al escribirlo, se escapan lágrimas por tus mejillas. Y recuerdas las palabras de Saint-Exupéry:
“”-¿Qué significa “domesticar”? –volvió a preguntar el Principito-.
-Es una cosa ya olvidada –dijo el zorro-, significa “crear lazos”.
-¿Crear lazos?
-Sí –dijo el zorro- Para mí no eres más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. No te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo.
-Empiezo a comprender –dijo el Principito-. Hay una flor… Creo que me ha domesticado…
-Es posible –dijo el zorro-. ¡En la tierra se ve toda clase de cosas….!
-¡Oh! No es en la tierra –dijo el Principito-.
El zorro pareció intrigado: -¿En otro planeta?
-Sí.”.
Yo ahora formo parte de ese planeta. Y como el zorro y la flor, fui domesticado por mi traílla, por Moka, Kieli, Socks y Arrow. Únicos para mí en el mundo, en ese planeta, en este planeta que creo a cada paso.











El día se había iniciado con una salida muy técnica y dura, una cuesta abajo, con curvas cerradas, que unido a la excitación de los perros podía provocar caídas. A los tiros fuertes como el mío fue necesario añadirle troncos de madera para que el trineo pesase más; y soltarle a los perros de atrás el ultimo mosquetón para que les cueste más el arrastre y ralentizar la velocidad. A pesar de superarlo con éxito, demostraba que había momentos en que el trayecto requería más técnica, sobre todo en zonas boscosas, y en cuestas que hay que ayudar al tiro a superar, bajando y corriendo sin soltar el pasamanos (con la dificultad de subir de nuevo en marcha). En las curvas, sobre todo en el bosque para evitar los árboles, el musher ha de inclinarse hacia uno de los patines, con su cuerpo y tirando hacia ti mismo el trineo, y con un mucho de equilibrio evitar la caída, el árbol o el obstáculo mientras los perros se vuelven y te miran como buscando una explicación.
En otros momentos, sobre todo durante los largos recorridos sobre lagos, el tiempo desaparece, y al compás de la respiración regular, y tranquilizadora, de los perros es hermoso perderse en el horizonte de una naturaleza blanca tan libre, tan salvaje, infinita. Y los recuerdos, las emociones, te asaltan e intento retener esos instantes para mi libreta, para mis palabras, para mí, para que me acojan en aquellos otros más oscuros, más vacíos, que el futuro te depara. Recuerdas que ya sólo quedan los soñadores y los adeptos a las carreras, para recorrer, aún, vastas extensiones al ritmo de antes, a ese que permitía tomarse tiempo para escuchar, contemplar y respirar esa naturaleza de la que está privado el hombre moderno. Y no dejo de sorprenderme de cómo un medio del que ignoraba casi todo, me ha atrapado y me hace sentir tan bien.

Llegando a los refugios, cerca de los lagos, los perros se muestran tranquilos, y nos miran como invitándonos a descansar. Esa tarde, el sol apareció a través del bosque, filtrando sus rayos de atardecer a través de los árboles y embarcadero, tiñendo todo de un color anaranjado intenso que nos emocionó. Y así va llegando la noche, a esperar los fuegos de zorro, revontulet, las auroras boreales. Según la leyenda, un zorro agitó su cola contra la nieve y las chispas que salieron despedidas formaron los colores de las auroras boreales. Si la noche era despejada y fría podía haber oportunidad, por eso al principio dormías con un ojo abierto y la cámara cerca esperando que alguien gritara: ¡las luces del norte!; pero el cansancio te obligaba a dormir.


    
 Era el momento, junto al fuego, de contar nuestras dificultades, confesar nuestras debilidades, relatar nuestras caídas y hazañas con el trineo con un toque de humor para que asomaran las sonrisas. Aunque el cuerpo te pedía descanso, las conversaciones con Susana (en torno a los miles de sueños que ambos tenemos), la cabeza, los recuerdos del día, te impiden dormir. Caminar sobre un lago helado, dormir en cabañas de trampero cerca del Círculo Polar, recorrer kilómetros y kilómetros en tu propio trineo de perros, … todo parecía experiencias sacadas de una novela de aventuras. Unas horas más tarde, me escapo del saco de dormir y salgo a respirar la noche, a mirar cómo duermen los perros y a escuchar los árboles. Kodiak levantaba la cabeza sin mover el resto del cuerpo, aovillado en el lecho de nieve que había excavado. El placer de contemplar la noche en pleno silencio.



