domingo, 28 de noviembre de 2010

Tiempo


Necesito tiempo. Tiempo para aprender, y aprender muchas cosas. Pero hay una que me cuesta aprender, y mucho. En verdad hay muchas que me cuestan, aprender a afrontar miedos, a llenar carencias; aprender a quitarle importancia al destiempo, aprender a reaccionar ante los ojos que se desvían, y podría seguir hasta completar un catálogo de inseguridades del que soy más o menos consciente. Pero, sobre todo, hay un aprendizaje que, cada fracción de tiempo que pasa, creo más difícil. No se trata de aprender a vivir, para eso no hay lecciones más que tu aliento diario. Para mí se trata de aprender a ser libre, a caminar pudiendo tomar las decisiones sin lastres ni hipotecas de cualquier tipo.

Hay veces que sueño que cierro los ojos, y cuando los abro he aprendido a mirar en libertad. Con lo que ello supone. Observo, miro, actúo sin cadenas, sin prejuicios, sin condicionamientos. Pero es un sueño. Sin embargo, también hay veces en que confundo el sueño con la realidad, en que olvido los lastres, las preocupaciones, los dolores y responsabilidades, y sólo respiro, miro, vivo. Suele coincidir con los momentos en que me abandono al mar. Pero, últimamente, y quizás por eso me estoy aficionando tanto a la escalada, también me ocurre con la brisa y la montaña.

Hoy ha sido uno de esos días en que necesitaba abandonarme en la naturaleza. Hoy ha sido uno de esos días en que los amigos, los de siempre y los de ahora, te dan esa oportunidad, te enseñan a mirar entre el sendero y el ascenso. Hoy ha sido uno de esos días en que la mirada y la respiración han alzado el vuelo, a 1200 metros de altura, en una danza libre de rapaces, sol y viento.

Y me he sentido pequeño y grande a la vez, he respirado, cerrado los ojos y deseado ser libre. Y, durante unos breves segundos, lo he sido, con una mirada limpia y una respiración pausada. Libre.

Necesito tiempo, para nacer en muchas cosas, para aprender sobre otras tantas, y desaprender sobre algunas. Necesito tiempo, y ayuda, para soñar la libertad, para borrar miedos. Necesito tiempo para direccionar mis pasos y conocer, comprender. Necesito tiempo, y me asusta no saber cuánto.

Mientras tanto, esta tarde, esta noche, aún siento esa mirada limpia, en vuelo, libre.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Con una sonrisa basta


Cuando pienso que no hago las cosas bien, o que la vida se empeña en correr cortinillas de desencuentros o sinsentidos; cuando la tristeza amanece en mis ojos o la soledad acecha en esa piedra que me cuesta tanto levantar (o, últimamente, escalar), busco sonrisas. Busco sonrisas porque a veces me cuesta dibujar la mía, y no me gusta mi reflejo sin ella. Y la búsqueda trasciende, porque con ese dibujo siempre hay algo más, algo escondido, algo de miedo. Miedo a hacer las cosas mal, a verme solo. Es lo que tiene la seriedad, que a veces lo disfraza todo de inseguridad, carencia, dificultad.

Y mira por donde esta semana las he encontrado. Es verdad que siempre están alrededor, pero a veces necesitas que te las dirijan a ti. Tengo un trabajo especial, especial para mi, porque me ayuda a eso, a ser feliz, a dibujarme sonrisas, a encontrarlas. Esta semana las he encontrado en compañeros, que son ya buenos amigos, en sus planes de cenar, de ir de excursión, de viajar o simplemente en bañarse en limoncello a deshoras. Y sobre todo en unas personitas que tienen un don especial en hacerme sonreír. Unos alumnos que visten de colores, que se transforman en pajaritos blancos, en la conversación que necesitas, en una risa catalizadora de ilusiones y proyectos, que te asaltan por el pasillo con un abrazo, un beso o una palmadita; que te envían un mail después de unos pocos años recordándote como el primer día para decirte que te echan de menos; que te envían una foto con su sonrisa para que pueda escribir estas palabras; que te piden ayuda, sin saber lo que te ayudan ellos cada día, cada mes, cada año.

Y, todos, con su sonrisa han dibujado la mía. Con su sonrisa han borrado palabras, y forjado ilusiones. Con su sonrisa han subido el telón de nuncajamás, del tiempo atemporal en que puedo y debo vivir. Con su sonrisa me han dado el pequeño empujón que todos necesitamos para poder escalar las piedras que bloquean el camino. Y, para los que dormimos solos, es hermoso cerrar los ojos viendo esa sonrisa. Es hermoso sonreír pensando en el mañana.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Tu rostro no tiene nombre


Tu rostro no tiene nombre,

tu voz no tiene sonido,

tu tren no tiene número,

tu viaje no tiene horario,

pero yo sé que vendrás

con ese rostro,

con esa voz,

en ese tren,

cuando termine tu largo viaje.

