martes, 24 de abril de 2012

Oraciones en el viento



“Madre sherpa
déjeme dormir
el sueño más profundo
de mi vida
en su granero cálido
sin puerta
iluminado por la luz de la luna
filtrándose
en las grietas
de sus paredes de madera.”
Sharma

            En la gran Ruta tibetana de la sal me encuentran de nuevo viejas amigas olvidadas… En sus rostros la fatiga de un sueño ebrio, sus vidas gastadas, sus patas torcidas, temblando de transportar ilustres banderas de escaladas malditas. Aferradas a viejas campanas como heridas abrasantes, notas marcando el compás de una esclavitud que trae el modernismo: cartones de Iceberg, botellas de agua mineral, estufas, azulejos chinos, latas, tablas, sacos de arroz y sal yodada de las llanuras del Terai nepalí. Las mariposas de los bancales conocen sus nombres. Los arroyos cantores son tempestades en sus escaladas sin aliento. Suben atentas al tráfico y a prueba de tiempo…Hay escalones de piedra de las montañas en relieve… cielos estrellados de los valles adormecidos conocen el dolor de su sudor secreto. Días soleados por los ríos cristalinos tienen el sabor de sus ojos sangrantes… repiqueteando sus pezuñas por las calzadas; en círculos la cruel grandiosidad de senderos de mulas alrededor del glaciar de los Annapurnas (Sharma, poema nepalí).

            Al viajar escapo del tiempo, o más bien, intento vivir ajeno a él, de su esclavitud, de todo aquello que condiciona en una vida que da pocas oportunidades de pensar, sentir o respirar con claridad. Trato que el camino libere, y de sentido a palabras y emociones que ayuden a construir un tiempo de vida que permita afrontar el regreso y los límites de la cotidianeidad. Y, al viajar, uno se pierde en realidades, que entusiasman, endurecen, emocionan o debilitan. Y, al viajar, uno ve, escucha, se cruza con hechos, vivencias y personas en el camino, cuyo vuelo parece escaparse en el encuentro. Y, al viajar, a veces se tiene la suerte de encontrar una tierra en la que cada elemento te atrapa y te remueve por dentro, componiendo en cada paso, de forma inconsciente, palabras y emociones que escapan de ti, como banderas escritas con oraciones que el viento traslada más allá de uno mismo. Esa tierra es Nepal.
            No es fácil describir Nepal, quizás porque no es fácil recordarla sin que un golpe de emociones enturbie las imágenes que grabé en mi retina. Desde el primer día que pisé Katmandú, en un valle rodeada de increíbles montañas, la consideré una tierra desacostumbrada, a la vez que emocional, sensorial, donde volaba el alma pero sin dirección ni voluntad. Dejando atrás los vaivenes del viaje desde Madrid, en el que se sentaron las bases de una amistad entre compañeros que se fortalecería con el paso de los días, la llegada a su capital me marcó un camino de experiencias contradictorias, de entrega.
            Katmandú, una ciudad caótica, perdida, nos acogió reflejando un abanico inmenso de realidades: desde la miseria y callejones sin sentido, o el tráfico demencial sazonado de un ritmo de cláxones frenético, a sus cientos de colores y olores diversos, y la devoción budista e hinduista presente en millones de personas que, entre mercados, stupas, templos y barrios marginales, defienden una cultura que parece perderse en el tiempo. Una ciudad que adquiere diferente sentido dependiendo de los ojos con que la observes o la sientas, lo que la hace fácil y difícil de vivir. Un lugar en el que conviven los escombros, la contaminación y el abandono con un futuro a construir, a partir de una historia ritual resucitada a la memoria. Un lugar donde la pobreza asfixia los santuarios en ruinas, mientras es posible encontrar en cualquier callejón una sonrisa cercana y unos ojos expresivos que te tienden la mano hacia lo poco que tienen. Sí, así nos acogió Katmandú, la ciudad que creció de un solo árbol, como tierra desacostumbrada que abría sus caminos para el encuentro.
            “Hermanos somos, todos los pueblos, todas las gentes, madera de un solo árbol” (Canto tradicional de los Satsi Krana). El carácter solidario del viaje me marcaba el primer camino, la necesidad de recorrer lo interno, lo que nadie iba a mostrarme más allá de los rostros, la verdadera identidad de un territorio, sus gentes. Y la memoria se inició el primer día cuando, tras dormir en el barrio tibetano, tomamos un primer contacto con la stupa budista de Boudhanath al amanecer, un auténtico hervidero de peregrinos y creyentes que con devoción se abstraían en caminar a su alrededor en el sentido de las agujas del reloj haciendo girar los rodillos de oración para que sus plegarias se elevaran al cielo a la par de cientos de banderas de colores, oraciones al viento. No podías más que quedarte quieto y observar entre olores de incienso, murmullos de mantras y lámparas de mantequilla; observar como los atentos ojos de Buda desde su dorada torre central, hacia los cuatro puntos cardinales; observar como entre los mercados, leprosos mendicantes, vendedores de collares y cuencos cantores convive con naturalidad las dificultades cotidianas con la alegría de vivir.