           



 A la mañana siguiente acuerdo con Jéremy salir tras él, quería evitar frenar a mi tiro alcanzando enseguida a mis compañeros como los días anteriores yendo el penúltimo. Necesitaba que corrieran y sentir plenamente la velocidad, ¡y vaya si lo hice!. En la salida los perros tiraban y los arneses se tensaban contra el peso del trineo. Les aliento y entre saltos y ladridos de excitación comenzaron a arrastrar el trineo. Lo que partió esa mañana no fue un tiro de perros, fue un cohete aeroespacial de velocidad ultrasónica. Adrenalina pura, que se reforzó al poco tiempo cuando Felipe estrelló su trineo en un árbol, rompiendo el tiro y quedándose clavado en su trineo mientras sus seis perros continuaron aún más veloces al quedarse sin freno. Al momento me alcanzaron (mi cara fue un poema al preguntarme por Felipe y su trineo) y al intentar cogerlos he de saltar de mi trineo porque la fuerza de diez perros me desequilibraba y hubiera acabado conmigo en el suelo. Mi trineo escapa, y enganchado mi brazo al tiro de seis de Felipe, me arrastran bocabajo sobre la nieve unos metros. A fuerza de gritos y aspavientos logro ponerme de pie, para acto seguido practicar sin querer el esquí sobre mis botas ante la fuerza de los perros de Felipe. Cuando Jéremy, que había atrapado mi trineo y luchaba por fijar mi ancla y el suyo antes de que los perros de ambos trineos empezaran a mezclarse y pelearse, gira la cabeza y me observa llegar a lo lejos, se sorprendió. Me vio llegar sin equilibrio, cayendo, levantándome, esquiando ante la fuerza de los seis perros de Felipe enmarañados en su tiro cogido a duras penas por mis brazos. Ninguno dábamos crédito, pero así es la aventura.

En la parada, mi corazón no paraba de palpitar. Así que me derrumbé en la nieve, tendido en medio de mis perros, entre Moka, que se acurrucó contra mi, y Kieli, que posó una pata sobre mi mano. Cerré los ojos, descansé con ellos, formando uno. Socks y Arrow, levantaron su hocico, me observaron y reposaron su cabeza el uno sobre el otro, tras darme su aprobación. ¿Qué más se podía necesitar? Pues coger fuerzas para la tarde, ya que nos esperaba una subida muy pronunciada, que había que ayudar bajando del trineo y corriendo con él y enseguida un descenso brutal que obligaba a apretar el freno para reducir la velocidad. Superarlo con éxito formaba parte de nuestras pequeñas victorias. El largo descenso nos condujo a una vasta y hermosa planicie bajo el collado, formada por un lago helado limitado por masas boscosas. Los perros comenzaron a ganar velocidad para alcanzar el trineo de Jéremy y era divertido ver cómo se volvía Socks cuando frenaba para disminuir la velocidad sorprendido por no dejarles avanzar libremente. Le sonreí, y les dejé correr libremente hasta el atardecer, era su derecho.











Un día más. Dirección Noroeste, al lago Lakkavjärbi, cruzando el lago IIkaosi hasta alcanzar la orilla de la península Seipi y Hossaari. La nieve, el blanco, corría hacia la primavera, a las caricias del sol, a la calidez de la promesa del amanecer de la primavera, pero la amenaza de una bruma y una inminente nevisca se adivinaba cerca. La primera hora no tuvo demasiada complicación. Un terreno plano y sin demasiadas ondulaciones que podíamos recorrer con facilidad. Luego empezó a complicarse con bosque (como decía Jéremy, el invierno es temporada de amores entre árboles y trineos), trayecto técnico que nos obligó a zigzaguear, y tras una doble caída sucesiva, Felipe y yo perdimos nuestros trineos al llegar a una carretera. Jéremy partió a recuperar el trineo de Felipe, y en la espera sufrimos un accidente. En ese momento, quizás nadie nos viese tan perdidos, Pero las miradas bastaban para ahogar las palabras. Los propios perros permanecieron inmóviles, callados, compartiendo el instante, seguramente comprendiendo. ¿A quién lamer con ojos de silencio? Lo más importante en ese momento, igual que ahora, no es lo que las palabras llegaron a expresar, sino lo que no dijeron.