Para muchas cosas nací tarde, y en otras, bueno en otras aún no sé si he nacido. Son cosas de la vida, que a cada uno le hacen ser como es. Y yo me he perdido demasiadas veces preguntándome por qué de algunas de ellas. Últimamente, del pequeño caos que inunda mi cabeza ha emergido un rostro, un recuerdo, unas palabras, consecuencia del reciente viaje a Italia. El rostro se ha dibujado nítidamente, casi he podido tocarlo. El nombre, no importa. El recuerdo, la primera vez que temblé y me emocioné por un gesto, una caricia. En una época, la de mi despertar a los amigos, a la universidad, a la arqueología, a la vida, ese recuerdo dejó una impronta que condicionó mucho mi actitud. Pero fueron unas palabras, las de la despedida, el destiempo y la lejanía las que más permanecieron. Siempre pensé que fue una ilusión de verano, de las que plagaban las excavaciones arqueológicas en que gastaba mis vacaciones estivales, pero esas palabras se encerraron en mí. Su sentido.

Han pasado muchos años, y me sorprendí en este último viaje, mirando tras el cristal del autobús, viendo su reflejo. Sentí nuevamente esa primera caricia que derrumbó todo lo que hasta entonces me había parecido estable, y recordé sus palabras, sobre el tiempo equivocado, sobre la ausencia y la distancia. Y desde ese momento, no dejo de pensar sobre lo que hay de destiempo en mi vida. No importa su rostro, ni su nombre, pasó y se ahogó entre el océano de recuerdos. Pero espero que este largo viaje que parezco andar y desandar tenga una parada en la que volverá esa caricia, ese temblor inocente por el sentimiento. Y oiré su voz, sin recelo. Oiré su voz diciéndome ya estoy aquí.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Acudo

Estoy algo cansado. Se trata de un cansancio que va un poco más allá de lo físico. Y claro, tiene su explicación. Se debe a un regreso, y como suele ocurrir, la cercanía de lo cotidiano, el trabajo, las clases, el ir y venir en un mismo camino, pesa. Desde luego, no es la primera vez. Pero uno nunca está preparado para este peso, que, con cada viaje, aumenta unos gramos.

Quizás se deba a la soledad que caracteriza mi vida diaria desde hace unos otoños. Quizás es que con cada silencio o vivencia pasada tomo más consciencia de que entre esperas se está escapando algo. Quizás, simplemente, tengo nostalgia ante el proceso en el que la vivencia se está transformando en recuerdo.

Este viaje no ha sido nuevo, repetía configuración, motivos y destino; repetía hasta expectativas; y, por todo, ha acabado siendo diferente, singular y emotivo. Comparando con otros viajes, apenas tengo fotos, como si hubiera dado pereza retratar lo que tan sólo había que vivir, en palabras de un amigo poeta.

Y vivir, he vivido, ahogado entre chianti y limoncello, abrumado entre el arte del hombre y la naturaleza, entre el sol y la lluvia de la Toscana. Y no sólo he sido profesor, sino alumno ante compañeros de guardia de pasillo que me han recordado lo que era tener ilusión por un proyecto, que me han enseñado lo hermoso que es implicarse en un compromiso de vida. He descubierto sonrisas, afinidades.

He vivido sintiéndome pequeño ante otras vivencias, y, sin embargo, no me he abandonado como otras veces ante las ausencias. Pero si es cierto que estoy cansado, con el peso de la vacía pena del viajero que regresa. Quizás necesito tener una sonrisa acogedora en casa o un abrazo ante la entrada de la cotidianeidad, que alivie ese peso. Mientras tanto acudo a ti, que te encuentras en el alma de las palabras, en la imagen que se crea cuando cierro los ojos. Acudo a ese candado en un rincón del puente Sant’Ángelo de Roma. Acudo.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Un niño


He salido a caminar. Serían las 9 de la mañana, y, por ser domingo, apenas había gente por el parque que verdea mi barrio. La luz era suave, cercana, una luz que acompaña. He procurado dejar mi mente en blanco, no pensar, porque ha sido una semana dura de trabajo y quería desconectar de lo que ha sido mi vida estos días. Observar la vida de los demás me ha parecido un buen recurso. Una señora que se precipitaba en un andar rápido al toque de la Iglesia. Tres amigos, o desconocidos unidos por la noche, que volvían de parranda. El empleado de la cafetería que limpiaba las mesas y sacaba las sillas, buscando clientes con la mirada. Y un anciano con un niño pequeño agarrado de su mano, que buscaba un banco en el que sentarse. Me he sentado en el banco enfrente del anciano, decidido a dejar la vida pasar, a ser un espectador durante unos minutos.
Las palomas han empezado a revolotear cuando el niño se ha lanzado hacia el charco de agua en que intentaban beber. El cielo más cercano a mí se ha cubierto de alas que se entrelazaban, mientras el niño saltaba de alegría. El camarero ha refunfuñado y los tres amigos, antes de abandonar el parque, han girado su cabeza. El abuelo no le apartaba la vista, paciente, tiernamente.
Durante unos segundos, quizás un instante, mi mirada, la del camarero, los tres amigos, y la del abuelo, se han centrado en el niño. Sólo existía una persona en el parque: ese pequeño que saltaba alrededor de las palomas. Hemos dejado de ser vidas anónimas, con cargas o sin ellas. No soy bueno imaginando la vida de los demás, pero puedo decir a ciencia cierta que, en ese instante, todos los que estábamos en el parque, hemos querido ser ese niño. Y me he sentido bien.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Just for you