            Y la memoria se grabó cuando, esa misma mañana, nos dirigimos a la casa de acogida y conocimos a las niñas. Aún me acompaña el primer encuentro, el namasté dibujado en una decena de tímidas sonrisas infantiles mientras te señalaban en la frente con el punto rojo, Bingu o tika, a modo de bienvenida. Nisha, Karishma, Anisha, Saanjeta, Yangui, Nirmala, …, sus ojos, curiosos y llenos de vida, interrogantes sobre nuestra lengua; su baile de bienvenida, y la canción resom Firiri que nos acompañaría hasta el último día, y aún hoy. Cómo recibieron nuestro improvisado show de payasos y globos fue una lección de lo hermoso que es vivir, de querer sonreír como ellas, acercarse a su ingenuidad, a su inocencia y a vivir el presente como si fuera el tesoro más grande al que podemos acceder. No importaba el pasado, y el futuro era un camino a descubrir.
            En ese momento supe que estaba en Nepal, en los ojos de esas niñas, en su sonrisa, en el contexto de la realidad de Katmandú; y el viento, con sus oraciones, barrió el frenesí, la contaminación, el rumor de cláxones y voces, la pobreza de sus calles, y comenzó mi entrega y mi propia oración. De su mano se inició el camino de la ciudad, el templo de Pashupatinah, principal templo hindú a orillas del sagrado y contaminado río Bagmati. De su mano, corrimos escaleras arriba y lanzamos hojas a una fuente como buen augurio ante los deseos imposibles. De su mano recorrimos el complejo de templos dedicado a Siva, salpicados de monos salvajes, sadhus (santones hindúes) de largos cabellos que acechan la foto turística, hasta los ghats (escalones de piedra) que conducen al agua y donde incineran a sus difuntos en rituales piras funerarias. De su mano me sobrecogí y fui incapaz de fotografiar. Decía Dudjom Rimpoché: “Ya sabes, ¿verdad?, que en realidad todas estas cosas que nos rodean se van, sencillamente se van...”, y cerrando los ojos no podía evitar pensar en ello.
            Con la mirada cansada, y tras una breve visita al Monasterio de Kopan, centro del budismo europeo, donde un aleccionador cartel nos recordaba que no podíamos matar, robar, dormir, ni mantener actos sexuales; nos trasladamos al barrio de Thamel, donde enmarcados en una marea de tiendas, mochileros y turistas de todo el mundo, nos íbamos a alojar. Permanecer ajeno al tráfico demencial, principalmente de motos, a los vendedores ambulantes de bisuteria, marihuana y bálsamo de tigre y a los centenares de tiendas de montaña, música, ropa y artesanía, era toda una aventura, sin contar los cortes de luz y la falta de agua caliente. Sin embargo, la adaptación al país hizo su función, acompañados de arroz, especias, momos y múltiples platos de pollo.
            La leyenda cuenta que el Valle de Katmandú fue en sus orígenes un hermoso lago en el que flotaba una flor de loto de la que emanaba una mágica luz. El patriarca chino Manjushri decidió, ante tanta belleza, drenar el agua del lago para que la flor se posara en el suelo y utilizó su espada para cortar la pared que encerraba el valle y permitir que el agua saliera. En el lugar que el loto se posó, el patriarca construyó un templo, la stupa de Swayambhunath o Templo de los Monos. En el lugar donde el loto se posó, acompañados de la historia y la religión, conocimos a la mañana siguiente el templo, reflejo de una oración viviente. Situado en lo alto de una colina, sus vistas de Katmandú tienden un manto de devoción sobre la ciudad, donde representaciones de los ojos de Buda, su aguja dorada e iconografía hindú acompañan la vuelta ritual a la stupa. Tan sólo los monos parecen escapar del ritual con su vida salvaje alrededor de las espinadas escalinatas que conducen a la stupa. De allí, marchamos  al centro histórico de Katmandú, Durbar Square, donde casi invisibles por la caída del sol quedamos enmudecidos por su bullicio y templos medievales; descansando en los peldaños de sus templos.
            A pesar de su pequeño tamaño, Nepal es un país de contrastes no sólo en sus realidades sino también en sus territorios, que se extienden desde las planicies selváticas húmedas del Terai, hasta las más altas cumbres de la tierra.
            De las primeras, nuestro camino nos llevó a Chtiwan (que significa “corazón de la jungla”), a orillas del río Rapti, cerca de la frontera con la India, donde Kipling, el autor del “Libro de la Selva”, sitúa la acción de “Kim de la India”. En un entorno de selva, donde el día se debía al sueño, podías atrapar entre tus dedos el sol del atardecer con la complicidad de tu compañero fotógrafo. Una luz especial y un cielo inmenso que, por momentos, uno no sabía si se encontraba en Nepal, África o India. Durante los días que estuvimos allí, anduvimos por la selva acompañados de guías locales que daban instrucciones sobre la presencia de animales salvajes (tigres, rinocerontes de un solo cuerno, osos, cervatillos, monos, serpientes); embarcamos al amanecer en canoas de madera deslizándonos sobre el cauce del río frente a cocodrilos, aves de colores; y paseamos a lomos de elefantes, vadeando ríos y bañándonos con ellos en un juego acuático que nos hizo volver a la infancia entre risas, remojones y una vitalidad sin límites.