Nos sentimos pequeños, vulnerables, encogidos por la naturaleza, las caídas, el paisaje blanco. Da la sensación de atravesar la última frontera, la que separa el mundo de los hombres de la naturaleza salvaje, indómita, la tierra de la que sobran las palabras para describirla. A mi mente vienen las lecturas que hice sobre este territorio, cómo la soledad y el infinito tejen los paisajes y los relatos que narran cada rincón de los hielos y la nieve. Desde el tiempo en que se hizo la luz, estas poblaciones han trazado una narración que recoge innumerables caminos: para ellos los recodos de los ríos, barrancos, lagos y montañas tienen nombre y sentido. El hombre no está solo: la naturaleza siente. Todas las cosas y los seres tienen para ellos un alma que está insuflada por el gran espíritu que ha respirado en ellos. Así, el viento frío del norte es el espíritu que procede del bebé gigante Naarsuk, quien dotado de una fuerza y un tamaño extraordinario subió al cielo donde se transformó, y ahora cada vez que su lecho se deshace sopla sobre la tierra. En cambio, el viento cálido del sur es un espíritu femenino que vive en un igloo de nieve. Su lámpara hace agujeros en la pared y entonces el aire se escapa y recorre la tierra. El viento se denomina “anare”, de donde ha llegado hasta nosotros la palabra anorak, “lo que detiene el viento”.
            Como los inuit, como los sami, habíamos llegado al punto de entender no sólo nuestra debilidad sino el alma de aquellos que compartían el camino con nosotros, sin distinción entre hombre o perro. Y esa mañana tomamos consciencia. El viajero sabe que no deja atrás ni un árbol, ni una estrella, ni un camino, pero si una emoción, algo que une, que te vincula y te explica a ti mismo. Y con esa idea continuamos adelante, bajo los copos de nieve que irrumpieron para purificarnos de la tristeza.



            Ante nosotros se abría sólo una pista blanca, que encerraba la inmensidad de la taiga, de los grandes lagos, de las colinas y los bosques de coníferas de nombres impronunciables; días conduciendo el trineo, como una aventura sin fin, como un sueño. Me palpaba los antebrazos, inflamados y duros, como tras haber hecho horas de escalada; y sentía el dolor de las manos por la tensión al agarrar el trineo. Estas caídas nos ponían en nuestro lugar en la naturaleza. Pero no importaba, si arreciaba el mal tiempo, cuando costaba distinguir la pista y a los trineos que iban delante, la travesía se teñía de la épica de las grandes exploraciones, y eso nos hacía más fuertes.
Mi muñeca sufría la caída, y tras inflamarse un poco agradecí la salida del bosque, de la conducción técnica y el nervio de ascensos y descensos. Los perros son rápidos e imprevisibles y en ocasiones efectúan movimientos para el que no tienes tiempo para prepararte. En esos momentos, para mí, el trineo era incontrolable y una caída casi inevitable. Pero en el lago los perros mantienen el galope de forma elegante y sincrónica, y el trineo parece conducirse solo. Es una belleza contemplarlos mientras avanzas sintiendo la velocidad como una caricia fría en tu rostro. Imaginas que, en la época de la fiebre del oro hacia Klondike, Jack London guiaba su trineo con el mismo orgullo, la misma felicidad. Su aventura consistía en llegar a Dawson, en Alaska, con algunos miles de buscadores de oro. La nuestra, cien años más tarde, no era muy diferente: la velocidad de los perros, la soledad, la naturaleza salvaje…
Con este pensamiento llegamos a una isla dentro de un lago, rodeados de pinos silvestres, en Hossaari, donde se encontraba nuestro refugio. Tras la rutina del desenganche, las caricias, el arreglo del trineo, la búsqueda del agua y leña, nos dispusimos a dar de comer a los perros. Había sido un día duro, y esperábamos este momento con ganas, necesitábamos estar cerca de nuestra traílla. Ellos nos respondieron con un cariño mil veces mayor, expresado en el espectáculo de sus aullidos. Al unísono, con algunos de nosotros participando en su canto, nunca sonó tan profundo, tan emotivo. Nos creímos parte de ellos, de la manada. Era la llamada de la naturaleza, que no conoce especie, como la describió London:
…Y cuando en las noches quietas y frías dirigía el hocico hacia alguna estrella y aullaba como un lobo, eran sus antepasados, muertos y ya convertidos en polvo, los que dirigían el hocico a las estrellas y aullaban a través de los siglos. Así expresaban su pena, y el significado que para ellos tenía el silencio, el frío y la oscuridad”.
















Con ese canto salvaje del mundo primitivo, todos, perros y humanos, nos rendimos al descanso.