Hay años en tu vida en que las cosas parecen complicarse un poco, en que todo cuesta un poco más, en que las emociones te desbordan por la intensidad de los acontecimientos o por las piedras que se empreñan en obstaculizar tu camino. Sin embargo, son precisamente esos años los que la vida te regala experiencias y personas cercanas que te ayudan a salir adelante, con una sonrisa, un abrazo, una mano sobre tu hombro, o palabras. Palabras que han atravesado mares, cielos, montañas y, últimamente, oceános. Hoy es mi cumpleaños, y desde hace unos días tengo la plena certeza que sin vosotros, los que habéis estado conmigo este año, no sólo todo hubiera sido más difícil, sino que, simplemente, no hubiera llegado a este día como he llegado: feliz.
En algunas entradas, a lo largo de este tiempo, os he ido diciendo lo qué significais para mí. Las palabras, que la mayoría del tiempo me huyen y juegan conmigo, en ocasiones me permiten jugar con las estrellas, pintar sonrisas o cazar mi sombra. En esos momentos siempre habéis estado detrás, en mi mejilla, en mis ojos, en mis dedos, en mi corazón. Por eso, hoy que me siento feliz, quería devolveros un poco de todo lo que me habeís dado. A algunos lo he intentado, a pequeña escala, a través de la música. A todos, lo intento a través de mí.
Joaquín Piqueras, mi maestro de palabras, a quien tanto sigo en el camino de sus versos, me ha despertado con esto:
A Álvaro Jacobo, en el día de su cumpleaños:
Hay medallas hechas de sueños
que se ciñen sin apenas esfuerzo
al sumiso cuello de la edad,
más son capaces de capturar
la luz del recuerdo
y hacer del horizonte un infinito mar
siempre abierto a la felicidad.
Esas palabras son reflejo de lo afortunado que soy por teneros. Quisiera seguir soñando, persiguiendo sueños, navegando hacia ese mar de felicidad que cada minuto y cada segundo construís a mi alrededor. Sonreír con vosotros es fácil, gracias por dibujarme la sonrisa. Volar con vosotros es fácil, gracias por darme alas.

viernes, 20 de agosto de 2010

Nada más que su voz



A Ricardo Alarcón,
por ayudarme a crear sueños, a dibujar palabras.

No puedo cerrar los ojos sin dejar de oír su voz. Una voz profunda, alegre, con energía. Una voz sincera, íntima, cercana. Sería fácil decir una voz con vocablos en latín, sería difícil obviarlo. Una voz que, cada vez que cierro los ojos, me sigue emocionando. Quizás no quiero recordar nada más, quizás aquello que articula mi pensamiento cuando cierro los ojos no deja ir más allá, a su figura. No deja acudir a su entusiasmo, a su energía sin límites, a sus bromas, a sus miles de proyectos, a su amor a la familia, al instituto, a Hostelería, a los alumnos…, quizás tengo un resorte emocional que se ha saturado y no deja visualizar sus abrazos, sus apretones de mano, sus ojos vivaces, su sonrisa.
Nada más que su voz, hablándome, desde la lluvia y el mar, pidiéndome que le explicara Segóbriga, en un viaje que ya nunca podremos hacer juntos, pero que tanto representamos en la mesa de jefatura.
Nada más que su voz, hablándome, desde el cielo y el graderío del Teatro, empujándome al regreso a la arqueología, ayudándome con la mitología y sus lecciones de vida, en un magisterio del que tanto aprendí y del que a todos nos deja huérfano.
Nada más que su voz, animándome, desde el sol y la tierra de La Ñora, para que organizáramos una comida, un baile, una romería a Fray Luís de Granada o una recogida de olivas.
Nada más que su voz, comprensiva y afable, dando su apoyo ante los problemas de la vida, proponiendo sueños y proyectos de futuro, minimizando dolores.
Nada más que su voz, serena y tranquila, desde el silencio de un móvil, para dar las gracias por estar ahí, por el velón que apenas pudo hacer nada, por el abrazo en la distancia.

Desde hace un tiempo no puedo cerrar los ojos sin dejar de ver un aula vacía, ausente, una pizarra sin palabras, una espada sin dueño. Y la vida me parece un poco más triste.
Pero aún sigo oyendo su voz, que dice adelante, camina, llega al aula y sonríe, de vuelta a la pizarra, con los ojos brillantes y llenos de ilusión. Que pide que explique, enseñe, en clase y en la vida, porque desde el cielo, y desde el mar, siempre habrá palabras que te suban a una nube cuando los demás bajen o te hagan bajar.

Quizás, dentro de unos años, podré cerrar los ojos y sentir nada más que una voz, que, en latín o en castellano, me trace un sendero. Da igual que transcurra bajo la lluvia, o bajo el sol, no tengo duda de que me llevará a buen puerto.