            De las segundas, olvidando el recuerdo de las carreteras y los pequeños y destartalados autobuses y sus peculiares sistemas de conducción, el ascenso a los Annapurnas. Partiendo de Pokhara, campamento base para todos aquellos que inician el camino hacia las cumbres de los Himalayas, iniciamos el trekking en Nayapul y Birethanti, hacia Ulleri y Ghorepani, junto a unos sherpas que nos ayudarían con las mochilas y que se convertirían, junto a Juan Antonio, no sólo en guías sino en grandes compañeros de viaje. Días de ascenso cuyo camino tomaba la forma de escaleras de piedra con cientos de años de antigüedad, que marcaban el itinerario de la gran ruta tibetana de la sal. Atravesamos pequeñas aldeas de piedra y madera, bosques de todo tipo y montañas nevadas que abrían nuestros ojos al Hiunchuli, el Annapurna sur y la pirámide del Machapuchare, la montaña sagrada de los nepalíes y en cuya forma bífida se inspiran los típicos gorros nepalíes. Mientras, un tráfico lento pero constante de ancianos y jóvenes de espalda frágil en apariencia, con cargas de alimento, de supervivencia, de vida. Uno piensa en los porteadores, en su carga de modernismo, de sueños de escalada y campamento base, que contrasta con la indiferencia de sus ojos, sólo atentos a los escalones de piedra, al camino que bifurca, al arroz y al agua. Mariposas de bancales conocen sus nombres. Mientras, continúas ascendiendo bajo la lluvia, vislumbrando arco iris entre las montañas y los rayos de sol, con pasos cansados pero decididos sobre las hojas secas y las flores de rododendro. Mientras, la vida rural de Nepal permanece ajena al paso del tiempo, al de tu mirada, en un cultivo milenario de terrazas, en el que campesinos te sorprenden por la alegría con que te sonríen a pesar de los surcos de sus rostros. Mientras, asciendes construyendo pequeños túmulos de piedras para simbolizar el buen viaje, la buena suerte en el camino; hacerlo y acostumbrarse a la tierra, sintiéndote cerca de la vida, como nunca antes lo has estado, caminando, curioseando, sonriendo…



            Tras hermosas puestas de sol, hilillos de agua templada a modo de duchas, reconfortantes cenas y tés nepalís, charlas, chistes, bailes, canciones y abrazos bajo la luna; solo, en la noche, pensaba en la familia, en mis amigos, en mi vida en Cartagena, acurrucado en mi saco de montaña. O, simplemente, respiraba, hasta dormirme en el recuerdo del recibimiento en la llegada a Ghorepani por un grupo de niños sonrientes al grito de Namasté.
            La cima de Poon Hill, tras un ascenso final en la madrugada, en una estela de cientos de frontales encendidos en silencio, nos permitió tocar el cielo, contemplar los Annapurnas (Annapurna sur, Hiunchuli, Gangapuana, Annapurna I, Dhaulagire) en el despertar del sol. Sentí que todo era posible, cerré los ojos y respiré, dejando volar mi alma, pensando en todos con los que quería compartir ese momento, y que estuvieron allí, conmigo, en el techo del mundo.



            Y como los sueños están para cumplirse celebramos el cumpleaños de nuestro compañero Alex en plena cima, y saltamos para atrapar el momento en el recuerdo. Tras tocar el cielo, iniciamos el descenso hacia Deurali, Banthanti y Ghandruk, atravesando arroyos, valles, cascadas y pequeños pueblos colgados en la montaña, compartiendo la hospitalidad de la gente en la pobreza, desde la dignidad y la sonrisa.
            Tras la experiencia de los Annapurnas, el regreso a la caótica Katmandú suponía un gran esfuerzo. Las visitas a las ciudades medievales de Bhaktapur y Patan, con sus tallas de madera newar impertérritas ante el paso del tiempo y ahogadas por la contaminación y el turismo, nos permitió conocer la historia de Nepal y celebrar el año nuevo (2069) a través de templos con ofrendas de flores y bendiciones, junto a fuegos encendidos que debían cumplir deseos y sueños de esperanza. La estancia en el Monasterio de Namo Buddha, situado en la ruta de los exiliados tibetanos, en plena montaña en las afueras de la capital, nos adentró en la meditación y la formación budista, dejando para el recuerdo plegarias acompañadas por cacofonías de platillos, tambores y cuernos tibetanos, en una melodía casi atonal, profunda, que parecía provenir de las entrañas de un mundo que hace ya tiempo que entró en descomposición. Tierra de nuevo desacostumbrada, que intentaba prevalecer, perdida, al menos en mis ojos.
            El regreso a la casa de acogida, a los ojos y las sonrisas de las niñas, volvió a darle sentido a la ciudad. Horas y horas de juegos, de peinados, de risas, de abrazos y miradas cómplices, anunciaban una despedida que encogía el corazón, pese a la certeza del buen camino. “En realidad todas estas cosas que nos rodean se van, sencillamente se van...”, y cerrando los ojos de nuevo, no podía evitar pensar en ello.



            En una tierra de carencias, las emociones adquieren un nuevo sentido. En una tierra de contrastes, la necesidad de soñar no es suficiente, aunque se mire al cielo con frecuencia. En una tierra como Nepal, cada uno construye su propia oración, su camino, en un lugar desde el que se puede partir sin certezas hacia donde el viento, el cielo te indique. Y no es fácil, porque a cada paso deshacemos una utopía o constatamos un sueño, y lo que uno cree no tiene por qué ser cierto. Por ello, las palabras que no pronuncié y las emociones que no escribí en mi pequeña libreta negra, y que quedaron perdidas en la montaña, en el lago Fewa del valle de Pokhara, o en las calles polvorientas de Katmandú, son las que me acompañarán, siempre, en el paso del tiempo. Y serán esas palabras y emociones, que aunque se pierden también nacen de nuevo, las que, junto a los ojos de una decena de niñas, construirán la imagen que asociaré a Nepal: plegarias de colores moviéndose al compás del viento.