            La expedición iba acercándose a su fin. Tomábamos rumbo a Jatkonvaara y de allí al campamento base. A pesar de que el día nos recibió con un sol radiante, tras la nevisca del día anterior una capa de nieve reciente dificultaba la marcha sobre la pista. Pero Jéremy sabía leer la nieve, adivinando la pista y construyéndola a su paso. No dejaba de haber algo primitivo en hacerse camino a través de la nieve con tu traílla. Escribir tu propia pista, como el que dirige su propio destino, su camino, construyéndolo al trote.
            Pronto nos encontramos con una gran subida. Como apenas había pista, mis perros se hundieron casi hasta el pecho y al bajar a ayudarlos yo mismo me hundí sin piedad hasta casi la cintura. Fue toda una odisea no perder el trineo, agarrado con las manos mientras los perros tiraban frenéticamente; intentar avanzar, hundiéndome cada vez más las piernas en la nieve y dejándome las rodillas al intentar alcanzar con ellas el freno al compás de mis gritos de parada. Volví a subir, recuperando el aliento. Nada como ascender corriendo una pequeña cima empujando un trineo para entrar en calor. Y más sabiendo que nos esperaba un descenso con el mismo desnivel, abrazados al freno. Pero pasamos, detuvimos el trineo y nos felicitamos, entre sonrisas y una felicidad casi infantil.
            La nieve fresca que dificultaba el avance de los perros trajo consigo la perdida del trineo de Jéremy. Le presté el mío para que pudiera alcanzar a su tiro y durante unas horas compartí trineo con Felipe, Susana y Griselda, sucesivamente, y poniendo en práctica todas las formas de conducción doble: delante, detrás, con una pierna en el patín, con las dos…hasta que volví al mío.



Su marcha era regular, limpia, los perros tiraban en línea, rítmicamente, como adivinando la llegada a la meta, a su hogar. La entrada a la granja se convirtió en un frenesí de gritos, ladridos, traíllas, arneses. Y te descubres haciendo una foto a Moka y pensando que quizás sea la última. Es duro dejarlos, cuando desenganchamos en silencio y ante los ladridos del resto de perros de la granja. De uno en uno, hacia su caseta. Tenía la sensación de que lo sabía todo de ellos, su respiración, su trote, su forma de volverse y dormir, su mirada ante las órdenes de conducción, su reacción a mis caricias. Todas las horas y días que pasamos juntos en la expedición, deslizándonos sobre la nieve, por la naturaleza blanca, había creado un vínculo demasiado fuerte, que no conocía en mi corazón la palabra despedida. NI en el de Susana, ni en el de Felipe y Begoña, ni en el de Carmen. Pero no existía elección, sino la continuación del camino. Me detuve, y antes de subirme en la furgoneta, los miré por última vez, para fijar en mí una imagen imborrable de Moka, Kieli, Arrow, Socks. Te detienes y piensas si sabrás vivir sin ellos. Te encoges. Supe que continuarían corriendo, avanzando, jugando en la nieve. Supe que en unos días habrían perdido mi recuerdo, mi voz, mi olor, mis caricias. Pero también supe que allí, y durante unos días, ellos y yo fuimos uno, sin diferencia de especie. Y esa certeza me acompañará siempre, donde vaya, a pesar de este nudo en la garganta. Moka, Kieli, Socks, Arrow, en cuyos ojos he vivido uno de los viajes más importantes de mi vida.






          

  No quisimos irnos con pena, visitamos los cachorros, saludamos a los monitores y nos hicimos una foto de equipo. Nuestro rostro, ahora que veo la foto, refleja toda la felicidad de sentirse un pequeño musher, de haber logrado un sueño. Nos abrazamos, sin necesidad de decir nada. No había palabras para explicarlo.

Quiero volver a hacer camino. Lo necesito. Pero esa historia aún no está escrita más que en el hielo, en la nieve blanca, pura. Y antes que la costumbre del olvido imponga sus fronteras en el bulevar de los sueños perdidos, intentaré retener esa imagen:¡¡ alleeeez alleeeez moka, kieli!!. Su paso, durante un tiempo, fue mi única rosa de los vientos. Durante un tiempo les debí mi libertad, y ahora quiero deberles estas palabras, antes que sus huellas se borren en la nieve silenciosa.

Yo soy una parte de todo aquello que he encontrado en mi camino
(Alfred Tennyson).



ÁLVARO