Namasté

viernes, 2 de marzo de 2012

Zapatos




     Se agachó. Le costaba ponerse los zapatos. Con un gran esfuerzo lo intentó una vez más. No pudo, estaba cansada. Y desconcertada. Alguien los había guardado en una vieja caja polvorienta, al fondo del armario y tras decenas de pares de zapatos de señora mayor. No entendía por qué tanto esfuerzo en ocultar su calzado escolar. Así, desde luego, no podría llegar a tiempo al colegio, y menudo humor se gastaban las monjas con aquellas alumnas que se retrasaban. Además, tampoco encontraba su uniforme, la ropa del armario le era extraña. Aún no había intentado recordar qué necesitaba exactamente para el colegio, y seguía cansada, desconcertada. Se decidió por una camisa blanca, pero apenas pudo abrochársela. Un par de golpes en la puerta distrajeron su atención: “mamá, ven a desayunar”. Confusa, sintió un pequeño estremecimiento. Dirigió su vista hacia el espejo, y su imagen, agrietada, le hizo comprender. “Enseguida voy, hijo”, respondió mientras borraba una pequeña lágrima de su rostro.


viernes, 20 de enero de 2012

Tu imagen



     Estas navidades, después de 30 años de la muerte de mi padre, mi madre me regaló unas imágenes en Super-8 que había pasado a DVD y que desconocía. Fue la primera vez que ví su imagen, junto a la mía, en acción real.  Su sonrisa, su forma de mirarme a los ojos, cómo me tendía la mano...Y siento que fue algo importante, me sentí niño, me sentí hijo. Perdonarme el atrevimiento del poema, lo necesitaba

Hace más de 30 años
que no se proyectaba tu imagen,
hoy la ví real,
la sentí cercana,
y todo pudo ser,
de nuevo.

Y decidí
poder recordar aún,
una niñez que ya no me recuerda;
poder vivir aún,
de las fotografías,
de las palabras que me leíste.
Poder regresar 
a tu imagen
al cerrar los ojos;
y poder callar aún
los silencios,
hasta el silencio
de aquello que no existe.

Y decidí poder engañar aún
el tiempo equivocado,
la presencia ausente;
poder rescatar aún
sueños,
ahogados en el olvido.
Poder caminar 
por ese raro país
en el que todo es encuentro
y poder perderme aún
en un pasado
que nunca fue presente.

Decidí poder construir aún
una vida
de ventanas abiertas;
poder sentir 
que no fue ayer
ni es hoy,
sino mañana,
y poder llorar aún
tu caricia
en mi mirada.

Hace más de 30 años
que no podía nada,
hoy me expliqué contigo,
y todo pudo ser, 
de nuevo.


viernes, 18 de noviembre de 2011

Escribir


    Decía Rosa Chacel que escribir es el deseo de irse por los tejados. Y creo que tenía razón. Suelo escribir, desde pequeño, porque anhelo nuevas realidades; realidades que las palabras me hacen sentir más cerca de mí mismo que las que afronto cada día en el trabajo o mi vida personal. Quizás sólo escribo cuando tengo el deseo de escapar de algo, de hacer la realidad más deseable, o de ir más allá de lo que puedo asumir. Escribo cuando tengo la necesidad de irme por los tejados, de volar por mi imaginación y de sentir real lo que parece no serlo, o sentir irreal lo que duramente lo es demasiado. Es muy parecido a soñar.

    Sé que escribir, en mí, surge de la necesidad. La necesidad de encontrarme a mí mismo, o de hallar nuevos caminos. Pero, a veces, la necesidad no es más que un deseo, y ya decía Cernuda que el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe. Por ello, quizás, también escribo, porque me canso de la espera sin esperar nada, porque busco en las palabras esa respuesta perdida por los tejados. Quizás, porque escribo para mí. Quizás, porque espero que, algún día, venga una persona con mirada transparente que, a través de mis palabras, me diga te quiero.





miércoles, 24 de agosto de 2011

GROENLANDIA: EL DIBUJO DE UN SUEÑO



Cuando cuento, sólo estamos tu y yo, juntos,
Pero cuando miro hacia delante en el camino blanco
Siempre hay otro que anda a tu lado.

T.S. Elliot, La tierra yerma.


Para mis compañeros de sueño: Aznar, Melania, Dámaso, Irene, Roberto, Giovanna, Pilar, Horacio, Mª Carmen, Paco y Conchi, y nuestros compañeros-guías Dani Sastre y Aroa.


    En los tiempos más antiguos, cuando tanto las personas como los animales vivían en la tierra, una persona podía convertirse en animal si quería y un animal podía convertirse en ser humano; a veces eran personas, y a veces, animales, y no había ninguna diferencia, hablaban todos el mismo lenguaje. Era la época en que las palabras eran como magia, la mente humana tenía poderes misteriosos; una palabra pronunciada por casualidad podía tener extrañas consecuencias, de repente cobraba vida y lo que la gente quería que sucediera podía suceder, lo único que tenías que hacer era decirlo. Nadie podía explicar esto: así es como era. (Leyenda Inuk)

    En esta época, en que las palabras han perdido parte de su magia, y en un tiempo en que el misterio de lo desconocido se ahoga por el conocimiento global, es necesario creer que puedes volar más allá de tu imaginación, más allá de tus sentidos, que aún existen fronteras que puedes rebasar. Y como en la leyenda inuk, el origen de este relato fue una palabra pronunciada por casualidad, y lo que quise que sucediera, sucedió: GROENLANDIA.

   ¿Cuándo se pronunció? Lo recuerdo con exactitud, fue a inicios de julio, cuando buscaba con cierta ansiedad una escapada a la rutina del trabajo, unos días de desconexión que le dieran sentido a un año cansado y difícil. Y allí apareció, bajo la forma de una expedición de aventura, de deporte, de comunión con la naturaleza, de un sueño de tierras polares, paisaje blanco y azul intenso. Y allí la pronuncié por primera vez, sin saber que con ello iniciaba una de las mejores experiencias de mi vida.

    Dejando atrás la inquietud sobre viajar solo, el equipaje necesario y las compras de última hora en ropa de alta montaña, el nerviosismo iba abriendo paso a la expectativa casi infantil de cumplir un sueño construido a partir de lecturas sobre Shackleton, Amundsen, Reverte… Pronto me daría cuenta que en esta tierra los sueños de los demás no son más que una guía para dibujar tu propio sueño, y el mío tenía la forma de una foca, una foca blanca.

    Al igual que Ulises, emprendí el viaje hacia el profundo mar abierto, con un único barco que era yo mismo, y con una pequeña banda de compañeros que conocí el primer día y que rápidamente se convirtieron en cómplices de una aventura de emociones. Leí que las distancias en Groenlandia se miden en sinik, en "sueños", en el número de pernoctas que dura un viaje; y abrí los ojos ante los 17 sueños que tenía ante mí.

Primer Sueño.

    Enzia Verduchi, poeta italiana, describía Groenlandia recordándola, sin conocerla, como si se pudiese añorar lo que se desconoce: “tu nombre es un continente. Kalaallit Nunaat; tu nombre es una herida, una elipsis, una isla entre el Atlántico y el Ártico; tu nombre es el deseo, el olvido; es la tundra, la corriente del Labrador; tu nombre es un destello en la nieve; la bahía de Baffin y el Estrecho de Davis, tu nombre, arde”. En el vuelo desde Reykjavik, pronunciaba su nombre, en silencio, mientras observaba desde la ventanilla la costa de Tierra verde, un relieve abrupto y erosionado dominado por una banquisa que se fragmentaba entre glaciares, montañas nevadas, fiordos helados y un blanco que teñía de solemnidad todo el trayecto. Y cuando aterrizamos, en Narsarsuaq, un pequeño aeropuerto huella de la presencia norteamericana durante la II Guerra Mundial y la Guerra Fría, mis ojos fueron más allá de la pequeña torre de control y la exigua pista de aterrizaje para posarse en los icebergs, que, enmarcando toda la costa, parecían darnos la bienvenida flotando impasibles en el agua azul ante nuestro ajetreo. Y no nos abandonarían en el resto del viaje.

    En ese momento, no podías dejar de sentirte como un expedicionario, cargando con tu mochila y afinando los sentidos ante un mundo nuevo, en el que el blanco esperado contrastaba con el verde y la tundra, sin carreteras, sin ciudades, tan sólo la naturaleza y algo que descubriríamos muy importante, el tiempo. Y, como expedicionarios, nos recibió nuestro guía, Dani, una persona que el paso de los días confirmaría no sólo como cicerone sino como un soñador más. Él fue quién nos introdujo en el condicionamiento del tiempo, enseñándonos una palabra inuit que nos acompañaría cada día: immaqa, quizás. Porque de nada servían los itinerarios prefijados, las rutas establecidas o las previsiones de más de un día, si el tiempo y la naturaleza decían que no, quién sabe que podríamos hacer en cada momento. Había que valorar cada día. Immaqa, esa fue la primera lección que aprendimos de los inuit.

    Alojados en Qassiarsuk, a modo de campamento base, nuestro primer sueño cobró la forma de una pequeña aurora boreal. Esa noche dudo que hubiera alguien en el mundo que tuviera más ilusión en sus ojos, lo que para los habitantes del campamento era algo normal, para nosotros era un acontecimiento extraordinario, una auténtica danza verde en el cielo por pequeña que fuera. Un guía nos contó que la leyenda del Ártico decía que estas fascinantes luces se las denominaba “Revontulet” o “Los Fuegos del Zorro”, y que resultaban de los golpes que daban los zorros contra los montones de nieve en las montañas de Laponia, el golpe de estos producía en el cielo estos reflejos. Sin embargo, los inuit creían que la Aurora Boreal no era más que el camino celestial a un mundo más allá, y su luz se desprendía de la llegada de espíritus nuevos. Recuerdo que me dormí pensando en que era un espíritu nuevo en una tierra desconocida, blanca y verde, y que aún me quedaban sinik, una quincena de sueños por vivir.

De la Tierra Verde al hielo del Inlandis.

    El espíritu del oso polar, considerado a su vez el espíritu del Ártico, ha estado presente en la historia oral del pueblo inuit a través de varias leyendas, como la del oso Nanoq y la madre-humana. Dicen que Nanoq mantenía una estrecha relación con la madre-humana y vivían en armonía. Hasta que un día los hombres del pueblo, los cazadores, mataron a Nanoq. La madre-humana se convirtió entonces en una piedra de dolor ante el desamparo de su pérdida. La leyenda representa la pérdida espiritual de la cultura inuit ante las adversidades del mundo externo y la lucha por sobrevivir en los tiempos modernos.

    Por ello, viajar por Groenlandia, querer ser por unos días expedicionario, es respetar a la naturaleza y a la cultura inuit. Olvidarse de las comodidades y las infraestructuras de un viaje ordinario y abrir la mente y el espíritu a un entorno virgen y a un modo de vida tradicional, algo que desde un principio tuvimos claro y que desarrolló en nosotros un enorme sentimiento de libertad. Cada sinik nos ofreció diferentes lecturas de un mundo que seguía siendo auténtico, real, sin la contaminación del prejuicio y la diferencia. Poco importaba, más bien se disfrutaba, lo que significaba ser autosuficientes: los traslados continuos, el ponerse todas las capas de abrigo para los viajes en zodiac (¡gafas, guantes, gorro!), el montaje de tiendas, las cadenas humanas para el transporte del equipaje y los familiares bidones azules estancos que contenían nuestra comida (¡nunca nos supo mejor el paté, la nutella, la leche y el capuccino en polvo, el té, la manzanilla, el arroz, el queso cortadito por navajas, arenques, las lentejas, los garbanzos, las adictivas galletas digestive, “el cuando no hay lomo de todo como”…!). Es increíble cómo, en un pequeño hornillo, Dani nos pudo preparar, en su faceta escondida de gran chef, deliciosos cous-cous, cocido, lentejas, revueltos, postres…Como bien decía nuestro compañero Horacio, “dadme una lata de paté y echaré a andar…”.

    Nuestra ruta nos llevó desde Qassiarsuk al glaciar Qoorooq en el hermoso barco ballenero Puttut; un glaciar activo que nos permitió iniciarnos en el espectáculo de observar el desprendimiento de bloques de hielo y su conversión en icebergs, rodeándonos en silencio en su desplazamiento por el agua. En el lento acercamiento al glaciar, evitando el contacto con los grandes bloques de hielo, creímos ser Melville degustando literalmente el blanco hielo, tan sólo interrumpidos en el silencio por el ruido seco del desprendimiento.

    De ahí, en un tiempo que no avanzaba al compás de un reloj, sino en amaneceres y atardeceres, recorrimos en trekking y zodiac Igaliku hasta Qacortoq, un pequeño pueblo de pescadores donde nos enseñaron palabras inuit (sila= tiempo; ajunngilaq= bueno; sila ajunnqilaq, el buen tiempo que durante toda la expedición nos brindó el espíritu del ártico); de allí al fiordo de Unartoq, para bañarnos al atardecer en sus naturales aguas termales entre icebergs y donde pasamos la noche en un campamento a la orilla del fiordo, despertando con el arrullo de las olas y las gaviotas. Se sucedieron los sinik en trayectos en zodiac y trekking por Tasiusaq, el pequeño campamento de Qusuak (el valle del río salmonete) en el fiordo de Tasermiut (combinando un imponente glaciar con un rincón de tundra verde que nos permite practicar la pesca del salmón y la recogida de mejillones) hasta llegar al inolvidable campamento de Tasermiut. No se puede describir con palabras la sensación de dormir en tiendas a los pies de una de las maravillas del ártico, refugio de escaladores de todas las nacionalidades, los trekking a los pies de Nalumartosoq y Ulamertorsuaq, llenando la cantimplora en los innumerables arroyos de agua dulce mientras observas un águila real en su nido; o lavando la ropa (y el cuerpo) en la cascada junto al campamento producto del deshielo; sin contar las risas y conversaciones con los compañeros a la hora de la cena en el duomo-comedor bebiendo una infusión a la luz de las velas.

    El regreso a la civilización en forma de ducha caliente que supuso las dos noches de Nanortalik y Narsaq, nos permitieron disfrutar de las casas modernas de los inuit, que asomaban prefabricadas entre el blanco del hielo y el azul del mar, como fichas de colores, azul, verde, rojo, amarillo. A través de sus ventanas, apenas cubiertas con visillos y colgantes, se podía entrever una vida cotidiana que hablaba de cientos de historias a través de los amuletos colgando, los juguetes de los niños, los trineos y kayaks a sus pies o los restos de electrodomésticos. Todos tuvimos la impresión de que había más ciudades y nombres en Groenlandia que habitantes o inuit habitándolas…, y que la modernización había destruido en parte una sociedad tradicional, sin dar tiempo a construir una nueva con sus propias raíces. Pese a ello, la cercanía de los niños y la sonrisa de los inuit, daban la calidez necesaria para abandonar rápidamente esos pensamientos.

    La penúltima etapa de nuestro viaje nos llevó a Fletanes, un impresionante campamento frente a tres lenguas de un glaciar en el fiordo de Qalerallit, que servía de inicio a las rutas de ascenso al casquete polar, al inlandis. Un campamento que te hacía enmudecer, cerca de una playa de arena fina, casi una base espacial, en un valle de aspecto desértico que miraba hacia los glaciares. No podías apartar la vista del fiordo donde constantemente caían seracs (enormes bloques de hielo), produciendo un estruendo, un ruido seco, que nos recordaba lo pequeños y frágiles que éramos en comparación con la naturaleza. Tu mente se desnudaba, se abría a la libertad que te ofrecía la proximidad del inlandis, de una naturaleza virgen. Durante las tres noches que pasamos allí, no importaron los ronquidos de los compañeros, el estruendo de los seracs desprendiéndose era el mejor de los bálsamos.

    Tras el avistamiento de los caribús, liebres árticas, lagos escondidos entre montañas y una ruta sobre el inlandis para practicar el desplazamiento con crampones y la escalada en hielo, iniciamos la última etapa de nuestra expedición regresando a Qassiarsuk, el punto de origen. El día amaneció gris, con una niebla que lo cubría todo, y los glaciares que la noche antes nos habían brindado un espectáculo de luces de atardecer, ahora parecían hielos fantasmales acompañando el rugido de la banquisa sobre el casco de la zodiac. Puede que el tiempo se hiciera cómplice de nuestro ánimo, que preveía el fin de nuestro viaje. Pero dado que aún nos quedaban unos días y muchas cosas que hacer, ambos, tiempo y ánimo, mutaron hacia un sol brillante y unas expectativas renovadas cuando llegamos a la casa de Tierras Polares.

    Un trayecto en kayaks entre icebergs, trekking por el valle de las mil flores, rodeados de montañas con pequeñas cascadas que caían por sus laderas, en un paisaje de tundra sembrado de pequeñas florecillas y algodón artico que culminaba en un fuerte desnivel. Una vez lo escalamos, ayudados por una cuerda, la visión que pudimos grabar en nuestra retina merecía la pena: la lengua en descenso del inlandis del glaciar Kiattuut. Nos sentamos, en silencio, para respirar profundamente y despedirnos inconscientemente de la naturaleza ártica. Ahora, en el recuerdo, lo asocio a un poema inuit que leí hace poco: dos hombres llegaron a un agujero en el cielo; uno le pidió al otro que le ayudara a subir… pero el cielo era tan bonito que el hombre que miraba por encima del margen lo olvidó todo, olvidó a su compañero al que había prometido ayudar y salió corriendo hacia todo el esplendor del cielo. Así permanecimos un rato, observando el glaciar, olvidándonos de todo. Un precioso final para nuestro último trekking. Nuestro último sinik.


    Decía Javier Reverte en su último libro, En Mares Salvajes, que en el Ártico percibía que no había felicidad en la nieve y en el hielo, mientras sentía que viajaba hacia la nada. No puedo estar más en desacuerdo. Para mí, Groenlandia, la nieve, el hielo, no sólo me aportaron algunos de los momentos de mayor felicidad de toda mi vida, sino que me hizo sentir libre y en paz como pocas veces lo he podido sentir, en un viaje hacia mi mismo, el viaje más importante de todos. Pero todo viaje adquiere un color y una forma especial, dependiendo de algo tan sencillo como al lado de quién se estuvo, porque todos los lugares lo son gracias a la gente que conocimos y amamos en ellas. El color, el blanco y el azul, en todas sus tonalidades. La forma, un dibujo, un dibujo especial, que dio forma a Groenlandia y al sueño que la configura: el de una pequeña foca blanca que me dibujó el último día el compañero Dámaso.

    Un dibujo que me permitió ver, como indica Martín Garzo, que en la vida, como en los viajes, todos vamos trazando un dibujo desconocido, y que nuestra tarea es hacer todo lo posible para que no quede incompleto. Esa foca la empezamos a dibujar todos desde el primer día, en el inicio de nuestro sinik, en nuestro camino blanco, y por eso terminó de dibujarse, sobre papel, el último. La verdad no cabe en un solo sueño, y necesita del entrelazarse de los muchos sueños para revelarse. En este caso, el sueño de Groenlandia necesito de un dibujo y doce sueños, el de cada uno de mis compañeros. ¿Volveremos a Groenlandia? ¿Mantendremos vivo el sueño? Immaqa.

"Nunca la bandera arriada, nunca la última empresa". Sir Ernest Shackleton.


Álvaro.

miércoles, 5 de enero de 2011

Saber mirar



Tristeza de mis manos,
demasiado graves para no abrir llagas,
demasiado ligeras para dejar huella.
Tristeza de mi boca,
que dice tus mismas palabras
-otras cosas entienden-
y este es el modo
de la lejanía más desesperada.
A. Pozzi

Me has pedido que te escriba. Con tu mirada siempre encontraste mis palabras, perdidas en hojas de cuartilla entre apuntes de estudio o en pequeños trozos de papel, abandonados en los bolsillos de pantalones que lavabas una vez tras otra.
Me has pedido que te escriba, en estos días que no nos gustan a ninguno de los dos. Quizás porque nos parecemos mucho, quizás porque no hemos dejado de mirarnos, sin decir nada, desde una niñez que ya no me recuerda.
Y he decidido escribirte, porque cuando hablamos casi siempre dejamos las cosas importantes a un lado, porque duelen y porque ya estamos cansados. Y he decidido escribirte a partir de tu mirada, porque entre todas las cosas que me enseñaste, y que más amo, se encuentra el cine y la literatura; porque, al inicio, lo que me enseñabas lo veía a través de tus ojos. Y es precisamente de la unión de cine y literatura que los dos nos emocionamos, cada uno a nuestra manera, con una frase que siempre asociaré a ti: saber mirar es saber amar.
Pocas veces me has dicho te quiero. Supongo que para alguien que ha tenido que ser padre y madre la mayor parte del tiempo, esas palabras serían un lujo del que no se podía disponer. Pero yo, que he vivido de las palabras, de las pequeñas emociones, sentí su ausencia. Por eso, con los años, me centré en tu mirada, crecí con ella, para adivinar en su intensidad, en su atención, en su caricia, qué sentías.
Los cuadros más reales de la vida son aquellos formados por las pequeñas cosas, aquellas que forman parte de ti, que te rodean a diario y que parecen no tener importancia. Y con tu mirada he aprendido que a veces la vida sabe a naranja, y otras a limón, que tiene una luz desnuda, suave, pero que a veces deslumbra, y eso te ciega; pero que si se la sabe mirar, amarla es fácil.
Y siempre he querido mirar. Mirar cómo lavabas la ropa, aspirando su aroma al tender; mirar cómo cocinabas los platos de la abuela, que nunca he aprendido a hacer; mirar cómo leías, al atardecer, en el pequeño sillón de casa o junto al mar. Hasta cuando he cerrado los ojos, me he sorprendido regresando a tu imagen, a tu caricia en mi rostro infantil, suspendida en el tiempo desde aquella tarde en el parque. Y siempre he querido mirar porque callaba tus silencios, hasta el silencio de aquello que no existe, y tenía miedo. Y tengo miedo. Y siempre he querido mirar porque me castigabas con la mirada, me perdonabas con la mirada, y, como descubrí aún sin darme cuenta, siempre me has amado con la mirada.
No he tenido el tiempo necesario para aprender todo lo que tengo que aprender, si es que hay un mínimo. No puedo evitar tener la sensación de que algo se me escapa entre los dedos en estos días tristes. Y tengo miedo, de no saber mirar, de no saber amar, de perder tu mirada.
Hoy soy una ventana abierta que escucha, y todo me ha traído hasta aquí, hasta estas palabras. Me has pedido que te escriba, y quizás no leas estas palabras nunca, aunque las esperas. Pienso en otra cosa que amamos los dos, que tú me enseñaste a mirar, el mar. Y, como siempre, cierro los ojos, y te miro, esperando, junto al mar, esperando.


miércoles, 22 de diciembre de 2010

Ser profesor


Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine.

(F. Truffaut).

Desde que leí estas palabras, hace ya unos cuántos años, me identifiqué en el sentido de entender la vida más allá de su realidad, quizás como un medio de reconciliarme ante un devenir vital con el que no estaba del todo conforme. Todos tenemos nuestras razones para estar más o menos satisfechos con la realidad que nos ha tocado vivir, o con la realidad que hemos construido de forma más o menos consciente. Desde pequeño, como Truffaut, opté por el reflejo, dolía menos y excitaba más mi imaginación y los sueños de cómo quería construir un camino. Me equivoqué, seguramente, porque acentuó demasiado una sensibilidad que de por sí me desbordaba y condujo a desengaños innecesarios para alguien con los pies en la tierra. Pero cada uno es como es, y yo era, soy, y supongo que seré, así. Ciertamente, un problema.

Por ello, entrar como invitado de última hora en un mundo tan real y poco dado al reflejo utópico como el de la educación, me obligó a replantearme muchas cosas. No sólo la vocación (ya sabéis que mi ilusión era la arqueología), sino planteamientos vitales de primer grado. Quise evitar el vértigo de las reflexiones refugiándome en la entrega, en la ilusión de un trabajo, profesor, que me abría mil y un caminos de acercarme, incluso de reconciliarme, a la realidad.

Han pasado años, tampoco muchos, desde ese punto de partida. Mentiría si no dijera que en algunos momentos el vértigo de las dudas, las inseguridades, me ha llevado a detenerme y hacer balance. Os ahorro las conclusiones. Pero estas semanas situaciones, comentarios, evaluaciones, amigos, y, sobre todo lo que está ocurriendo hoy, me ha traído de nuevo a la cabeza una serie de preguntas: qué es la realidad, qué es ser profesor, qué hago yo aquí, …, que quizás atiendan a una única respuesta.

Desde el primer día que entré a una clase como profesor, muchos de los referentes que tenía de cuál era mi función en el aula se tambalearon. La diferenciación de roles, la autoridad, la transmisión de conocimientos, quizás no eran tan importantes como la comprensión, la aceptación y la lucha de afrontar o cambiar una realidad. Y me desbordó, y me desborda. Porque cada vez que abría la boca e intentaba enseñar, aceptaba, rechazaba o buscaba cambiar una realidad. Y con ello, me desnudaba un poco.

Un proceso tan personal no ha encajado nunca bien con una profesión en la que cada vez más se ha ido imponiendo la gestión: reuniones, papeles, autorizaciones, guardias, clases de 55 minutos; y olvidando al alumno (y al profesor) como personas, a sus preguntas, a sus acciones, a sus inquietudes…

Nadie me enseñó a ser profesor, nadie enseña a serlo, somos nosotros quiénes aprendemos con cada clase, con cada año; y por ello nadie te enseña cómo desnudarte, si es necesario o no, cómo asumir la realidad del aula, del instituto, de la sociedad de la que emana todo. Nadie te enseña más que uno mismo.

Me ha costado llegar a hoy. Me sigue costando abandonar los miedos de las preguntas de los alumnos, de no llevar bien preparada la materia, de no lograr transmitir, de esconder los nervios ante un grupo que desconozco. Me ha costado alcanzar una mínima libertad, poder decidir que es igual de importante lo que sabe el alumno como lo que siente, que no se debe tener miedo a decir la palabra no sé, a desnudarme.

Me ha costado ser un poco libre, y partir de esa libertad para intentar comprender el mundo en el que habitamos. Y cada día, desde hace unos años, he dirigido mi función como profesor a que mis alumnos comprendieran, y sintieran y se expresaran. Y escucharan. A que la Historia no es lo que aprendí en la Universidad, sino que es comprensión, y palabra. Mi palabra, sus palabras. Que es silencio y miradas. Mi silencio, mis miradas. Su silencio, sus miradas.

Me ha costado esa libertad, y hoy he tenido la sensación de que me la robaban. Que la realidad, esa realidad con la que la educación me reconciliaba, me decía a la cara que todo esto no importa. Que no importa la comprensión, el sentimiento, la expresión, la escucha. Que no importan las palabras. Que no importa la dignidad del profesor, porque hay crisis; porque la realidad no entiende que hay una persona detrás del profesor, que no quiere ser policía de la cultura, sino inductor y promotor de deseo, de imaginación, de comprensión. La realidad no entiende que no es una cuestión de dinero, sino de respeto. Que no hay educación sin respeto.

Hoy hace años que murió mi padre, quizás la primera persona que vio en mis ojos la necesidad de comprensión, de ser profesor. Hoy la realidad no sólo me ha recordado su ausencia, sino que ha querido arrebatarme la necesidad e ilusión de ser docente. Y he recordado a Truffaut, y sus 400 golpes, y la preferencia al reflejo de la vida antes que la vida misma. Y hoy no quiero acostarme con la sensación de que ser profesor no tiene sentido, de que no me voy a poder reconciliar con la realidad. Hoy no quiero que me roben la libertad, porque soy profesor a pesar de todo. Y quiero serlo.